Atrapados

Me presento. No sé todavía si me llamo Hugo o Juan, tengo veinticuatro años, desempleado. Aterrice en Montevideo desde una ciudad del interior. Soy prolijo. Traigo una valijita llena de ilusiones y un título lustroso. Soy el personaje principal de la novela que escribe Gustavo en una obscura habitación de la ciudad vieja.

Nuestra relación se caracteriza por la aspereza, sino por el encono. ¡Es tan indeciso! Obvio, me doy cuenta, no es ni por lejos un buen escritor. Y no saben lo que duele ser el personaje de una historia mal escrita. Me rechinan las palabras, no me deja avanzar con mi vida y, cuando comienzo a gozarla, hace un rollito y la tira a la papelera. Reconozco no lo ayuda este ambiente, húmedo, opresivo aunque vacío.

¿A ver? Sí, sí parece que avanzamos, letras negras invaden la hoja portando mi destino. Conozco a la chica de mis sueños, bajita morena y coquetona y, como el tango, se llama Malena. No creo sea un plagio, sí un lugar demasiado común, tenemos problemas con nuestros padres, pero nuestro amor saltará cualquier barrera. Me gustan las vicisitudes de su conquista, los besos robados, los encuentros furtivos.

Estoy contento Gustavo teclea y teclea, y yo me redondeo, me convierto en alguien, con una historia verosímil. Pero… Él toma una decisión: que nos fuguemos y… ¡caramba! ¡Yo soy el personaje! No, no es así. La conozco mejor. Es mi vida En este instante, lo odio con todas mis fuerzas. Todo me da vueltas y giro entre la vida que ya es mía y esta que me impone este hombre tan poco imaginativo.

Dicen que a veces los personajes logran influir en el escritor, de tanto que ambos se compenetran… pero… o yo no doy la talla o Gustavo está ciego y sordo a mis ruegos.

Con mi historia bajo el brazo, vamos al editor. A los pocos días, le devuelve el libro lleno de tachaduras. Ayayay cómo sufro con cada exclusión. Con su lapicera araña mi piel, la desgarra y desaparecen partes importantes de mi vida.

Gustavo está furioso. Habla solo. Que tiene que tener más sexo, drogas, asesinatos; ¡que eso es lo que vende! ¡Me dan ganas de tirar todo a la basura!

¡NO! grité, ¡por favor!, no me descartes, soy tu creación, casi un poco como tú mismo. Aunque no me aprecies, esta historia es nuestra.

Resignado, modificó la historia. Soy Hugo a secas. Le agrega un personaje nuevo, mal entrazado, sucio, al que le compro droga. Una y otra vez retorno en su busca, cada vez más miserable, cara abotagada, labio quemado y muy desprolijo. Mi Malena la desdoblo en varias jóvenes, de vestidos chillones, miradas perdidas y dispuestas a todo por un porrito.

Estoy desbastado, moribundo. Me alivia que un personaje segundón cometa el asesinato. A Gustavo lo noto sudoroso, incómodo. No me reconoce o… ¿no se reconoce?

El editor aprueba casi todo. Él recibe un magro pago por llenarme de tanta ignominia. Ahora, yo duermo en un estante polvoriento mientras, con la computadora cerrada, mi creador fuma tratando de encontrarse en las volutas de humo.

El Patrullero

 

─Buenos días, oficial.

─Buenos días, caballero. Permítame decirle que es un placer recibirlo en esta Comisaría. ¿Cómo podemos ayudarlo señor?

─Gracias. Vengo a hacer una denuncia.

─Pero amigo… ¿se ha dado cuenta lo hermoso que está el día? ¿Por qué no deja para mañana la denuncia? Disfrute el Sol, lo piensa mejor, se tranquiliza y vuelve mañana que con gusto lo recibiremos como acostumbramos, con total amabilidad.

─ ¿Me está pidiendo que no haga la denuncia? Me robaron hace un rato el auto en plena calle, dos muchachos.

─Comprendo señor, cálmese. ¿Gusta un café? Es de los buenos.

─No quiero café, quiero que me tome la denuncia y que investiguen, que para eso les pagamos.

─Con mucho gusto. De verdad un placer recibirlo. Cómo sabrá ahora cobramos las denuncias. Debe abonar previamente un impuesto en el Ministerio y luego puede realizar la denuncia. Pero ya le advierto que hay al menos doscientas antes que la suya. Es que, como ya se sabe, el presupuesto no alcanzó para comprar un patrullero. Por eso el Ministerio nos autorizó que con la recaudación de las denuncias compremos uno.

─ ¡Qué disparate! Pero habrá policías que patrullen aunque sea a pie ¿o no?

─Bueno, haber hay. Pero no tenemos dinero para el uniforme y tampoco para balas. Así que por ahora hacen tareas administrativas. Hay mucho papeleo.

─Ahora entiendo porque hay tanta criminalidad.

─No señor, discúlpeme. Las estadísticas confirman que en los últimos tres años hemos llegado a disminuir considerablemente las denuncias. Y, obviamente, si no hay denuncias es porque ha bajado la taza de crímenes.

─Pero me está diciendo que se cobra la denuncia, ¿quién va a denunciar así?

─La estadística no miente señor. Además, cuando podamos sacar el patrullero a la calle, y le digo que ya hay muchos vecinos que han comprado sillas para verlo pasar, entonces la ciudad estará mucho más segura y bajará aún más las cifras de delitos.

─ ¿Cómo es eso de las sillas?

─Una idea brillante del Cabo Perdomo. Se le ocurrió alquilar sillas, como se alquilan para el desfile de carnaval. pero para ver pasar el nuevo patrullero. Será todo un acontecimiento ¿se imagina? Ya hay vecinos que han comprado varios talones. Aún no tenemos la fecha de salida del patrullero a la calle, pero han comprado para ese día y el siguiente y el siguiente, y así hasta fin de año.  Una idea brillante. Con la recaudación estamos juntando para los uniformes y parece que sobrará algo para comprar cachiporras y algunas balas.

─Pero, ¿el Ministerio no les da nada? Es al Gobierno a quien le corresponde comprar eso.

─Querido amigo, el gobierno ha hecho mucho. Fíjese ¡cuánto a descendido la criminalidad! Eso se lo debemos al gobierno. No hay que exigirle tanto. Hace lo que puede, créame. Y la ciudadanía está contenta. Solo esperamos el patrullero, que, con la ayuda de la gente, pronto será una realidad.

─ ¡¿O sea que hasta que no llegue el patrullero no van a investigar mi caso?!

─Lo haremos señor, claro que sí. La policía de esta ciudad siempre está comprometida con su gente y su problemática. Solo le pido que venga mañana a hacer la denuncia.

─ ¿Por qué no puedo hacerla hoy?

─Nos prometieron del Ministerio que mañana tendríamos un lápiz. Se nos ha terminado la semana pasada el que teníamos asignado en el presupuesto. Así que mañana podremos atenderlo como es nuestra costumbre, que tantas satisfacciones le han dado al pueblo.

─Si es por eso, yo tengo una lapicera aquí.

─El problema Señor es que solamente podemos usar el lápiz que nos da el Ministerio. Las leyes son las leyes y están para cumplirse. Pero, ya que está tan abierto a apoyarnos, ¿no quiere usted un talón para las sillas? Lamentablemente solo me quedan en la tercera fila y tendrá que pararse cuando pase el patrullero.

─Bien, deme dos.

─Es usted muy amable Señor, ya verá que su auto va aparecer. Sabemos muy bien que es la banda de los hermanos Gómez los que roban los autos.

─Y, ¿por qué no los apresan?

─Verá, el Señor Juez no quiere firmar la orden de detención hasta que no le hagamos rebaja en el pago de dos sillas para ver pasar el patrullero.

─Y, ¿por qué no le regalan los tickets y ya?

─El Señor Ministro nos ha pedido que no lo hagamos, porque no quiere que se pueda interpretar como un acto de corrupción. El Sr. Ministro ya ha hablado con los Ministros de la Suprema Corte para que sean ellos quienes compren los tickets de las sillas del Sr. Juez, así firma la orden de detención. Aunque la Suprema Corte ha dicho que hasta el próximo presupuesto no tendrá dinero disponible para eso, así que estamos esperando.

─No se preocupe oficial. Yo pago los dos tickets para el Sr. Juez.

─Eso sería intromisión en la justicia, mi querido amigo.

─Entonces, dígame ¿cuál es el nombre del Juez así habló directamente con él?

─El Sr Juez Gómez. Él es el hermano mayor de los hermanos Gómez.

─Pero… o sea… es decir…¡él tendrá que emitir una orden de detención de sus propios hermanos! ¿O me equivoco?

─Está en lo cierto. Pero creemos firmemente en la probidad del Sr. Juez.

─ ¡Pero los está chantajeando con los tickets de las sillas! ¿De qué probidad me habla?

─Bueno, en realidad es comprensible… hace seis meses que no le pagan el sueldo y no tiene dinero para los tickets.

─ ¿Cómo que no le pagan? ¿Y qué hicieron con el dinero asignado a sueldos?

─Verá usted, se gastó el dinero que había para pagar los sueldos de los jueces en una colonia de vacaciones que hicieron para los Ministros de la Suprema Corte de Justicia, que se lo merecían por todo lo que trabajan. Están muy estresados. También a veces invitan al Ministro y al Jefe de Policía.

─Con eso hubieran comprado varios patrulleros.

─Bueno, en realidad compraron uno, con un resto que sobró. Pero el Ministerio lo tuvo que vender para pagar una deuda que tenía con la confitería que organiza las fiestas que suelen dar.

─Esto es un desquicio de país.

─Pero se vive bien Señor, ¡no me diga que no! Es un país libre, tranquilo y la gente está contenta. Eso es lo importante.

¡Solo necesitamos un patrullero!

Justicia por mano propia

Mi ansia se debatía entre el ser y el no ser. Entre lo que quería y lo que debía. Entre la civilización y la barbarie. Y, en mi interior, venía ganando esto último. La violencia. Contenida a duras penas pero violencia extrema. Deseos de gritar, de golpear…

─No podemos permitir esos exabruptos, “la distancia que existe entre los sueños y la realidad es la disciplina” y nuestra obligación es bregar por la más absoluta disciplina en la estructura…

Cuando terminó de hablar lo miré de soslayo. Como midiéndolo para darle un golpe certero. Un golpe que lo hiciera desaparecer. No lo aguantaba más.

Yo sabía que la suerte de Mario, el entrenador, estaba echada. Durante el partido del fin de semana pasado, cometió un error. Le protestó con vehemencia al árbitro ante una situación que le pareció injusta. Tenía razón en protestar, pero aún así, el juez lo expulsó de la cancha.

Mario es uno de los técnicos de baby-handball  más capaces del medio. Se destaca por el entusiasmo que genera en los niños. Es un tipo especial, talentoso y logra excelentes resultados trabajando.

Ahora, como delegado de mi club en la reunión semanal de la liga, yo estaba obligado a presenciar la perorata de quienes ostentan el poder de decisión. Por un lado dicen obrar en aras del bien común de la actividad deportiva infantil y al mismo tiempo son parte de una especie de cofradía en la que por sobre todas las cosas cuidan mutuamente sus espaldas. Tratan de mantener el “status quo” a como de lugar y evitan que cualquier individuo, como Mario en este caso, pueda destacarse por encima de ellos.

─Entonces, es como yo siempre digo. Para que un cuerpo funcione su cabeza debe estar sana. Y nuestra organización es el cuerpo y la cabeza somos nosotros, los dirigentes. Los elegidos para conducir los destinos de esta actividad y nos han puesto aquí para que tomemos las decisiones adecuadas.

¿Cómo se hace cuando nos enfrentamos al discurso hipócrita y falso? Todos los que estábamos en esa reunión sabíamos que lo que estaba diciendo era mentira. Absoluta mentira. Y también era falso lo que agregó la mujer que habló después.

─Lo que dice el compañero es muy cierto. Grande es la responsabilidad que recae sobre cada una de nuestras decisiones. No nos olvidemos que estamos aquí honorariamente, no nos pagan por esto. Nada más puro que el trabajo surgido de lo más profundo de la convicción. Y es eso lo que nos impulsa, la certeza de que estamos haciendo lo correcto para los demás…

Yo sentía retorcijones en el estómago. Verdaderos calambres que se alojaban en mi intestino y hacían con ellos a su antojo. En que no podía soportar tanta mentira delante de nuestras propias narices.  Era la tesorera y todos sabíamos lo que hacía con el manejo del dinero.

─Efectivamente tesorera – agregó el secretario – en cada paso que damos, en cada decisión que tomamos debemos tener presente que no estamos solos. Que hay familias y niños que esperan por nuestro juicio. ¡Y sueños!  ¡Esperanza! Abrigados por esas madres y padres humildes que llevan a sus hijos a nuestras instituciones con la ilusión de algún día verlos triunfar.

El secretario interrumpió su locución para tomarse un trago de whisky intentando esconder la emoción que lo había embargado al oír sus propias palabras. Se emocionaba de sí mismo. Aunque ya estaba emocionado desde temprano, antes que comenzara la reunión porque había cobrado los viáticos de la concurrencia al congreso regional realizado en la capital. Viaje, hotel y estadía durante una semana, todo pago con la recaudación de las entradas a las canchitas y con la venta de torta fritas de la comisión de padres colaboradores.

Ahí fue cuando perdí el control. Cuando vi la lágrima del secretario correr por su mejilla fofa.  Y caer sobre el formulario de penas en el que había estampado la firma. El mismo papel que anunciaba la suspensión a Mario por medio campeonato.

Entonces me paré. Interrumpí el discurso emocionado del secretario. Le saqué el vaso de whisky y lo tiré contra la pared. Y empecé a gritar. Les dije mentirosos. Falsos. Mediocres. Les recordé que apenas eran dirigentes de una liga de hándbol infantil. Que había llegado la hora que se terminaran sus privilegios. Que era vergonzoso lo que estaban haciendo. Y que yo mismo me iba a encargar de denunciarlos.

Todos ellos, presidente, secretario y delegados, se pegaron un susto de padre y señor mío. Yo les veía la cara y estaban blancos como un papel. Y esa imagen más alimentaba mi rabia. Porque además de embusteros y mentirosos eran cobardes. Y yo más me enojaba y más gritaba. Había perdido el control. Y, en eso que había tomado una silla con mis manos para destrozarla en medio de la mesa, llegó la policía.

La tesorera, hábil y calculadora, la había llamado desde su celular.

Y es por eso que estoy preso. Procesado por disturbios e intento de justicia por mano propia. “Un ejemplo lamentable para quienes participan de la actividad deportiva infantil”.

Los championes del 30

Cuenta la historia que, allá por 1930, se jugó la primera final de un campeonato mundial de fútbol. Fue en Montevideo y la ganó Uruguay. Cuenta la historia que, como parte de los festejos, los jugadores uruguayos enterraron un cofre en la misma cancha donde se ganaron la gloria para la eternidad.

Años después, muchos años después de aquel campeonato, la administración del campo de juego decidió cambiar el césped de la cancha de fútbol. Cuenta la historia que alguien recordó aquel cofre enterrado. Los jugadores, todos fallecidos, habían guardado siempre el secreto del lugar donde fue enterrado y del contenido del mismo.

Convocar a buscar el cofre en el mítico campo de juego del viejo estadio. Parecía una aventura fabulosa. Todos los condimentos estaban presentes. De paso, se ahorraban un montón de dinero al remover totalmente la tierra y, al mismo tiempo, le daban un efecto de publicidad que bien vendría a las arcas del alicaído futbol.

Toda la cancha, incluido el perímetro mismo, podía ser objeto de la búsqueda. El día elegido coincidió con la fecha de la final de 1930, un 30 de julio, más que nada para conseguir un efecto simbólico al encontrar, muchos años después, “El Cofre de los Campeones”, como así lo comenzó a llamar la prensa.

A la mañana temprano, se abrieron las puertas del Estadio. Una gran cantidad de gente esperaba ansiosa. Solo estaba permitido una pala chica de mano por persona.

Iba a ser una jornada larga e intensa.

Cuenta la historia que algunos se cansaron muy pronto, quizás porque pensaron que no valía la pena. Algunos encontraron monedas y hasta alguna cadena con medalla y se dieron por conformes; algunos se los veía trabajar duro, se notaba que disfrutaban del esfuerzo; otros se quedaban mirando el barro y se descorazonaban con facilidad. Otros abandonaban enojados la búsqueda, quizás porque no esperaban tantas dificultades; otros se reían y miraban como los demás trabajaban ansiosos. Eran mujeres, hombres y hasta niños que se mostraban como eran. Había fracasados, ansiosos, violentos, exitosos, presumidos, orgullosos, neuróticos, y otros tantos personajes del circo humano.

Las tribunas estaban repletas de gente como si se tratase de otra final. Vitoreaban a los persistentes, a los entusiastas y abucheaban a los confundidos, a los perdidos, todos tenían hinchada propia. En fin, cuenta la historia que aquel día los uruguayos pudieron mirarse a sí mismos.

Los que estaban afuera, los que no participaban, exigían el triunfo, éxito, había que encontrar el Cofre de los Campeones, no estaban permitidas excusas, ahí estaba y había que encontrarlo. Era una cuestión de orgullo nacional.

Los periodistas que cubrían el evento opinaban que era imposible, o muy difícil, o que la gente no sabía buscar, que equivocaban la estrategia, que había que haber dejado todo como estaba, que era una maniobra del gobierno para distraer la atención, que era la más brillante idea de un gobierno extraordinario, es decir lo de siempre.

Cuenta la historia que, después de horas y con la cancha llena de pozos y más parecida a un campo de batalla que a una cancha de fútbol o tal vez al revés, un hombre levantó sus brazos al cielo. Y todos llevaron su mirada hacia él. Cuentan los que estuvieron que, por un instante, el silencio fue supremo, tal vez emulando lo que sucedió ante un gol rival en aquella histórica final.

Los diarios contaron después que el afortunado se llamaba José Varela y que, luego de hacer varios boquetes en la tierra, paró, reflexionó un momento y se preguntó

 

¿Dónde dejarían aquellos eximíos jugadores el cofre? Seguramente tendría que ser el Capitán del equipo quien decidiera. José Nazassi el viejo líder de aquel glorioso equipo jugaba de defensa por la derecha, o como se decía en su época back derecho. Y allí fui a buscar, donde él se paraba y ordenaba el juego de los uruguayos. Y allí lo encontré.

 

Cuentan los diarios que el cofre contenía un par de zapatillas de marca Champion, que luego marcaría para siempre con el nombre championes a las zapatillas deportivas en Uruguay. También se encontró la camiseta que el capitán del equipo uso en la final, una fotografía del plantel con Carlos Gardel con la camiseta del clásico rival y un sobre que contenía un papel con tres palabras: Confianza – Compromiso – Coraje.

 

Así, aquellos “championes” del 30 nos legaron la base de lo que se conoció desde siempre como “la garra charrúa”.

Hoy, en el Museo del Fútbol, justamente en el mismo Estadio Centenario, se pueden ver los Championes, la Camiseta de Nazassi y el viejo cofre.

Pero no se encuentra en ningún lado ni la fotografía de los campeones con el Zorzal Criollo, ni aquel sobre con las tres palabras mágicas, quizás por que hoy la magia tiene otro marketing y otros auspiciantes.