Yo, la invisible

Yo, como Borges, siempre quise ser otra. Y, como Borges, también me soñé de distintas maneras, aunque yo siempre sabía, en mis sueños, digo, que en realidad yo fingía ser quién no era. En cambio, estando en vigilia pensaba que sí, que era quién no soy y no me daba cuenta de que estaba representando una parodia, o una tragedia o, para ser más optimistas, una comedia. Pero en realidad lo que yo siempre desee es ser invisible.
Mi imaginación volaba llevándome a los lugares donde quería estar. La invisibilidad tiene grandes ventajas. Es ingrávida, por lo tanto, es poderosa, puede desafiar una de las leyes universales que nos resulta tan pesada. Otra motivación es mi ancestral curiosidad. Creo que esa característica de mi personalidad fue la que tomó la decisión de desear con ahínco ser invisible. Es una forma de conocer sin ser juzgada. De espiar, sin ser notada. De esconderme de todos pasando desapercibida y yo conocer a los otros hasta en sus más mínimos detalles. Hasta en su intimidad. Ahora que lo pienso, es una manera de defenderme.
Defenderme de las mentiras. De las falsas ilusiones que los otros me produjeron, y de las caídas estrepitosas en la desesperación y posterior depresión. Entonces, ser invisible, es terapéutico. También me da la posibilidad de viajar y conocer el mundo. Así, visitar las grandes cataratas del Iguazú, el glaciar más visitado del mundo el Perito Moreno, mezclarme hasta marearme en las calles de París, para terminar en la Tour Eiffel, en el apartamento que tiene en su cúspide, teniendo la ciudad a mis pies. Las cuevas de Altamira, volviendo hacia atrás en el tiempo, la catedral de sal de Bogotá en Colombia, el desierto del Sahara y las pirámides, el Partenón griego, y tantas, tantas maravillas que mi pobre cuerpo no puede soportar. ¡Con qué facilidad lo haría, con sólo ser invisible! A veces, me parece una herejía querer algo así. A veces mi conciencia se revela, y me hace abandonar el proyecto. Por eso aún no lo he logrado. Aunque debe haber algo más, que aún no alcanzo a descifrar. Pero me encantaría apagar todas las luces que molestan a los enamorados, correr todos los cerrojos de las celdas de los injustamente apresados, repartiría bien el agua, mitigaría el hambre de los niños desnutridos, robando la mejor fruta para ellos. Infringiría todas las leyes que estorban y destacaría las mejores pintándolas en aerosol flúor en las paredes de la ciudad. En los muros pintaría las réplicas los grandes genios de la pintura y trasmitiría música de Bach, Mozart, Debussy (de Beethoven no, me pone nerviosa) desde alguna cumbre para trasmitirla a todos los habitantes de las ciudades. ¡Ay!, si yo fuera invisible. Le traería la felicidad al mundo. Esa que perdimos en algún momento en el Tiempo y que dejamos abandonada en una esquina del Universo.

La ventana

Empujé con una mano mi silla de ruedas (¡maldito artefacto!) y deposité el café humeante sobre la mesita debajo de la ventana.
Una lluvia triste y persistente moja la vereda de la rambla (¡que me importa el tiempo ahí afuera!)
Algún transeúnte ocasional corre.
Apuro un sorbo de café (caramba que ansioso que estoy, me quemé la lengua) y me inclino hacia adelante. Siempre sale a esta hora, entre las siete y las siete y treinta, ágil y esbelta pasea su perro y me saluda con la mano y una sonrisa (yo le respondo como si tuviera piernas).
Miro el reloj y las agujas desafiantes marcan el paso del tiempo (¡ya no viene!). No solo llueve afuera…
Bebo el resto de café ya frío y, con profunda tristeza, me quedo mirando fijo el vidrio empañado (los hombres no lloran).
De pronto, suena el timbre (me desconcierto). Demoro, a propósito, para desalentarlos. Insisten.
─Mateo, sé que estás ahí. Soy tu vecina, la del perro.
¡NO puede ser! (en esta soledad alucino). Me mantengo escondido en el silencio (agazapado).
─Me llamo Laura, sé de tu condición y de tu valentía al salvar al niño en el accidente.
Quiero decir algo pero las palabras se mueren en mi garganta (en una telaraña reseca).
─ ¡Solo quiero conversar…! ¡Te admiro tanto!
Mis manos se aferran a las ruedas, las dirijo hacia la puerta (llego… llego…) pero, en un instante, mi cuerpo recuerda y retrocedo.
La cabeza sobre el pecho, mis brazos caen al costado de la silla (oigo algún timbrazo más).
Me convierto en la estatua viviente de la desolación.

Miradas

La muchacha bajaba las escaleras del subte para subir al tren con destino a Chacarita. El andén estaba desierto. A los pocos segundos, vio una figura sombría detrás de una columna. Impermeable negro, sombrero gris y un paraguas largo, negro colgado de su brazo derecho. Miraba fijamente, hacia la oscura boca del túnel, como si su mirada pudiera atravesar la tremenda oscuridad y anticipara, así, la llegada del tren.

Se sorprendió de sí misma al sentir un miedo visceral. Su cuerpo comenzó a transpirar.  Su frente y su bozo se perlaron de gotas.  Nerviosa, buscó un pañuelo en su cartera como no encontró se secó el rostro con la palma de la mano. Después, notó que estaban multicolores. Parte de su maquillaje estaba en ella. Abrió nuevamente la cartera y no encontró ningún espejito para reparar, como supuso, había quedado su cara, a esta altura, su máscara. El hombre observándola alejado a unos pasos, comenzó a blandir su paraguas. “Tierra trágame” pensó.

Por su espalda, corrían gruesas gotas de sudor nervioso cuyo recorrido se detenían en la cintura del pantalón, para bajar luego lentamente por la entrepierna. El horror la obligaba a abrir sus ojos desmesuradamente. Imposible cortar el muro de miedo que la cercaba. Quiso pedir auxilio pero su garganta no sonaba. Sólo su boca se transformó en una mueca imposible.

Lo vio mirarla a ella tan fijamente como a la oscuridad del túnel. Lo vio moverse hacia ella, un paso, dos, tres… ya estaba a su lado. Instintivamente, se agachó y, desde el piso, le oyó decir. –Señorita, me está asustando. Si no deja de mirarme voy a tener que llamar a la policía.

Un eclipse solar en el campo

Recuerdo cuando por primera vez presencié un eclipse solar.

Yo era niña y aún vivíamos en el campo. Nos dirigíamos a la escuela rural con mis hermanos.

Para llegar debíamos atravesar un campo enorme y un monte. Casi siempre íbamos caminando o a caballo. Como no siempre disponíamos de tres o cuatro caballos, entonces, mi madre nos mandaba de a dos.

Recuerdo ese día: en el momento que debíamos atravesar el monte se oscureció todo. Éramos, mi hermana Paulina, mis hermanos Julián y Pablo y yo. Teníamos entre diez y seis años más o menos.  Yo soy la mayor. Montábamos a Pocha, la yegua vieja y a Renán, el zaino de mis hermanos varones.  No nos asustamos. Estábamos acostumbrados a las tormentas de verano en que de golpe se pone negro y se larga a llover, pero esperamos la lluvia y nada.

Paulina, la más imaginativa, entonces, gritó:

─ ¡Es el fin del mundo! ¡Corramos, debemos llegar cuanto antes a la escuela así no nos perderemos nada!

Parece que entre las niñas más chicas ya habían comadreado que si se venía el fin del mundo le pedirían a la cocinera que les hiciera toda la carne de la heladera en milanesas y, además, ellas se habían ofrecido a pelar todas las papas de la bolsa para hacer papas fritas.

Parece que habían escuchado algo del eclipse y la cocinera les había dicho, según ellas, que ese día se podía terminar el mundo, porque la luna, el sol y la tierra se iban a acercar mucho y, si se tocaban, explotaba todo. Así lo habían entendido ellas. A la versión de la maestra no le habían hecho caso, ya que les había resultado más difícil.

Del eclipse, venían hablando hacía bastante tiempo, pero no recordábamos que nos dijeran exactamente el día que iba a suceder. Por eso, en el primer momento, no lo relacionamos con eso. Pero cuando las gotas no llegaron, mi hermana, que además de ser la más imaginativa es la más avispada, enseguida se acordó de las milanesas.

El hecho es que estábamos en el medio del monte tupido y se nos hizo la noche. Pablo, el más despierto de mis hermanos, quiso tomar las riendas del asunto y nos indicó a gritos por dónde seguir:

─Vamos, vamos por acá. Lo que importa es salir de lo más oscuro, un rayo puede caer en alguna de estas ramas y quedaremos todos petrificados como si fuéramos estatuas.

Entonces nos señaló con su dedito índice la ruta a seguir, pero como estaba muy oscuro no lográbamos ver hacia dónde. Yo iba con Paulina atrás y Pablo llevaba a Julián.

Paulina, que en ese momento se dio cuenta que no era una tormenta, no había ni relámpagos, ni truenos, ni lluvia, comenzó a temblar como una vara en un día de viento norte. Casi me tira de la yegua, entonces yo queriendo tranquilizarla paré a la fuerza a la Pocha y dándome vuelta, la enfrenté gritándole:

─ ¡Dale, nena!, no llores, no tengas miedo, estamos todos juntos y vamos a poder salir de acá, es solo el eclipse del que tanto nos hablaron.

─Pero ¿por qué no nos dijeron que nos iba a encontrar en medio del monte? ¿Y si explota todo, dónde iremos a parar? Yo no quiero morirme, al menos antes de probar las milanesas de Ramona.-

─ ¡Quédate tranquila!─ gritó Julián al que no habíamos oído hasta ese momento.

─ ¿No ves que yo soy el más chico y no lloro? Al tiempo que se hacía pis arriba del zaino.

─ ¡Bueno, bueno! ─gritó Pablo─ síganme a mí, se los dije, yo les voy a enseñar cómo salir de acá.

El hecho es que no se veía nada. Yo también quise poner orden a la expedición rescate pero, en el momento en que iba a gritarles que me hicieran caso, oímos un rumor sordo entre las ramas. Parecía que alguien se nos acercaba sin anunciarse. Todos quedamos como petrificados y convertidos en estatuas. Solo oíamos el respirar agitado de los caballos y a Paulina tiritar. Seguro era una luz mala que se nos acercaba, para iluminarnos el camino. La vimos clarito aunque no veíamos nada. Más tarde, cuando se lo contábamos a la maestra, la describimos igual los cuatro. Era, sin duda, una de las luces malas que acostumbrábamos a ver desde casa, en las noches de verano, cuando nos reuníamos con los tíos viejos a escuchar cuentos del pasado.

Nadie quiso decir nada. La dejamos pasar y luego la seguimos. Pero el monte parecía más tupido que nunca. A medida que avanzábamos, el monte se iba cerrando más y más y la oscuridad duraba.

Entonces Pablo, nos fue llevando, a la vez que entonaba una canción de cuna que le había enseñado la abuela Pancha para que se la cantara a Victoria, nuestra hermana más pequeña. Pablo siempre la que tenía que cuidar y hacer dormir cuando mamá, papá y nosotros nos íbamos al campo con en la época de la zafra de la cebolla.

Creo que en un momento nos adormecimos, sí, seguro, entre la canción de cuna y el bamboleo de los caballos, nos quedamos dormidos. Yo creo que hasta soñé y vi los monstruos del bosque, esos que aparecen en los cuentos, monstruos negros y peludos que nos acechaban de atrás de los troncos, pero entonces, de repente, ¡se hizo la luz! Todo el bosque se iluminó. Un brillo incandescente que casi nos ciega. ¡Quedamos como paralizados!

¡La vida nos volvió en un instante! Todos gritamos a la vez ¡por allá está el camino! ¡Y ya se ve el techo rojo de la escuela! Como niños locos que éramos, azuzamos los caballos y galopamos emocionados hasta llegar a la puerta de nuestro reino.

Pero aquello no era la escuela, parecía una capilla con el techo a dos aguas y la cruz arriba. ¿Qué había sucedido? ¿La habrían cambiado de lugar o nosotros habíamos avanzado hacia otra parte? Confundidos y nuevamente asustados, nos acercamos a la puerta. Pablo entró por la puerta principal que estaba entre abierta. Luego de unos minutos que nos parecieron eternos, volvió riéndose junto a un cura todo vestido de negro que no conocíamos. Este nos señaló la escuela para el lado contrario. ¿Habíamos dado vueltas en el mismo lugar?  ¡Debíamos atravesar nuevamente el monte para llegar a ella! ¡Qué decepción y bronca nos ardía entre los dientes!

Sin embargo, no nos achicamos, los más grandes alentamos a los pequeños y volvimos a cruzarlo. Llegamos, por fin, a la hora del almuerzo. ¡Y Ramona había hecho milanesas! ¡Qué alegría! Otra vez nos sentíamos a nuestras anchas en ese lugar tan querido.

Aritmética

Mi suegro, el coronel Emiliano Almanegra, era un hombre de ojos suspicaces como los de una lechuza. Su lengua era afilada como una víbora, su corazón duro como un crustáceo y su apetito sexual apremiante como el de una liebre. Tuvo diecisiete hijos varones con la misma esposa, incluidos cuatro pares de mellizos. Los diecisiete varones tomaron rumbos parecidos: ocho se inclinaron por el ejército y nueve asumieron los votos eclesiásticos.

Emiliano Almanegra no fue un buen padre. Era como un pozo vacío por la sequía, incapaz de brindar una gota de afecto. Era muy rápido al desenrollar el cinto y descargarlo sin piedad sobre los indefensos tobillos de sus hijos hasta dejarlos al rojo vivo. No soportaba la menor señal de desobediencia y su lengua ponzoñosa destilaba amenazas aquí y allá. Los cinco mayorcitos intentaban hacerle frente mirándolo en silencio enturbiados por la rabia, pero los más pequeños corrían a enroscarse como un gato al amparo de las axilas maternas.

Las penitencias que infligía Emiliano Almanegra eran terribles, podían durar varios meses, hasta años enteros. Cuando niño, mi marido pasó un lustro escribiendo diez veces en una pequeña pizarra: debo respetar a mi padre. Cada noche debía colocar dicha pizarra en la cabecera de la cama. De esa forma, según le decía su padre, el mensaje invadiría sus sueños como la oscuridad de la noche y, a la mañana siguiente, al despertarse, sería un niño más bueno y disciplinado.

La madre, durante las ausencias del marido por sus deberes militares, trataba con halagos y condescendencia a sus hijos, malcriándolos por demás.

Seis dormían con ella, arropados por canciones de cuna que entonaba en dialecto manchego, propio de su tierra natal. Siete podían comer toda la mermelada que quisieran, hasta saciarse o hasta que los retorcijones los hicieran correr hasta los excusados más próximos. Los cuatro restantes podían jugar todo el tiempo, sin obligaciones, aún a costa del sueño.  Lograban pasar varios días sin pegar un ojo, solo jugando a la pelota, a los indios o trepando árboles y cazando pájaros.

Cuando oían las botas del coronel en el pórtico, cada uno retornaba en un silencio sepulcral a aquellas tareas que los volvían invisibles.

Luego de la cena, el coronel encendía un puro Montecristo y, mientras saboreaba el aroma, lo acompañaba con una generosa taza de café con coñac.  Mientras el puro se consumía, Emiliano Almanegra le dirigía una seña a su esposa, con un imperceptible movimiento de cabeza en dirección al dormitorio.

Ella era robusta, de caderas anchas de tanto alumbrar críos. Su sexo, redondo como una nuez, estaba casi pétreo, de tanto hacer el amor bajo órdenes. Sin embargo, el embarazo lo vivía con mucha esperanza. Acariciaba con suavidad su vientre abultado mientras lo perfumaba con agua de rosas.

Él miraba con arrogancia el transcurrir de la gestación, de la misma forma con que se jactaba del éxito de una nueva estrategia bélica. Aseguraba que su simiente tenía la cualidad extraordinaria de engendrar varones. Sus vástagos eran sus trofeos, a la semana de nacidos ya posaban para la foto familiar hecha por el fotógrafo de páginas sociales del periódico de mayor circulación de la ciudad.

Cuando sus hijos salieron del hogar para recibir instrucción militar o estudiar en el seminario fueron despedidos con frialdad por su padre. Nada de buenos deseos, iban a cumplir con un deber: dejar bien parado el apellido Almanegra.

Cuatro, de los ocho que ingresaron a la escuela militar de cadetes, sufrieron las burlas y jugarretas de sus compañeros de pieza, ya que mojaban la cama en las noches y debían dormir de pañales. La otra mitad eran sancionados frecuentemente por sus superiores debidos a las continuas escapadas nocturnas al burdel más cercano. Allí, conocí a mi marido. Era apenas un joven imberbe y me enamoré perdidamente de él, a pesar de que mi oficio me había anulado los sentimientos.

Los nueve hermanos que se convirtieron en curas tampoco pudieron zafar del desdén y cotilleo de la gente. Tres de ellos utilizaron dinero de la Curia para comprarse autos nuevos, cuatro fueron descubiertos con novicios jóvenes en sus alcobas y los dos restantes tenían la fama de ser los únicos confesores de Cosme Trujillo “el Benigno”, renombrado narcotraficante que actuaba en la región.

Cuando mi suegro apareció muerto, caído a un lado de la amplia mesa del comedor, sus diecisiete hijos intercambiaron miradas interrogantes entre sí. En el silencio se oía la letanía de rezos que mi suegra rumiaba a medida que pasaba las cuentas del rosario.

El médico forense apretaba los labios y negaba con la cabeza en señal de incredulidad.

¿Quién habría sido capaz de poner veneno para ratas en la taza de café del coronel?

Ya ha pasado casi un año de su muerte, pero yo no he tenido el valor de sentarme y hacer el cálculo de probabilidades…  por lo tanto, aún no sé qué chance tengo de estar casada con un parricida.

El hombre que se comió a sí mismo

—Estoy enfermo Doctor. Me duele el estómago.

—Vaya amigo se le nota en la cara.

—Siento hambre y no puedo dejar de comer. Es horrible, como todo el tiempo —y se metió un sándwich en su enorme boca.

—¿Cuándo empezó?

—Creo… (crunch ñam ñam) que cuando mi esposa me dejó… (crunch ñam ñam)…

—Es un trastorno de ansiedad. Tome estas pastillas, dos por día, y venga a verme en una semana.

Una semana después el hombre había aumentado diez kilos y no paraba de comer.

—Me estoy suicidando placenteramente Doc.

—Está muy ansioso, tome tres pastillas por día y venga a verme en dos semanas.

A las dos semanas el hombre volvió. Esta vez con muletas y sin el pie derecho.

—¿Qué le pasó amigo?

—Me comí el pie. No puedo parar Doctor, deme algo por favor.

—Bueno, aumentemos la dosis. Tome cinco pastillas y venga en tres semanas.

—¿Es grave doctor?

—Tranquilo, confíe en mí.

Veinte días después, volvió sin el brazo izquierdo.

—Esta vez fue el brazo Doctor, me estoy comiendo de a poco.

—Está muy ansioso amigo. Vamos a cambiar la pastilla. Esta es muy buena, tome seis por día y venga en un mes.

Pasaron treinta días y el hombre volvió en una silla de ruedas automática.

—Aquí me ve Doc, me comí las dos piernas y el brazo derecho. Ya no queda nada de mí.

—Qué barriga tiene amigo, hay que bajar de peso. No es bueno para la salud. Tómese además de las seis pastillas dos de estas amarillas antes de cada comida. Vuelva en dos meses.

—Estoy con mucha gastritis también.

— ¡Ah”, y sí, es lógico. Agregue esta pastilla azul después de cada comida.

El hombre volvió.

—¿Cómo le ha ido amigo?

—La gastritis pasó, Doctor.

—Yo le dije: “Confíe en mí”. Agregue esta pastilla violeta cada 12 hosras y vuelva en seis meses.

Pasó el tiempo… El hombre no volvió más.

Normal obsesión

Cuando Olivia tenía nueve años, se dio cuenta que no era como las otras niñas. Jamás olvidará cómo sus compañeras hacían fila para hablar con el profesor de gimnasia o cómo todas comentaban cuál de sus compañeros de clase era el más lindo.

–Y a vos, Olivia, ¿quién te gusta?–solían preguntarle con una risita.

Pero Olivia siempre cambiaba de tema.

Cuando tenía doce, Olivia soñó que besaba a Lara. Se despertó transpirada y con una extraña sensación en el estómago. Unos días después, le dio su primer beso a Joaquín.

Olivia tuvo su primer novio a los trece y, a los catorce, mantuvo relaciones por primera vez. No asistió a ningún cumpleaños de quince, ver a sus compañeras maquilladas y peinadas y con hermosos vestidos la hacían sentirse mal del estómago. No entendía por qué.

Lo único que Olivia quería era ser normal. Sentirse normal. Por eso se casó a los veinticuatro años con un muchacho por el que no sentía nada.

Hasta los veintisiete, tuvo una vida tranquila. Casi había empezado a convencerse a sí misma que amaba a su marido. Casi se había convencido que era normal.

Recién recibida de licenciada en comunicaciones, Olivia entró a trabajar en un periódico. No hacía mucho ni ganaba mucho, pero tenía posibilidades de crecimiento dentro de la empresa. Fue entonces cuando conoció a Belén.

Belén era morocha y tenía pecas que le cubrían de los hombros a la frente. Siempre traía las uñas pintadas de rojo y los ojos con deliñado negro y grueso. Jamás faltaban sus lentes verde flúor ni su sonrisa. Incluso si Olivia hubiese considerado la opción de que le gustasen las mujeres, jamás habría pensado que Belén podría ser su tipo de mujer. Pero Belén la hacía reír como nadie más lo hacía. Le despertaba esa sensación en el estómago que se habría prohibido a sí misma sentir desde que tenía memoria. Y por primera vez, Olivia se sintió feliz. Se sintió viva. Cuando estaba con Belén, hasta podía sentirse… casi normal.

Por ese motivo, Olivia decidió hacer lo más sensato, renunciar.

La leve depresión en la que cayó después de dejar de ver a Belén la adjudicó al haber perdido su empleo. Su marido, sin motivos para dudar, le creyó.

Con casi veintinueve años, Olivia decidió que era tiempo de empezar a buscar hijos. Calendarios, pastillas, tratamientos. Todos desfilaban ante la vida de Olivia, que se pasaba horas y horas de una sala de espera a otra. Hasta que un doctor por fin dijo la palabra que tanto temía: Estéril.

–Pero tener hijos es lo normal, ¿no?–Olivia estaba entrando casi en un ataque de histeria mientras su marido manejaba en silencio hasta su casa.

–Hay otras formas de tener hijos, si es lo que querés –respondió él.

–Pero es lo normal –insistió ella. Casarte, ser mamá, la familia: papá, mamá e hijos. Eso es lo normal.

–Bueno… sí… pero puede ser de otra forma.

Su marido parecía confundido y le recordó que Federica, tu amiga, había adoptado.

–No soy normal –susurró Olivia, inmersa en sus propios pensamientos–. Mi madre me dijo: “Casate con un hombre. Tené hijos”. Es lo normal –miró a su esposo– y repitió ─ ¡no soy normal!

–Olivia, ¿te sentís bien? ¿Querés que pare el auto? No tiene sentido lo que estás diciendo.

–Yo… yo solo quería ser normal. Pero no lo soy. Nunca lo fui. ¿Entendés?

–No –contestó él, tras una pausa–. Pero aunque no fueras normal, no tiene nada de malo.

–Mi madre quiere una hija normal.

–Tu madre habla mucho pero muerde poco. Te va a amar no importa qué. Y va a amar a nuestros hijos, biológicos o no –la consoló él.

–No quiero hijos –dijo Olivia–. Ni un marido. Ni lo normal. Digo, sí, quiero ser normal, pero no puedo. Nunca pude. Así que, ¿para qué seguir intentando?

–Esperá, ¿qué querés decir con que no querés un marido?

–Cambié de opinión, ¿podés parar el auto? –dijo ella en cambio–. Quiero caminar hasta casa.

Su marido arrimó el auto al cordón.

– ¿Estás segura que estás bien?–preguntó.

–Mejor que nunca… creo. Te veo en casa, pero antes, tengo que hacer algo –le dio un beso en la mejilla y salió del auto. Él bajó la ventanilla.

–Después, necesitamos hablar de eso que dijiste –manifestó él, pero Olivia hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

Esperó a que su esposo arrancase el auto y se sentó en un banco.

“Perdón que no respondí tus mensajes” escribió en su celular. “Estuve lejos un tiempo, pero ya volví. ¿Almorzamos mañana?”

Esperó unos minutos, hasta que su celular vibró y la pantalla se prendió con el nombre “Belén” en las notificaciones.

“No te preocupes. ¡Nos vemos mañana!”

Olivia sonrió. Por primera vez, dejó que sus sentimientos la invadieran sin intentar reprimirlos. Cerró los ojos, respiró profundo. Se sintió viva. Se sintió normal. No el “normal” que se había impuesto. Un normal distinto. Uno mejor.

La ciudad de las almas grises

Había una vez en una ciudad de un país común un barrio extraño. Los 365 días del año eran siempre grises. Las casas, las ventanas eran de color gris y hasta los vidrios tenían ese color opaco. Sus habitantes también eran de piel grisácea y vestían del mismo color. Hasta los niños eran grises. Las madres paseaban a sus grises bebés en los cochecitos color gris. Apenas le salían los pelitos de sus cabecitas y ya eran grises como las nubes en días de tormenta. Nadie conocía los colores. La televisión era en blanco y negro. Leer diarios y libros viejos de páginas color perla era algo cotidiano.

La biblioteca del pueblo estaba ubicaba en una calle céntrica. Era custodiada por Serafín. Un hombre regordete de cabello marengo y baja estatura. Tenía una mirada perdida pero a nadie le llamaba la atención porque, quien más quien menos, los habitantes del barrio extraño portaban esa mirada enrarecida y grisácea.

Sin embargo, el viejo Serafín hacía tiempo que se lo notaba muy extraño. Más extraño de lo habitual. Hacía varios días que, al cerrar la biblioteca al público, sentía ruidos extraños detrás de uno de los estantes de los libracos más antiguos y estaba decidido a investigar. Aunque, a decir verdad, sentía temor de hacerlo. Sentado detrás del pequeño escritorio gris afinaba su bigote del mismo color enrulándolo en su dedo índice. Esa noche se quedó hasta tarde en la biblioteca ordenando libros y estantes. De repente, quedó sorprendido al ver tras un gran libro gris una revista llena de…¡¿Colores?! ¡Qué rareza! Sorprendido frente a tal hallazgo caminó en círculos. Recordó cuando era niño y en su mente, solo en su mente, dejó caer todos los colores que recordaba como un arcoíris por toda la habitación. Las estanterías eran rojas, la pared violeta y los libros multicolores. Miró sus zapatos azules, sus pantalones amarillos y hasta se atrevió a mirar la camisa que llevaba puesta. ¡Era verde!  ¿Y aquella revista colorida y abultada qué tiene dentro? Volvió a caminar en círculos que ya no eran grises sin atreverse a tocarla. La curiosidad le ganó y tembloroso fue directo a ella. La tomó entre sus regordetas manos y de sus páginas cayó una caja de metal repleta de colores con puntas afiladas como navajas que flotaban en el aire y enfilaban hacia la pequeña ventana apenas abierta. Serafín corrió a cerrarla pues no podían escapar. Los colores debían ser encerrados nuevamente en aquella caja y la caja en la revista y la revista ser guardada tras aquel enorme libro gris. En ese preciso instante, recordó que esa era su misión, su compromiso. Enloquecido y jadeante, trató de llegar a la ventana. Pero en la loca carrera tropezó con un montón de libros apilados cayendo con todo el peso de su cuerpo al piso dándose la cabeza contra la punta de un pequeño cajón. La escena, ahora inmóvil, lucía enteramente gris con excepción del incesante líquido rojo que fluía de su cabeza.

Al amanecer, aquel barrio extraño en la ciudad de aquel país común despertó con gritos y exclamaciones. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡Todo había cambiado! Ninguno comprendía la imagen multicolor. El sol asomaba suavemente calentando aquellas gargantas gritonas.

Silencio revelador

¡Hace tanto que te lo pido! Lo de anoche fue terrible, insoportable. No quiero que se repita nunca, nunca más. Tenés que prometerme que es la última vez que pasamos por esto. Y…, ¿sabés?,  no sólo lo digo por vos y por mí, sino también por ella. Estoy con pena, una profunda pena por los tres. Estuve pensando que, si yo estuviera en su lugar, actuaría tal cuál lo hace. Pelearía por tu amor, por vos, a cualquier hora, en cualquier lugar, borracha, como estaba ella, o lúcida y hasta dormida.

Una noche soñé que te perdía, ¿te acordás? Fue aquella noche en que me morí de celos porque miraste a la mujer de tu jefe con mucha admiración. En el sueño me transformaba en un ave de rapiñaba, te seguía desde el aire y observaba todos tus movimientos para poder atacarte,  sacarte los ojos, vengarme por lo que habían mirado, borrarles la pasión que los había iluminado.

Yo la entiendo. Pero esto se tiene que acabar y ya. El escándalo fue demasiado grande. Nuestros amigos, los vecinos, los chicos, todos involucrados en una escena de terror mayúscula. ¿Por qué llegar a esto? ¿Es que no podés, a esta altura de nuestra relación, manejar a tu ex mujer de tal manera de que se tranquilice y termine aceptando que es a mí a quién querés? ¿Qué pasa contigo? Hablá, decíme algo, por favor… No podés seguir ignorándola.  Tenés que pararla.  ¿Qué es lo que te detiene? ¡¿Qué…?!

¿Seguís queriéndola…?

¡Qué tonta soy! ¡Qué tonta fui! Tengo que aceptar que tu silencio es un sí.

El sí más rotundo y sordo que jamás escuché.

Entonces, es evidente que quién se retira soy yo.

La mecha estaba encendida y la bomba acaba de explotar en mi cara.  Adiós. Mañana pasaré a buscar mis cuadros.

Tic Tac, Tic Tac. Tic Tac…

Ellos no lo saben pero en 15…

Sí, en 15 minutos habrán muerto.

Sí, él, su esposa y el pequeño.

Todos muertos.

¡Bien muertos!

Sólo en 15 minutos.

¡Ah! ¡Si supieran!

¡Bah!, igual nada podrían hacer.

¡Ya están muertos! Aunque aún no lo saben. Ja, ja, ja.

Sólo en 12 minutos. Sólo faltan 12 y… morirán.

Y no podrán hacer nada.

Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, …

Les queda sólo 7 minutos.

Pobres ilusos, pensaron que se iban a despertar mañana.

No, ja ja,ja. Morirán hoy. Sí, en apenas 4 minutos.

Eso es todo lo que les queda, unos míseros 2 minutos de vida.

Un minute…

Tic Tac, Tic Tac. Tic…