Normal obsesión

Cuando Olivia tenía nueve años, se dio cuenta que no era como las otras niñas. Jamás olvidará cómo sus compañeras hacían fila para hablar con el profesor de gimnasia o cómo todas comentaban cuál de sus compañeros de clase era el más lindo.

–Y a vos, Olivia, ¿quién te gusta?–solían preguntarle con una risita.

Pero Olivia siempre cambiaba de tema.

Cuando tenía doce, Olivia soñó que besaba a Lara. Se despertó transpirada y con una extraña sensación en el estómago. Unos días después, le dio su primer beso a Joaquín.

Olivia tuvo su primer novio a los trece y, a los catorce, mantuvo relaciones por primera vez. No asistió a ningún cumpleaños de quince, ver a sus compañeras maquilladas y peinadas y con hermosos vestidos la hacían sentirse mal del estómago. No entendía por qué.

Lo único que Olivia quería era ser normal. Sentirse normal. Por eso se casó a los veinticuatro años con un muchacho por el que no sentía nada.

Hasta los veintisiete, tuvo una vida tranquila. Casi había empezado a convencerse a sí misma que amaba a su marido. Casi se había convencido que era normal.

Recién recibida de licenciada en comunicaciones, Olivia entró a trabajar en un periódico. No hacía mucho ni ganaba mucho, pero tenía posibilidades de crecimiento dentro de la empresa. Fue entonces cuando conoció a Belén.

Belén era morocha y tenía pecas que le cubrían de los hombros a la frente. Siempre traía las uñas pintadas de rojo y los ojos con deliñado negro y grueso. Jamás faltaban sus lentes verde flúor ni su sonrisa. Incluso si Olivia hubiese considerado la opción de que le gustasen las mujeres, jamás habría pensado que Belén podría ser su tipo de mujer. Pero Belén la hacía reír como nadie más lo hacía. Le despertaba esa sensación en el estómago que se habría prohibido a sí misma sentir desde que tenía memoria. Y por primera vez, Olivia se sintió feliz. Se sintió viva. Cuando estaba con Belén, hasta podía sentirse… casi normal.

Por ese motivo, Olivia decidió hacer lo más sensato, renunciar.

La leve depresión en la que cayó después de dejar de ver a Belén la adjudicó al haber perdido su empleo. Su marido, sin motivos para dudar, le creyó.

Con casi veintinueve años, Olivia decidió que era tiempo de empezar a buscar hijos. Calendarios, pastillas, tratamientos. Todos desfilaban ante la vida de Olivia, que se pasaba horas y horas de una sala de espera a otra. Hasta que un doctor por fin dijo la palabra que tanto temía: Estéril.

–Pero tener hijos es lo normal, ¿no?–Olivia estaba entrando casi en un ataque de histeria mientras su marido manejaba en silencio hasta su casa.

–Hay otras formas de tener hijos, si es lo que querés –respondió él.

–Pero es lo normal –insistió ella. Casarte, ser mamá, la familia: papá, mamá e hijos. Eso es lo normal.

–Bueno… sí… pero puede ser de otra forma.

Su marido parecía confundido y le recordó que Federica, tu amiga, había adoptado.

–No soy normal –susurró Olivia, inmersa en sus propios pensamientos–. Mi madre me dijo: “Casate con un hombre. Tené hijos”. Es lo normal –miró a su esposo– y repitió ─ ¡no soy normal!

–Olivia, ¿te sentís bien? ¿Querés que pare el auto? No tiene sentido lo que estás diciendo.

–Yo… yo solo quería ser normal. Pero no lo soy. Nunca lo fui. ¿Entendés?

–No –contestó él, tras una pausa–. Pero aunque no fueras normal, no tiene nada de malo.

–Mi madre quiere una hija normal.

–Tu madre habla mucho pero muerde poco. Te va a amar no importa qué. Y va a amar a nuestros hijos, biológicos o no –la consoló él.

–No quiero hijos –dijo Olivia–. Ni un marido. Ni lo normal. Digo, sí, quiero ser normal, pero no puedo. Nunca pude. Así que, ¿para qué seguir intentando?

–Esperá, ¿qué querés decir con que no querés un marido?

–Cambié de opinión, ¿podés parar el auto? –dijo ella en cambio–. Quiero caminar hasta casa.

Su marido arrimó el auto al cordón.

– ¿Estás segura que estás bien?–preguntó.

–Mejor que nunca… creo. Te veo en casa, pero antes, tengo que hacer algo –le dio un beso en la mejilla y salió del auto. Él bajó la ventanilla.

–Después, necesitamos hablar de eso que dijiste –manifestó él, pero Olivia hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

Esperó a que su esposo arrancase el auto y se sentó en un banco.

“Perdón que no respondí tus mensajes” escribió en su celular. “Estuve lejos un tiempo, pero ya volví. ¿Almorzamos mañana?”

Esperó unos minutos, hasta que su celular vibró y la pantalla se prendió con el nombre “Belén” en las notificaciones.

“No te preocupes. ¡Nos vemos mañana!”

Olivia sonrió. Por primera vez, dejó que sus sentimientos la invadieran sin intentar reprimirlos. Cerró los ojos, respiró profundo. Se sintió viva. Se sintió normal. No el “normal” que se había impuesto. Un normal distinto. Uno mejor.

La ciudad de las almas grises

Había una vez en una ciudad de un país común un barrio extraño. Los 365 días del año eran siempre grises. Las casas, las ventanas eran de color gris y hasta los vidrios tenían ese color opaco. Sus habitantes también eran de piel grisácea y vestían del mismo color. Hasta los niños eran grises. Las madres paseaban a sus grises bebés en los cochecitos color gris. Apenas le salían los pelitos de sus cabecitas y ya eran grises como las nubes en días de tormenta. Nadie conocía los colores. La televisión era en blanco y negro. Leer diarios y libros viejos de páginas color perla era algo cotidiano.

La biblioteca del pueblo estaba ubicaba en una calle céntrica. Era custodiada por Serafín. Un hombre regordete de cabello marengo y baja estatura. Tenía una mirada perdida pero a nadie le llamaba la atención porque, quien más quien menos, los habitantes del barrio extraño portaban esa mirada enrarecida y grisácea.

Sin embargo, el viejo Serafín hacía tiempo que se lo notaba muy extraño. Más extraño de lo habitual. Hacía varios días que, al cerrar la biblioteca al público, sentía ruidos extraños detrás de uno de los estantes de los libracos más antiguos y estaba decidido a investigar. Aunque, a decir verdad, sentía temor de hacerlo. Sentado detrás del pequeño escritorio gris afinaba su bigote del mismo color enrulándolo en su dedo índice. Esa noche se quedó hasta tarde en la biblioteca ordenando libros y estantes. De repente, quedó sorprendido al ver tras un gran libro gris una revista llena de…¡¿Colores?! ¡Qué rareza! Sorprendido frente a tal hallazgo caminó en círculos. Recordó cuando era niño y en su mente, solo en su mente, dejó caer todos los colores que recordaba como un arcoíris por toda la habitación. Las estanterías eran rojas, la pared violeta y los libros multicolores. Miró sus zapatos azules, sus pantalones amarillos y hasta se atrevió a mirar la camisa que llevaba puesta. ¡Era verde!  ¿Y aquella revista colorida y abultada qué tiene dentro? Volvió a caminar en círculos que ya no eran grises sin atreverse a tocarla. La curiosidad le ganó y tembloroso fue directo a ella. La tomó entre sus regordetas manos y de sus páginas cayó una caja de metal repleta de colores con puntas afiladas como navajas que flotaban en el aire y enfilaban hacia la pequeña ventana apenas abierta. Serafín corrió a cerrarla pues no podían escapar. Los colores debían ser encerrados nuevamente en aquella caja y la caja en la revista y la revista ser guardada tras aquel enorme libro gris. En ese preciso instante, recordó que esa era su misión, su compromiso. Enloquecido y jadeante, trató de llegar a la ventana. Pero en la loca carrera tropezó con un montón de libros apilados cayendo con todo el peso de su cuerpo al piso dándose la cabeza contra la punta de un pequeño cajón. La escena, ahora inmóvil, lucía enteramente gris con excepción del incesante líquido rojo que fluía de su cabeza.

Al amanecer, aquel barrio extraño en la ciudad de aquel país común despertó con gritos y exclamaciones. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡Todo había cambiado! Ninguno comprendía la imagen multicolor. El sol asomaba suavemente calentando aquellas gargantas gritonas.

Nuevas vecinas

Ella estaba fascinada con los cuatro bultos que gemían. Eran dos grises con rayas, uno de tres colores y otro completamente negro.
− ¿Qué es el negro? ¿Macho o hembra? –preguntó.
−Es temprano para ver… Yo no sé mucho de esto, pero parecería que es hembra. Pero no estoy segura.
Sus ojos brillaron.
−Esa guardámela para mí.
Pasó un mes. Venía casi todos los días a verla. La llamó Negra.
A los 40 días ya no pudo esperar y me pidió llevársela.
−Sí. Creo que no hay problema. Ya comen solos y hasta usan la caja de piedras como la madre.
Nunca había visto a nadie tan feliz al adoptar una mascota.
El primer indicio fue un día que ella vino en el momento que le daba a Cati, la madre, de comer.
− ¿Qué es esto? –preguntó.
−El balanceado de Cati. Es uno muy bueno porque está flaca la pobre. Decí que ya logré regalar a todos.
− ¿A ver? –dijo probando un grano del alimento. –Mmmm… está bueno… ¿dónde lo compraste? A la negra y a mí nos va a encantar.
−Pará che… ¡sos loca! ¿Cómo vas a comer balanceado de gatos. ¡Te va a hacer mal!
−Bah… dejá de hinchar… está bueno.
Otro día, fui a la casa y se estaba peinando su larga cabellera negra. Miré su cara horrorizada.
−Che… ¿tenés problemas hormonales? ¡Tenés pelos por todas partes en la cara!
−Sí… bueno… No me molestan. Sólo me pica un poco a veces.
¿Qué le había pasado?
Una noche sentí ruidos en el techo. Salí a ver y encontré allá arriba un bulto grande que se pasaba la mano por la lengua y luego en el pelo abundante.
− ¿Qué hacés ahí arriba? Con el frío que hace…
−Miro…
− ¿Qué mirás?
−Todo…
Entré a mi casa pensando en llamar a alguien que la medicara. Esto se estaba poniendo demasiado extraño. Luego pensé que no tenía por qué meterme en las excentricidades de mi vecina.
Una mañana salía para el trabajo y la encontré en la puerta, agachada junto a Negra. La melena de ambas se había erizado.
− ¿Todo bien? –le pregunté.
Me miraron ambas. Sus ojos brillaron. Se dieron vuelta sin decir nada y entraron a su casa.
Dejé de verla por unos días.
Una noche, sentí unos maullidos fuertes. Salí y las vi… Se alejaban por los techos saltando con gran agilidad. Una era una enorme gata negra, con sus ojos verdes brillantes. Otra más pequeña la seguía.
No vi más a mi vecina. Pero gasto más en alimento balanceado. Ahora tengo tres gatas.

El televisor Phillips

Muchos años atrás, hoy sentado frente al televisor, recuerdo aquella tardecita en que mi padre trajo “El televisor Phillips”.
¡Al fin llegó! Estábamos todos los chiquilines del barrio sentados esperando su llegada.
Recuerdo escuchar en la radio las canciones de moda, los teleteatros y las películas pero, desde ese día, podríamos verlas en el único televisor del barrio.
Hoy, mirando con mis cinco nietos una película en un televisor Samsung, extra chato, pantalla de 50 pulgadas a color, la actitud de ellos es tan diferente a la nuestra en aquella época. El mayor, como piensa que la película es para niños chicos, se puso a jugar con su propia computadora; el otro, el que tiene 8 años, está entretenido con los jueguitos con el celular de la abuela; la más pequeña, de un año y medio, baila al son de la música de la película y nos mira a nosotros buscando aprobación.
¡Al fin llegó! El silencio era sepulcral. No se movía una mosca. Ante el mínimo ruido hacíamos ¡shshshs! No nos queríamos perder detalle. Hoy, todo es bullicio. Gritos, risas, comentarios, peleas. Ninguno se queda quieto en un solo lugar. Nosotros nos quedábamos petrificados.
Seguro que la felicidad de ellos es la misma a la nuestra. Ellos sienten una felicidad ruidosa; nosotros, una silenciosa.
Mi padre y mi madre sentados como vigías para que hiciéramos silencio. Y, en cambio, estoy en medio de este bullicio, soy uno más con ellos. Ni se me ocurre pedir silencio.
Recuerdo que una vez les puse una película de Mario Moreno “Cantinflas”. Un tragicómico con esos parloteos que nunca terminaban, esos diálogos divagantes y esos movimientos rápidos. Era una delicia para nosotros sentarnos y mirar sin chistar. A mis nietos no les llamó para nada la atención. La ignoraron completamente. Mi nieta de cinco años preguntó en un momento:
– ¿Abu, qué dice este hombre tan raro que no se le entiende nada? ─e inmediatamente agregó —Abu, ¡estoy aburrida! Podrías poner los dibujitos de Disney
Es emocionante recordar aquellos silencios y el respeto que teníamos ante ese aparato que inundó nuestro comedor familiar. Eso era el progreso para nosotros en aquellos años. Hoy, los cambios y el progreso avasallante que viven los niños les pasa casi inadvertido. Se adaptan rápidamente. El modelo de televisor en poco tiempo ya está superado. Hasta el más grande me preguntó cuándo vamos a comprar la televisión 3D.
A veces siento nostalgia por ese “El televisor Phillips” pero ¡qué lindo es poder estar presente y vivir estos cambios tecnológicos al lado de ellos, de mis cinco nietos!

Lucha interior

Salís del estudio notarial con la tez muy pálida. Transfigurado. No podés creer lo que oíste hace un rato de boca del escribano.

Tu tía Felipa, anciana muy rica, muerta a sus ochenta años, sin hijos, te lega toda su fortuna. Recordás que entre la lista de bienes se cuentan tres propiedades: dos en la capital y una en Angra do Reis, dos autos, una casa rodante, un velero, los ahorros de una profusa cuenta bancaria y, a Tim, su gato de raza bengalí.

Sólo hay una condición para poder usufructuar la herencia. Debés vivir como un mendigo en las calles durante el invierno, de lo contrario, el patrimonio pasa a manos de la Fundación “Hogar Abierto”, para personas sin techo. Con sólo pensar en el escribano, un flaco miope y con cara de estreñido, te duele el hígado de la rabia. Él se va a encargar que vos cumplas con lo estipulado.  Va a sellar la puerta de tu casa al comienzo del invierno para abrirla con los primeros calores de la primavera, momento en que vos regresarás para disfrutar de la herencia. Eso, siempre y cuando, cumplas a rajatabla con la exigencia que la anciana lunática te impuso. El escribano, ese sujeto rastrero y servil, te permite armar un pequeño equipaje: un sobre de dormir, una frazada, una mochila con ropa, una barra de jabón, una toalla y una navaja. Sin que él se dé cuenta, sacás todo el dinero del cajón de la mesa de luz y lo guardás en el bolsillo.

El escribano ausculta tu cara de infeliz y, haciendo gala de sus nobles sentimientos, te hace una concesión especial: te permite quedarte con Tim en tu estadía a la intemperie. Las primeras noches que pasás bajo las estrellas te sentís fatal. Un miserable. Una basura. Pensás: “Soy un cobarde…tendría que haber renunciado a todo esto…no seguirle el juego a los delirios de una vieja loca…dejar la herencia para los que no tienen más remedio que vivir en la calle…”. Otras veces, la plaga de la codicia carcome tus últimos escrúpulos, especialmente cuando te bajás la botella de ron para soportar el frío y entonces decís: “¡Al diablo con los desposeídos! ¡Son vagabundos a los que no les gusta trabajar! ¡Yo sí trabajé! Desde que era pibe…ayudando a mi padre en la fábrica de pastas… hacía de mandadero, llevaba los pedidos en la bici… ¡Bien merecida tengo la herencia! ¡Y la pienso disfrutar! ¡Bastantes sacrificios estoy haciendo para ganármela! ¡Si hasta mentí en el trabajo! Tuve que hacerlo para pedir la licencia…”Tim te mira con sus ojos color ámbar. Parece que adivinara tus pensamientos Le acariciás el lomo y le arrimás la tapita con leche para que lama. Luego de alimentarse se acurruca dentro del sobre de dormir a resguardo del aire gélido, al igual que vos.  Sentís el frío intenso y te sorprendés de que el animal haya perdido sus costumbres gatunas debido a las bajas temperaturas. Debería estar rondando las azoteas pensás conquistando gatas Él es tu único amigo y compañero de infortunio. Con la gente que vive en la calle no te llevás. Huelen mal. A veces discuten a gritos o se emborrachan. Tienen mal aspecto. Vos lucís igual. Con la barba de varios días, la ropa sucia, el carácter agriado y la mirada desconfiada.  Ellos apenas hablan contigo. Refunfuñan palabras incomprensibles que no lográs entender. Para tu suerte respetan el lugar que elegiste para dormir bajo el gran alero del supermercado.  Hubo una excepción, una vez en que fuiste a un comedor público por un plato caliente, hablaste animadamente con un viejo desdentado y de respiración asmática que te cayó simpático y se mostró amable con Tim.  Cuando volviste otro día, él ya no estaba. Te dijeron que había muerto. No quisiste ir otra vez. Tuviste miedo de volver a encariñarte con alguien, y preferiste la seguridad de la soledad bajo el alero.

La plata se te está acabando así que pensaste en un plan urgente de racionamiento. Menos mal que algunas monedas siempre te dan los clientes del supermercado, y vos ya sos un experto revisando los contenedores de basura y sacando todo lo que puede ser de provecho.

Se te está curtiendo la piel de la cara, creés que te salieron sabañones en los pies.

Ya ni te acordás de cómo es tu cuerpo desnudo, cubierto por capas y capas de ropa. Las veces en que podés bañarte en un refugio, muy de vez en cuando, te restregás la piel tan fuerte hasta casi lastimarla. Querés sacarte el olor a miseria, pero es inútil, lo llevás impregnado en los poros.

En varias oportunidades caminás hasta tu barrio, pasás frente a tu casa. La puerta está tapiada, hay maleza cubriendo el césped del jardín delantero. Te da mucha tristeza y llorás. Sentís miedo de no poder aguantar, de no saber si lograrás pasar el invierno. Querés volver enseguida a tu guarida, a la superficie de vereda que es tu morada actual.

Apurás el paso, y,  de pasada, juntás varios cartones que están recostados contra el contenedor.

Pensás cambiar los que están bajo el sobre de dormir. Esos ya están muy húmedos.

Hacia el final del invierno la temperatura se atenúa. El sol tiene más fuerza en las tardes.

Tim ya no duerme en las noches; te despierta en las mañanas. A veces lo encontrás lamiéndose una herida de batalla. Él, un gato fino y de raza, ha aprendido a batirse con otros vagabundos por el amor de una gata callejera.

Y vos…ya estás en la cuenta regresiva. Lo viste en los afiches del súper. “Ofertas de primavera”.

Y ya no ves el día en que ese escribano lameculos, patético personaje encargado de espiarte, te notifique que el tiempo está cumplido.

 

Mirando este hermoso atardecer aquí en Angras, desde la cubierta de mi velero y en compañía de Tim, mi gato ascendido a contramaestre, no puedo evitar recordar el crudo invierno que pasé en la calle. Hubo momentos en que creí no soportarlo: tanto frío, tanta hambre, tanto olor a viejo y a sucio. Experimenté en mi cuerpo y con todos mis sentidos la miseria de la condición humana… y sobreviví. Elegí vivir en ese estado por una razón egoísta y utilitaria pero el precio que pagué bien, me valió, porque cambió mis creencias acerca de la vida llevándome mucho más allá de mi zona de confort y mostrándome nuevas facetas de mi persona que yo hasta el momento, desconocía.

 

Después del punto final del prólogo que estás escribiendo, cerrás la laptop y tus ojos cansados de tanto mirar la pantalla. Te imaginás entrando en  una la sala repleta de gente a presentar tu libro.  Te parece escuchar la voz de tu tía Felipa, sentenciando desde el más allá:

Ahh… este muchacho… yo bien decía que tenía pasta de escritor… sólo había que proporcionarle el material y darle un empujoncito”

 

Ojos en flor

Paró el auto para comprar unas flores para su esposa. Esa mañana habían discutido hasta pelearse. No quería seguir mal así que al ver el puesto le pareció buena idea llevarle un ramo en son de paz.

El hombre que atendía era humilde y más simpático de lo que parecía a simple vista.

—Buenas tardes, le dijo. Necesito un lindo ramo para mi esposa. Se le notaba aún molesto.

—Buenas tardes señor, si la pelea fue de las buenas le recomiendo rosas rosadas y blancas, si fue un desacuerdo negociable puede llevarle estos hermosos crisantemos rojos.

— ¡Deme las rosas!, y se rieron a carcajadas por el énfasis que puso al decirlo.

 

Miró sus manos. Le entregaba las flores envueltas de una manera única y hermosa.

Manos agrietadas, de trabajo, de tierra y espinas, manos que hablan de dedicación, de respeto por la vida que le ha tocado.

Levantó su mirada y se encontró con sus ojos cansados pero llenos de luz y compasión.

Vio el reflejo de una jornada larga y agotadora. Removiendo la tierra, cortando flores, preparando atados. Vio su casa, su mujer y sus hijos pequeños. Su perro y el horizonte largo y majestuoso. Vio una vida de sacrificio pero de entrega y amor, mucho amor.

Y yo enojado por una nimiedad, se dijo avergonzado.

Desvió su mirada hacia el cielo rosado, orgía de nubes grises y negras que presagiaban muy mal tiempo, largas estelas y mandalas que el viento construía en rojos y marrones como un camino para que la furia llegara placenteramente. Sintió las primeras gotas que le entraban por el cuello quemando su piel ardiente. Buscó refugio debajo de la carpa de flores.

Se miraron. Él asustado por ese extraño desmejoramiento y el hombre alegremente tranquilo. Este hombre es feliz, se dijo. Está en paz con la vida y nada le debe. Su sonrisa y amabilidad lo confirmaban.

No le estaba vendiendo flores, le estaba regalando una lección de vida.

 

Al llegar a casa se ofreció a Diana.

La tempestad aullaba fuerte, movía la casa como quien agita una bandera, se sentía la firmeza del viento sur, peleando, tirando, arrancando ramas, hojas y polvo, empujando las nubes contra un muro diáfano y fresco de azul intenso. Las gotas caían suicidándose contra las ventanas, una tras otra. Estallaban en lágrimas largas y lentas que buscaban en la tierra su eterna morada. El infierno estaba vivo.

 

Ella lo tomó de las manos. Se miraron un largo rato sin hablar… los ojos se empaparon de perdón. Un aire intrépido y salvaje se metía por rendijas y cuánto agujero o abertura encontrara derritiéndolos en un abrazo y enlazándolos con rachas y brisas para que no se separaran más.

La tormenta huía, el rugido del viento parecía un perro que la perseguía tratando de morderla.

Poco a poco la calma se fue metiendo en los intersticios de sus corazones.

Él se abrazó a través de ella. Ella a través de él.

Casi no hizo falta que le diera las rosas.

El ayudador

Al viejo no volví a verlo más.  El cartel y aquella puerta, tampoco. Varias veces regresé a esa calle pero jamás pude volver a encontrarlos, ni al viejo, ni a la puerta ni al cartel.

 

“El Ayudador”, decía el cartel sobre la pared que daba a la calle, al costado de aquella puerta grande y antigua.

 

Como casi todo el último medio año, yo había tenido otro día de perros. En mi trabajo, todo mal. Recién había cobrado el sueldo y ya sabía que la plata no me iba a alcanzar para nada. El auto se me había roto hace días, así que andaba a pie. Y, a mi casa, no quería llegar. Desde que mi mujer se había ido hace seis meses, trataba de regresar lo más tarde posible. Y, si podía, con algún trago encima derecho a dormir. Es horrible pensar la soledad.

 

Aquella tarde, yo andaba por esa calle haciendo tiempo y, cuando vi ese cartel, me comencé a reír. Es que, a pesar de mi pésimo estado de ánimo, me dio mucha gracia. Sinceramente, me pareció ridículo: “El Ayudador”. ¿Ayudador de qué? ¿De cualquier cosa? ¿De lo que venga? ¿La ayuda que uno necesite, cualquiera sea?

 

La verdad que el cartel además de risa, me despertó curiosidad. Hacía tiempo que no me reía. Y creo que lo que me predispuso a probar, fue ese breve estado de placer que se siente cuando uno ríe aunque sea por un breve instante. De mi parte no tenía nada que perder, peor de lo que estaba no podía estar. Por eso, me animé a llamar a la puerta.

 

Ni bien golpeé, sonó una especie de chicharra y la puerta se abrió automáticamente.

Era una antesala sobria, muy limpia, con un aroma difícil de identificar pero sumamente agradable, como a frescura, como a paz. Fue rarísimo porque, ni bien me vi envuelto en esa fragancia, los ojos se me llenaron de lágrimas y, si no fuera porque apreté la garganta, casi me pongo a llorar. Eso me sorprendió porque, si bien hacía tiempo que no me reía, hacía mucho más tiempo que no podía llorar.

 

De repente sentí una carcajada. No era una risa burlona sino alegre, cálida.

 

—¡Buenas tardes! —me dijo jovialmente — ¡Por fin, un cliente!

— Buenas tardes  —respondí un poco desconcertado —perdone pero no sé si debí entrar…

—Eso depende —me contestó siempre con la misma sonrisa. Dios aprieta pero no ahorca…

—No entiendo —le contesté sorprendido, seguro que había cometido un error y que ahora estaba frente a un viejo loco.

 

Giré apenas la cabeza para no perder de vista la puerta de entrada y comencé a prepararme para salir corriendo en cualquier momento.

 

—Es natural que sienta miedo o inseguridad –me volvió a decir –pero tranquilícese, acá estará bien, yo estoy para ayudarle tal como lo indica el cartel que coloqué afuera y, si usted vino aquí, es porque necesita ayuda.

 

El viejo tenía razón y, además, si bien mi estado mental era de desconcierto porque no entendía qué era ese lugar, espiritualmente me sentía en paz. Sí, un estado extraño, agradable, como si flotara en el aire, sin conciencia del peso de mi cuerpo y todavía con algo de ganas de llorar, pero no de tristeza, sino más bien de emoción.

 

El viejo dio dos pasos, se arrimó hacia donde yo estaba parado y me tendió su mano.

 

—Soy el ayudador, mucho gusto  —me dijo  —no tiene nada que explicarme. Sé muy bien porqué está acá.

 

Yo nunca lo había visto, y estaba seguro que él no me conocía. En cambio, mi estado ahora era de paz total, de absoluta armonía con el universo, como si el contacto con su mano me hubiera instalado definitivamente en esta dimensión extraña en la que me sentía tan bien.

 

Entonces, fue cuando él me dijo:

 

—Usted sólo tiene que elegir por cuál de esas puertas desea pasar…

 

Giró su pequeño cuerpo y me señaló tres puertas pequeñas de colores que yo no había visto al momento de entrar, aunque no estaba en condiciones de asegurar si estaban o no. El hecho es que me señaló esas puertitas que no tenían más de un metro de altura y me pidió que decidiera por cuál de ellas quería pasar, si por la verde que tenía un pequeño letrero que decía esperanza, por la azul que decía libertad o por la roja, que tenía otro cartelito que decía pasión.

 

Yo miré las tres puertas ya sin miedo, tranquilo, con plena confianza en este viejo afable que se hacía llamar “El Ayudador”.  Él había logrado que me sintiera así, confiado y seguro, como si lo conociera de toda la vida.

 

Me costó un poco tomar la decisión, porque en ese momento fui consciente que en realidad las tres cosas hacían falta en mi vida.

 

A modo de despedida, el viejo volvió a estrechar mi mano y me dijo:

 

—¡Adelante! Le deseo mucha suerte en su nueva vida…

 

Yo sin decir palabras lo miré y volví a sentir ganas de llorar. No sé por qué, pero era eso lo que sentía, una gran ternura que me provocaba ganas de llorar. Me dirigí hacia las puertitas, me agaché, me puse con las rodillas y las manos sobre el piso para pasar gateando y atravesé una de ellas.

 

Todo lo demás fue caer por un vacío negro y oscuro donde no veía nada delante de mis ojos. Solo recuerdos vertiginosos que fluían uno tras otro en mi mente. No podía oír ni siquiera mis propios gritos desesperados. En ese tiempo, que me pareció eterno, sentí que la vida se me iba y experimenté un dolor desgarrador del alma despegándose de mi cuerpo. ¿Así se sentiría la muerte?

 

El viejo tenía razón, mi existencia desde ese día cambió.

 

No cambió mi casa, ni mi trabajo, ni siquiera la escasez de dinero que me acompaña desde hace tiempo. El cambio fue adentro mío. Ahora vivo disfrutando todo al máximo, lo bueno y lo malo. Vuelvo a casa tranquilo y he llenado mi vida de gente y cosas nuevas. Aprovecho cada instante con absoluta intensidad deseando que el tiempo no pase nunca para poder saborearlo, para poder vivirlo a pleno, intenso, tan intenso como el rojo de la pequeña puerta que atravesé aquella tarde, en la casa de aquel viejo extraño, “El Ayudador.”

 

El auto

Todo comenzó cuando Gustavo cumplió diez y ocho años y su padre le regaló su primer auto. Aquel Chevete fue el comienzo de tan larga obsesión. Lo cuidaba más que a su madre. Siempre estaba pendiente del más mínimo detalle. Después de varios años de cuidado, tenía que cambiarlo por uno mejor. En una automotora que estaba cerca de su negocio, consigue entregarlo y comprar un Peugeot que había tenido un único dueño y que además el dueño se parecía a él, cuidaba el auto más que a sí mismo.

Después de un tiempo, como su negocio iba viento en popa, decide comprarse un auto moderno que fuera cero quilómetro. Después de estudiar varias marcas, se decide por un Toyota que, de los autos más caros, no era el más costoso.

Después de varios años de novios, Adriana y él deciden casarse. Durante este tiempo, habían tenido varios altercados por el auto. Como por ejemplo, si salían los días de lluvia había que lavarlo y secarlo cuando volvían o, en el verano, había que cambiarse el traje de baño antes de subir, sacudirse los pies y limpiar las ojotas que no tuvieran arena, etc.

Después de dos años de matrimonio, se produce la hecatombe cuando a Adriana se le ocurre sacar la libreta de conducir para poder manejar el auto.

─Pero… ¿para qué querés manejar si yo te llevo a todos lados?

─Pero, cuando tú estás en el negocio, yo puedo hacer los mandados para el negocio, ir de compras, visitar a mis amiga…

─Pero… me llamas y yo voy enseguida a buscarte.

Estos diálogos se repitieron infinitas veces. Las discusiones se tornaron interminables y cada vez más fuerte. La relación terminó en divorcio.

Gustavo volvió a su tranquilidad solo con su auto.

Un día había ido de paseo a una muestra de autos antiguos con un amigo y allí conoce a Carla una joven menor que él que le gustaban los autos.

Después de varios meses de salir, deciden ir a vivir juntos.

Un día lluvioso, Carla se levanta para ir al gimnasio. Su auto no arranca pero, como estaba el auto de Gustavo que no lo había llevado porque llovía y no quería ensuciarlo, lo toma prestado. Ellos vivían en el parque Rodo y el gimnasio quedaba en Punta Carretas. Como era tarde para su clase, decide tomar por la rambla y, a la altura del teatro de verano, entra en la curva a gran velocidad, patina por el agua dando dos vueltas y quedar parado en las cuatro ruedas.

Después del terrible susto, ella sale del auto. Varios automovilistas la socorren.

─ ¿Le pasó algo señora?

─No, estoy bien. ¡Tengo que llamar a mi compañero! Gustavo, vení se me quedó tu auto en el teatro del parque Rodo. No me arrancó el mío y tomé el tuyo.

─ ¿Qué pasó?

─ ¡Vení, por favor! ¡Estoy muy nerviosa!

Gustavo toma un taxi y, cuando está llegando, ve una ambulancia y un patrullero. En medio de ese tumulto, ve su auto casi destruido.

Una fuerza interior subió desde su estómago, llegó a su garganta y salió en forma de grito. Un grito casi ensordecedor. En solo un segundo pasó por su mente la historia de su querido auto. Desde que lo compró hasta esa misma mañana cuando lo iba a sacar y la lluvia lo hizo pensar y decidió dejarlo. Prefería mojarse él.  Pero también reflexionó sobre su pareja, volver a estar solo, perder a Carla.

Bajó del taxi. Corrió hacia Carla y la abrazó muy fuerte.

─ ¿Estás bien?─le preguntó asustado.

─Sí, estoy bien pero… tu auto…

─No te preocupes por el auto. El seguro paga todo.

Un pensamiento para ser feliz

“…Un simple pensamiento puede tener el poder de transformar nuestro mundo. ¿Podría, por ejemplo, ponerme fren­te a un tren en movimiento y, como si fuera Superman, detenerlo con la fuerza de mi pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento dirigido y borrar a los médicos y a los curanderos de mi agenda, dado que ahora soy capaz de curarme mediante el pensamiento? ¿Podría usarlo para ayudar a mis hijos a aprobar sus exámenes de matemáticas? Si el tiempo lineal y el espacio tridimensional no existen realmente, como sabemos gracias a la mecánica cuántica, ¿sería capaz de retroceder en el tiempo y borrar todos esos momentos de mi vida de los cuales me arrepiento profundamente? ¿Fun­cionará el pensamiento en cualquier momento o será necesario que se sincronicen al unísono el sujeto, el objetivo y el propio universo? ¿Qué sucede cuando varias personas conciben el mismo pensa­miento al mismo tiempo? ¿Tiene esto un efecto mayor que los pen­samientos generados individualmente? Yo creo que todas estas preguntas se responden con un SÍ, por supuesto que sí. Ahora, la pregunta para ustedes es: ¿Para qué las emociones, si en el pensamiento está todo?…El hombre del futuro dominará totalmente su pensamiento, las emociones nos retraen a la prehistoria y no serán necesarias, gracias.”
Así terminó Ralph Stevenson, un afamado profesor de la Universidad de Toronto. El auditorio en pleno se paró y lo aplaudió un largo rato. Acababa de ofrecer una conferencia magistral.

Entre la enorme audiencia se encontraba Marian, su esposa. Lo miraba pensativa, admiraba su inteligencia.

Al terminar fueron a cenar a un viejo restaurant que solían frecuentar cuando eran estudiantes. Ralph tenía predilección por los lugares conocidos y evitaba cosas nuevas. Marian se sentía contenta, hoy cumplían seis años de matrimonio y esperaba ansiosa un gesto de su esposo.

La cena transcurrió como de costumbre. El pidió lo mismo de siempre y, esta vez, ella se animó a tomar una copa de vino italiano para saborear algo diferente en un día especial. Luego de los postres, Marian ya no aguantó más y, sin mucho disimulo, preguntó:

-¿Recordas que día es hoy?

-Martes creo, dijo Ralph

-No amor. Me refiero si la fecha te recuerda algo.

-10 de octubre….umm nada especial. ¿Qué pasó?

-Por supuesto, me lo tendría que haber imaginado. Hoy hace seis años que estamos juntos. No puedo creer que no te acuerdes.

-Bueno no. No me acordé. En realidad es una fecha como cualquier otra, lo importante es que estamos juntos. Cuanto hace es cuestión de perspectiva. Si nos llevásemos mal podríamos tener la idea que hace treinta años… ¿Seis años? ¿Es mucho o poco?

-Es… es… inaudito, no puedo creer lo que me decís. Esperaba un beso, una flor, un regalo aunque sea un chocolate, un “feliz aniversario”… nada… solo se te ocurre especular con el tiempo.

-Es que no me acordé, tuve que preparar la conferencia y estuve muy ocupado. No tiene importancia. A propósito, no me dijiste que te pareció mi exposición.

– Ni te lo voy a decir. Estoy harta Ralph. Siempre igual, nunca una demostración de cariño, nada que salga de tu frio corazón.

-No creo que sea buen momento discutir aquí. Hay mucha gente que nos está mirando.

-¡Me importa un carajo! -levantó la voz Marian.

-Te pido que pienses un poco Marian esto no nos conduce a nada.

-Y yo te pido que sientas un poco porque este matrimonio tampoco nos conduce a nada.

-No tengo idea de lo que me hablas, si fueras tan amable me gustaría que me explicaras calmadamente con argumentos que pueda debatir. Así podríamos ponernos de acuerdo.

-Mi argumento es que estoy podrida, aburrida, ya ni hacemos el amor, ni siquiera me besas o abrazas. Quiero terminar esto de una vez por todas.

-Shhh baja la voz que escuchan todo. ¿De dónde sacaste esas ideas? No podés decir eso.

-¡Que no! Ni idea tenes quien soy, solo te preocupa lo que vos queres. Nunca te importó lo que yo necesito.

Se levantó y se fue dandole un golpe a la puerta.

Todos en el restaurant quedaron en silencio mirando a Ralph.

Nunca estuvo tan incómodo. Su cuerpo experimentaba calor, dolor estomacal, confusión, su mente buscaba entender qué le pasaba. Sus piernas le temblaban, la mandíbula se le tensaba y el cuello comenzaba a dolerle. ¿Será la comida?, pensó.

Pidió un café. Debe ser que está cerca del período, siempre se pone de mal humor. Pero esta vez se sobrepasó. Tendría que decirle de buena manera que esa no era forma de tratarlo. Después de todo gracias a él podían vivir muy bien. Qué poco agradecida, pensó.

Al llegar a su casa ella no estaba, se había ido.

Esto era nuevo para él. ¿Qué hago? Necesito pensar tranquilo. Fue hasta su dormitorio y en la cama había un sobre. Era una carta de Marian.

“No aguanto más tu indiferencia, tu desamor. Sos un hombre maravilloso, pero todo lo que tenés de inteligente te falta en inteligencia emocional. No hay nada vivo en tu corazón. Y yo necesito a alguien que vibre, que sienta la vida, que pueda mostrarme que me ama, alguien que no lo paralice el miedo de vivir. Sé que leerás esta carta y buscarás la culpa de todo en mí. Ni siquiera podes ver el daño que te estás haciendo a vos mismo. Tu ego es más grande que tu corazón. Y eso, Ralph, tarde o temprano irá en tu contra. Te amo pero me es imposible seguir contigo… te deseo que te encuentres, solo así serás feliz de verdad“

Ralph sentado en su cama lloró por primera vez. Lloró desconsoladamente. Nadie creería que en ese cuerpo vivían juntos una mente brillante y un niño que se veía abandonado.

Ese día, Ralph aprendió que no basta un pensamiento para ser feliz.

TIC TAC

TIC TAC que se pasa el tiempo, corren las horas, se diluyen los minutos y esfuman los segundos.

TIC TAC que quiero ir pero no puedo. Estoy con mucho trabajo en la oficina.

TIC TAC que me quedaría un rato más en la cama pero el malparido del despertador me avisa que tengo que levantarme YA.

TIC TAC que el reloj biológico y que a tu edad tenés que terminar de resolver varios temas: el éxito profesional, la casa, la pareja y la mar en coche.

TIC TAC que hace un año que tenés la misma vidriera y que es seguro que por eso los clientes no entran.

TIC TAC que son las 2:30 y qué linda que está la charla. Pero mejor la dejamos por acá porque mañana nos levantamos temprano, hay que trabajar.

En todo eso piensa Candela, todos los días cuando abre la relojería. Desde chica “pierde el tiempo” pensando teorías que siempre quedan en eso.

Ese vaivén mental la llevó a pensar en lo injusto que somos con el tiempo y cómo lo malgastamos Así, llegó a la conclusión de que es hora que sea tomado tan en serio como el amor, como la justicia o como la honestidad.

Esa misma tarde decidió cerrar para siempre la relojería. No quería seguir esclavizando gente con horas, minutos y segundos.

Antes de hacerlo, atendió a su última clienta. Una adolescente de 15 años que con toda ilusión quería comprar su primer reloj.

No se lo vendió. Prefirió abrir el cajón y sacar una de las tantas copias de “Preámbulo de instrucciones para dar cuerda un reloj” de Cortázar que guardaba y le dijo:

  • Antes de comparte un reloj te recomiendo que leas esto.