El hombre que se comió a sí mismo

—Estoy enfermo Doctor. Me duele el estómago.

—Vaya amigo se le nota en la cara.

—Siento hambre y no puedo dejar de comer. Es horrible, como todo el tiempo —y se metió un sándwich en su enorme boca.

—¿Cuándo empezó?

—Creo… (crunch ñam ñam) que cuando mi esposa me dejó… (crunch ñam ñam)…

—Es un trastorno de ansiedad. Tome estas pastillas, dos por día, y venga a verme en una semana.

Una semana después el hombre había aumentado diez kilos y no paraba de comer.

—Me estoy suicidando placenteramente Doc.

—Está muy ansioso, tome tres pastillas por día y venga a verme en dos semanas.

A las dos semanas el hombre volvió. Esta vez con muletas y sin el pie derecho.

—¿Qué le pasó amigo?

—Me comí el pie. No puedo parar Doctor, deme algo por favor.

—Bueno, aumentemos la dosis. Tome cinco pastillas y venga en tres semanas.

—¿Es grave doctor?

—Tranquilo, confíe en mí.

Veinte días después, volvió sin el brazo izquierdo.

—Esta vez fue el brazo Doctor, me estoy comiendo de a poco.

—Está muy ansioso amigo. Vamos a cambiar la pastilla. Esta es muy buena, tome seis por día y venga en un mes.

Pasaron treinta días y el hombre volvió en una silla de ruedas automática.

—Aquí me ve Doc, me comí las dos piernas y el brazo derecho. Ya no queda nada de mí.

—Qué barriga tiene amigo, hay que bajar de peso. No es bueno para la salud. Tómese además de las seis pastillas dos de estas amarillas antes de cada comida. Vuelva en dos meses.

—Estoy con mucha gastritis también.

— ¡Ah”, y sí, es lógico. Agregue esta pastilla azul después de cada comida.

El hombre volvió.

—¿Cómo le ha ido amigo?

—La gastritis pasó, Doctor.

—Yo le dije: “Confíe en mí”. Agregue esta pastilla violeta cada 12 hosras y vuelva en seis meses.

Pasó el tiempo… El hombre no volvió más.

Gracias a mi prepucio ya no soy ateo

Mi relación con Él ha sido siempre caótica. Nos conocemos desde que era chico. Nos presentó un cura; aunque no me habló muy bien de él, por cierto. Me quedé con la idea que el tipo me vigilaba todo el tiempo, que era un cabrón y le gustaba ensañarse con los que no le hacían caso. Como yo siempre fui medio rebelde, tuvimos problemas casi desde el inicio. No le tenía miedo, como le pasaba al resto de mis compañeros de la escuela. Más bien me generaba un poco de rabia, rebeldía y ganas de pegarle una patada en el culo.  Me aguantaba porque tampoco soy estúpido. Después, fui creciendo y me dejó de importar. Más bien lo negaba. Me hice comunista primero, luego anarquista y ya no le di ni bola. Siempre desafiaba a cualquiera a que me demostrara su existencia. Como eso nunca ocurrió, más terco me ponía hasta asegurar que era todo un cuento.

Hasta que una noche me ocurrió algo inesperado.  Concurrí a una fiesta descomunal en casa de un amigo. Sus padres se habían ido de viaje y se le ocurrió organizar un baile en su casa. Muchas mujeres, música bien alta, alcohol y cigarros.

Tomé más de la cuenta y también nos besamos más de la cuenta con una amiga, que también había tomado más de la cuenta. En medio de tanta excitación, antes de irnos a algún lugar, fui al baño.

Apenas podía sostenerme en pie, era difícil mantener puntería en ese estado. Mi risa y el mareo me dificultaban una tarea que sabía hacer a la perfección. Aunque el problema surgió al terminar. Apurado y atolondrado como soy, pero exageradas esas dificultades producto del alcohol (y por lo que me estaba esperando), hicieron que mis manos

des-coordinaran su trabajo y lo inevitable ocurrió. El cierre del vaquero atrapó mi prepucio. El dolor ahuyentó mi exceso de alcohol casi de inmediato. Sentí una oleada de calor que casi revienta mi cerebro. Empecé a traspirar y quedé petrificado sin saber qué hacer, mi boca quedó abierta, mis piernas duras y mi espalda se tensó como gato antes de una pelea. No podía llamar a nadie, sería un quemo y seguro que mi amiga saldría disparando ante tamaña lesión, más allá que podría haber quedar lesionado para toda la vida, incluso impotente. Tampoco podía gritar, no me daban las fuerzas porque cualquier intento de moverme o tensionarme me provocaba un dolor insoportable. ¿Qué hacer? Tendría que ser rápido porque en cualquier momento entraría alguien al baño.

Traté de agacharme, pero fue como si tiraran de mi miembro con una pinza. Estirarme tampoco funcionó, se tensó aún más mi abdomen con un dolor inaguantable. Miré desesperado el botiquín del baño. Buscaba algo que pudiera ayudarme. Me fui acercando muy despacio, casi al ritmo de una momia caminando sobre suelo recién encerado. Levanté con temor mi brazo y abrí el botiquín. Mi glande estaba enorme y colorado, necesitaba enfriarlo. El botiquín parecía un almacén. Cepillos, broches y spray para el cabello, toallitas húmedas, rollos quita pelusas,  gel,  ligas de pelo,  desodorante en spray, crema para las manos, polvo traslúcido, lima de uñas, tijeritas, esmalte de uñas transparente , aspirinas, antiácidos, curitas, sal de uvas, tampones, repelente de insectos, enjuague bucal,  pañuelos, talco, gotas para los ojos, hisopos, papel quita grasa para rostro,  horquillas y pasadores, pegamento de pestaña postiza, rastrillo, bloqueador solar, lápiz labial, brillo, rímel, una serie de frascos de colores varios , varias pomadas, etc. En un rincón, una brocha y maquinita de afeitar.

Busqué entre los frascos, tomé uno que decía Acqua Di Gio, ¿será el agua de Giovanni, mi amigo?, pero no… No era agua… tenía alcohol… me ardió hasta los dientes… sudaba abundante y las lágrimas inundaban mis mejillas. De bronca tiré una patada al pie de la pileta y el cierre maldito casi me la corta… maldije al desgraciado inventor de los cierres metálicos… seguro fue una mujer… ni idea del daño que podía hacer… deberían de prohibirlos… ¿Cómo es posible que no se pueda destrancar una porquería de cierre? ¿Por qué no los hacen digitales? Una App para abrir y cerrar los cierres desde el celular. Mi cabeza iba a mil. El ardor era inaguantable… tomé una pomada… en el apuro leí: Gel para adelgazar… y le di con todo, pensando que al menos me iba a bajar la inflamación. Para mi estupor empecé a sentir que me quemaba… contenía un gel caliente de los que usan las mujeres para bajar la grasa… a esta altura creí que lo mejor era cortármela y listo… pero mi orgullo machista era más fuerte. Me decía constantemente vos podés… vos podés… encontrá algo rápido antes que se caiga… Golpean la puerta y siento la voz de mi amiga diciéndome muy sensual… “apurate que tengo muchas ganas de que nos vayamos…” ¡Cómo para irme estaba yo! Tras ella, otros golpeaban la puerta del baño… la cerveza hacía su efecto y ya había fila para entrar… En mi desesperación, llorando supliqué a Dios “por favor, si existís, salvame de esta…”. Tanta era mi angustia que tiré con fuerza del cierre para aquí y para allá hasta que… ¡MILAGRO! Se soltó.

Como pude, me arregle un poco, me mojé la cara y salí sonriente, aunque caminaba como si me hubiesen robado el caballo… “¡wow! hermano, envidia sana”, me dijo un flaco más borracho que yo que no sacaba sus ojos de mi pantalón… Mi amiga también miró con una mirada tierna y libidinosa… y yo, simulando el ardor, salí sacando pecho y creyendo en Dios.

El Patrullero

 

─Buenos días, oficial.

─Buenos días, caballero. Permítame decirle que es un placer recibirlo en esta Comisaría. ¿Cómo podemos ayudarlo señor?

─Gracias. Vengo a hacer una denuncia.

─Pero amigo… ¿se ha dado cuenta lo hermoso que está el día? ¿Por qué no deja para mañana la denuncia? Disfrute el Sol, lo piensa mejor, se tranquiliza y vuelve mañana que con gusto lo recibiremos como acostumbramos, con total amabilidad.

─ ¿Me está pidiendo que no haga la denuncia? Me robaron hace un rato el auto en plena calle, dos muchachos.

─Comprendo señor, cálmese. ¿Gusta un café? Es de los buenos.

─No quiero café, quiero que me tome la denuncia y que investiguen, que para eso les pagamos.

─Con mucho gusto. De verdad un placer recibirlo. Cómo sabrá ahora cobramos las denuncias. Debe abonar previamente un impuesto en el Ministerio y luego puede realizar la denuncia. Pero ya le advierto que hay al menos doscientas antes que la suya. Es que, como ya se sabe, el presupuesto no alcanzó para comprar un patrullero. Por eso el Ministerio nos autorizó que con la recaudación de las denuncias compremos uno.

─ ¡Qué disparate! Pero habrá policías que patrullen aunque sea a pie ¿o no?

─Bueno, haber hay. Pero no tenemos dinero para el uniforme y tampoco para balas. Así que por ahora hacen tareas administrativas. Hay mucho papeleo.

─Ahora entiendo porque hay tanta criminalidad.

─No señor, discúlpeme. Las estadísticas confirman que en los últimos tres años hemos llegado a disminuir considerablemente las denuncias. Y, obviamente, si no hay denuncias es porque ha bajado la taza de crímenes.

─Pero me está diciendo que se cobra la denuncia, ¿quién va a denunciar así?

─La estadística no miente señor. Además, cuando podamos sacar el patrullero a la calle, y le digo que ya hay muchos vecinos que han comprado sillas para verlo pasar, entonces la ciudad estará mucho más segura y bajará aún más las cifras de delitos.

─ ¿Cómo es eso de las sillas?

─Una idea brillante del Cabo Perdomo. Se le ocurrió alquilar sillas, como se alquilan para el desfile de carnaval. pero para ver pasar el nuevo patrullero. Será todo un acontecimiento ¿se imagina? Ya hay vecinos que han comprado varios talones. Aún no tenemos la fecha de salida del patrullero a la calle, pero han comprado para ese día y el siguiente y el siguiente, y así hasta fin de año.  Una idea brillante. Con la recaudación estamos juntando para los uniformes y parece que sobrará algo para comprar cachiporras y algunas balas.

─Pero, ¿el Ministerio no les da nada? Es al Gobierno a quien le corresponde comprar eso.

─Querido amigo, el gobierno ha hecho mucho. Fíjese ¡cuánto a descendido la criminalidad! Eso se lo debemos al gobierno. No hay que exigirle tanto. Hace lo que puede, créame. Y la ciudadanía está contenta. Solo esperamos el patrullero, que, con la ayuda de la gente, pronto será una realidad.

─ ¡¿O sea que hasta que no llegue el patrullero no van a investigar mi caso?!

─Lo haremos señor, claro que sí. La policía de esta ciudad siempre está comprometida con su gente y su problemática. Solo le pido que venga mañana a hacer la denuncia.

─ ¿Por qué no puedo hacerla hoy?

─Nos prometieron del Ministerio que mañana tendríamos un lápiz. Se nos ha terminado la semana pasada el que teníamos asignado en el presupuesto. Así que mañana podremos atenderlo como es nuestra costumbre, que tantas satisfacciones le han dado al pueblo.

─Si es por eso, yo tengo una lapicera aquí.

─El problema Señor es que solamente podemos usar el lápiz que nos da el Ministerio. Las leyes son las leyes y están para cumplirse. Pero, ya que está tan abierto a apoyarnos, ¿no quiere usted un talón para las sillas? Lamentablemente solo me quedan en la tercera fila y tendrá que pararse cuando pase el patrullero.

─Bien, deme dos.

─Es usted muy amable Señor, ya verá que su auto va aparecer. Sabemos muy bien que es la banda de los hermanos Gómez los que roban los autos.

─Y, ¿por qué no los apresan?

─Verá, el Señor Juez no quiere firmar la orden de detención hasta que no le hagamos rebaja en el pago de dos sillas para ver pasar el patrullero.

─Y, ¿por qué no le regalan los tickets y ya?

─El Señor Ministro nos ha pedido que no lo hagamos, porque no quiere que se pueda interpretar como un acto de corrupción. El Sr. Ministro ya ha hablado con los Ministros de la Suprema Corte para que sean ellos quienes compren los tickets de las sillas del Sr. Juez, así firma la orden de detención. Aunque la Suprema Corte ha dicho que hasta el próximo presupuesto no tendrá dinero disponible para eso, así que estamos esperando.

─No se preocupe oficial. Yo pago los dos tickets para el Sr. Juez.

─Eso sería intromisión en la justicia, mi querido amigo.

─Entonces, dígame ¿cuál es el nombre del Juez así habló directamente con él?

─El Sr Juez Gómez. Él es el hermano mayor de los hermanos Gómez.

─Pero… o sea… es decir…¡él tendrá que emitir una orden de detención de sus propios hermanos! ¿O me equivoco?

─Está en lo cierto. Pero creemos firmemente en la probidad del Sr. Juez.

─ ¡Pero los está chantajeando con los tickets de las sillas! ¿De qué probidad me habla?

─Bueno, en realidad es comprensible… hace seis meses que no le pagan el sueldo y no tiene dinero para los tickets.

─ ¿Cómo que no le pagan? ¿Y qué hicieron con el dinero asignado a sueldos?

─Verá usted, se gastó el dinero que había para pagar los sueldos de los jueces en una colonia de vacaciones que hicieron para los Ministros de la Suprema Corte de Justicia, que se lo merecían por todo lo que trabajan. Están muy estresados. También a veces invitan al Ministro y al Jefe de Policía.

─Con eso hubieran comprado varios patrulleros.

─Bueno, en realidad compraron uno, con un resto que sobró. Pero el Ministerio lo tuvo que vender para pagar una deuda que tenía con la confitería que organiza las fiestas que suelen dar.

─Esto es un desquicio de país.

─Pero se vive bien Señor, ¡no me diga que no! Es un país libre, tranquilo y la gente está contenta. Eso es lo importante.

¡Solo necesitamos un patrullero!

Quick, no more Guilt

Omega recogió el volante tirado debajo de su puerta.

 

LAVADERO QUICK GUILTY: UNA NUEVA SUCURSAL ABIERTA LAS 24HS

SISTEMA 100% ECOLOGICO. LAVE SUS CULPAS EN TAN SOLO 20 MINUTOS

RESULTADOS GARANTIDOS.

 

En un abrir y cerrar de ojos, Omega llenó una bolsa de nylon con unas cuantas culpas que tenía guardadas en el ropero.Las tiró en el asiento trasero del coche y condujo hasta la dirección que aparecía en el volante.

─Hola, mi nombre es Épsilon, ¿en qué puedo ayudarle?

─Buenos días, Omega, mucho gusto. Traigo esta bolsa Aquí la tiene. ¿Cuál es el    costo del lavado?

─Permítame antes explicarle los nuevos tratamientos certificados por la Liga del Consumidor de Culpas Libre de Contraindicaciones. La LICOCUCO, ya la habrá sentido nombrar.

─Ejemm…sí, vayamos al grano Ud.hablaba de tratamientos.

─En efecto, podemos ofrecerle el lavado simple a 250 $o el súper wash a 300$.Para culpas de distintas categorías le recomiendo este último. Nuestra empresa utiliza suavizantes y blanqueadores 100% orgánicos y, si desea que sus culpas luzcan disculpadas por mayor tiempo, por 50$ más le ofrecemos el shock de hipoclorito que saca esos lineamientos normativos que afean la prenda y la deja sin arrugas con la    inocencia original.

─Mmm, bueno, sí quiero el superwash porque tengo varias y algunas muy gordas, ¡con la suciedad ya hecha costra! Ahh y además el plus ese que las deja blanquitas, ¿Ud. me asegura que da resultado?

─Mire amigo, el hipoclorito como efecto potenciado borra además los remordimientos quiere decir que Ud. va a sentirse muy satisfecho ¡Ud. estará libre!, ¡y la culpa será de otros! ¿No es fabuloso? ¡Ja, ja, ja!

─No lleva más de veinte minutos ¿no? según lo que dice acá el volante, porque a mediodía entro a la oficina.

 

─ ¡No se impaciente! Acomódese nomás mientras espera. ¡Gamaaaa! ¿Puede traerle un cafecito al cliente? Así yo le voy explicando nuestros otros servicios.

─¡Ufff! (¡Qué lata!)

─Tome, vaya mirando este folleto: el planchado fast es un excelente complemento del tratamiento con hipoclorito. Si se siente perseguido: planchado fast. Si se siente víctima: planchado fast. Si siente que todos están en su contra: planchado fast. ¡Es excelente! Y le damos un cupón de regalo para el sorteo de un pase libre al spa donde sus culpas recibirán diez sesiones de cama solar.  Y si le interesa un desmanchado en seco ultra speed para ocasiones especiales…

─ ¡Así está bien! Suficiente ¿Ya está pronto mi lavado?

─Aguarde a que atienda al siguiente y ya le entrego su pedido. ¡Número 2!

─Hola, mi nombre es Épsilon, ¿en qué puedo ayudarle?

─Mi nombre es Alfa, ¿no te acordás de mí? ¡Sos un chanta! Vine la semana pasada y te   pagué trescientos mangos por ese lavado trucho que no me sirvió para nada. ¡Ladrón!

─ ¡Tranquilícese, Alfa, por favor! Si bien lo recuerdo, Ud. no dejó que yo le enumerara     todos nuestros servicios porque según dijo tenía prisa. Y bien, no pude contarle del      nuevotratamiento Assuming Blue con luz ultravioleta, ideal para las culpas más    amargas. En 48 hs se logran asumir completamente. Así que… ¡a llorar al cuartito! No puedo tomarle su reclamo.

 

─Y, a propósito, Ud. Omega ¿sigue con la idea de irse rápido o quiere que le cuente? Por tan solo $50 pesos más…

El candidato

─Me parece que he sido muy claro.

─Sí, sí lo ha sido. Lo que no me puedo creer que esa sea su propuesta para terminar con la delincuencia.

─Nuestra propuesta es extinguir la delincuencia. ¿Qué es lo que no entiende?

─Justamente, que matar sea la propuesta política de su partido Doctor.

─De lo que se trata es de ser inflexible y eficiente. La gente está harta de la delincuencia y nosotros tenemos un plan de exterminio que será revolucionario.

─Bueno… el pueblo sabrá que hacer. Faltan dos días para las elecciones. Que quede claro que lo que usted propone es un Estado asesino. Un Estado violento.

─Queremos un Estado que se ocupe del problema y no lo rehúya por dos o tres votos más. Violencia es la que sufrimos a diario.

─Bien…  increíble… dígame Dr.  ¿cómo piensa llevar a cabo ese plan?

─La primera semana de gobierno vaciaremos las cárceles. Mataremos a todos los presos. Esos ya no reincidirán. Aún no sabemos si a los tiros, en cámara de gas o los dejaremos que se mueran de hambre. Mis técnicos están evaluando lo más económico. No queremos gastar un peso más en esos inútiles. Dejaremos de gastar en mantener vagos.

─Pero se imaginará que la OEA, la ONU y muchos países amigos protestarán e impondrán sanciones a nuestro país.

─Cuando vean los resultados tendrán que callarse. Incluso con el tiempo nos imitarán. Tenemos la razón. Y créame que lo importante son los resultados y no los procedimientos.

─ ¡Qué locura!, dígame: ¿Qué van hacer para prevenir la delincuencia?

─El segundo paso será la prevención. Muerto el perro se acabó la rabia, pero siempre hay quienes quieren ser “perros”. Así que vamos a hacer una limpieza en los cantegriles y barrios pobres, en especial entre los negros. Se da cuenta, encima que son pobres son negros. ¡Como para no robar!

─¡Eso es fascismo!

No lo sé. Tampoco nos importa. Hay que terminar con la hipocresía. La mayoría de los delincuentes son negros y pobres, así lo dicen las estadísticas. Por lo tanto, si liquidamos la raíz del problema, ya no habrá problema.

─¿Usted ha matado Dr.?

─Sí, claro, ¿quién no lo ha hecho? Soy político, pero antes soy humano. He tenido motivos de sobra para matar en mi vida. ¿Usted no ha tenido?

─Bueno… sí, motivos he tenido. Mas, nunca lo he hecho.

─Pues, yo sí. Y muy orgulloso de haberlo hecho. Se siente una libertad maravillosa y se conecta con un poder inmenso. Nunca más nadie se atrevió a desafiarme. Le aconsejo que se anime. Será otro hombre.

─Seré un asesino, querrá decir.

─Será un hombre libre. Habrá conectado con lo más profundo de usted y luego de la experiencia saldrá más digno y fuerte.

─¡Vaya locura! Me imagino que no respetará las leyes.

─Vamos a suspender todas las leyes. Las leyes se crearon para combatir la delincuencia en todo su accionar, desde robar, chantajear, estafar, etc… Pero, está claro, que ha fracasado como forma de control. Al liquidar el problema las leyes no serán necesarias.

─¿Y la oposición?… ¿Cómo piensa tratar con la oposición?

─Como no serán necesarias las leyes, para que gastar plata en una manga de diputados y senadores inútiles. Si la oposición los quiere que los mantengan ellos. Nosotros no vamos a gastar un peso. Y si no están de acuerdo que se vayan del país, o que esperen cinco años a ver si nos ganan.

─¿Usted realmente piensa que ganará la Presidencia?

─Obviamente que sí. La gente quiere paz, está harta de los negociados de los políticos, de tanta mentira e inseguridad. Nosotros somos la renovación y la esperanza, y vamos arreglar eso, rápido.

─Pero… lo que propone es antidemocrático.

─Estamos hartos del panfletarismo marrullero. En la vida, querido amigo, hay que ser práctico. Las etiquetas nunca nos trajeron paz. Es nuestra hora. Basta de absurdas posiciones que solo nos han traído dolor y más dolor.

─¿Usted, se considera el Hitler moderno?

─Si lo hubieran dejado hacer… el mundo sería otro, créame.

─Usted, es detestable y, disculpe, que se lo diga ante cámara pero no puedo callármelo.

─Usted es uno de los tantos que han frenado el progreso de la sociedad con ideas vetustas y puritanas, que solamente han favorecidos a los ladrones y a los políticos corruptos. Así que es un buen ejemplo para empezar.

 

Y ahí mismo, frente a las cámaras, saqué mi revólver y le pegué un tiro certero en la cabeza.

Me detuvieron.

Dos días después gané las elecciones con una mayoría abrumadora.

Feliz día

-¡Feliz día! -exclamó Ricardo sonriendo, extendiendo en sus manos un pequeño paquete.
Ella lo miró con indiferencia.
– ¿De dónde venís? -preguntó, sin siquiera ver su regalo.
-Ay, no te pongas con eso ahora…
-Venís de la casa de ella, ¿no? -insistió la mujer?. ¡Claro! Si es más joven, más divertida, ¡cómo no vas a venir de la casa de ella!
– ¡Tranquilizate! -exclamó Ricardo-. Solo vengo de comprar tu regalo…
– ¡Ah! ¡Mirá vos! Lo dejaste para último momento, ¿eh? ¿El de ella hace cuánto lo compraste? ¿Hace una semana? ¿Un mes? -los ojos de la mujer ya estaban llenos de lágrimas.
– ¿Podés abrir tu regalo en vez de quejarte tanto? -pidió él.
Ella tomó el regalo con aire ofendido. Lo abrió y se encontró con una hermosa pulsera de oro.
– ¿Te gusta? -preguntó él sonriendo.
– ¿Y a ella qué le regalaste? -inquirió la mujer, dolida?. ¿Un juego de pulsera, collar y anillo de oro? ¡Fue eso!
– ¡Me cansaste! -explotó Ricardo. ¿Cómo no querés que la prefiera a ella si vos sos así de insoportable?
-Ricardo… -murmuró la mujer, ya llorando.
– ¡Y si es verdad! ¡Te la pasás quejando, mamá! ¡Chau, me vuelvo a lo de mi suegra!

Pasión de arena

La noche sombría arropa truenos que estremecen y un olor a rancio se adueña de todo. El calor pegajoso no deja respirar.
La calle padece de soledad.
Nadie mira hacia afuera, ya aburren tres días de lluvia, y nada hay para ver.
Solo pasa el viento.
De tanto en tanto, se escucha el ladrido de algún perro allá a lo lejos, y el ir y venir de las olas que rompen en la playa Arachania.
Los tres escalones que separan la casa de la arena se quejan por la intromisión. La mohosa puerta de madera también. Entra sin apuro. Está agotado por fuera y por dentro, carga su tormenta hace veinte años.
La madrugada va tragando la noche y el aire se hace silencio.

Sentada en una roca mojada mira de reojo al escuchar pasos.
-¿Ya terminaste?
-Sí.
-Debe de haber sido difícil.
-Sí, lo fue, ¡mierda!
-Me imagino que sí. ¡Me da tristeza!
-¡Qué noche, por Dios!
-Paradójico que te acuerdes de Dios.
-Él tiene algo de responsabilidad también.
-¿Qué harás ahora?
-No sé. Necesito pensar.
-¿Qué crees que sigue?
-¿Por qué me preguntás? ¿Vos qué crees?
-Te veo flaquear.
-Es que tengo miedo.
-Sí, eso lo sé. Me imagino que necesitaremos algo de tiempo antes de vivir juntos.
-Yo creo que lo mejor es no vernos por un tiempo.
-No me parece inteligente.
-Se va hacer inaguantable.
-Primero llamá.
-Dame un rato… no sé qué decir.
-“Su hermana y su esposo la encontramos muerta”, eso estará bien.

Brujas

Josefina se metió en el auto que aguardaba en la puerta de su casa.
? ¿Lista? ?preguntó el muchacho que estaba en el asiento del conductor. Ella asintió y el auto arrancó.
Aquella noche, iría a conocer a sus suegros, después de cinco meses de novia con Fernando. Veinte minutos después, estacionaron frente a un lujoso edificio. El joven, con los modales de siempre, bajó primero y abrió la puerta a su novia.
?Decime de nuevo, ¿cómo se llaman tus padres? ?preguntó ella en el ascensor.
?Manuela y Fermín.
Apenas se abrieron las puertas del ascensor, Josefina sintió que la tomaban con fuerza del brazo y la apretujaban con emoción. Al parecer, Manuela no había podido contenerse y había salido al pasillo a esperarlos.
? ¡Qué linda que sos! ?exclamó la mujer, observándola detenidamente. Había dejado de abrazarla, pero ahora sus manos agarraban la cara de Josefina como dos enormes pinzas?. Mi Fer no exageraba, ¡sos preciosa! Vengan, pasen, pasen.
Obedeciendo, Josefina entró en el apartamento, que era más grande que su casa. Fernando fue directo a sentarse a la mesa.
? ¿Quiere que la ayude en algo? ?le ofreció ella a Manuela, dirigiéndole una mirada de enojo a su novio.
?No, querida, vos sentate. ¡Y no me trates de usted!
Manuela se metió por una puerta que, Josefina supuso, sería la cocina. Poco después, se les unió Fermín, que llegaba del trabajo. Se sentó con ellos en la mesa y comenzó a hablar con Josefina. A ella le pareció muy simpático. Pasados unos minutos más, Manuela volvió y se sentó frente a Josefina, observándola fijamente.
? ¿Qué estudiás, Jose?
?Mm… Derecho… ¿Estás segura que no querés ayuda?
?No, no, la carne ya está en el horno. Así que derecho, ¿eh? Claro, mi Fer estudia ingeniería, pero se necesita mucho de acá para eso?se señaló la cabeza?. En derecho solo necesitás buena memoria… ¿A dónde vas? ?reprendió a su marido cuando este se levantó.
?A hacer la ensalada.
?No, yo la hago?se apresuró a pararse y volvió a la cocina.
Más tarde esa noche, mientras Josefina volvía en el auto con sus padres, aprovechó para descargarse.
?Es insoportable. No nos dejó ni un segundo en paz. Estaba siempre arriba de nosotros, “mi Fer esto, mi Fer aquello”. ¡Insoportable! Ni siquiera dejó a su marido ayudarla. Es una bruja controladora y obsesionada con Fernando…

Dos semanas después, Fernando fue a cenar a casa de su novia por primera vez. Josefina le abrió la puerta con una sonrisa y lo hizo pasar.
?Mi madre es Raquel y mi padre Jorge. Ah, y mi hermano Bruno.
Fernando los memorizó y saludó a cada uno por su nombre. Inmediatamente a continuación, se sentó a la mesa y esperó. Raquel sonrió en cuanto lo vio y le guiñó un ojo a su hija.
? ¡Arriba, arriba! Que en esta casa no hay sirvientes.
Fernando se levantó, confundido, y Raquel aprovechó para ponerle un montón de platos en las manos.
? ¡A poner la mesa, que ya va a estar la cena! Jorge, movete y hacé algo, dale.
Su marido, que estaba recostado en el sillón, la fulminó con la mirada y se levantó a regañadientes.
Cuando Fernando llegó a su casa esa noche, se puso a despotricar contra su suegra.
? ¡Me hizo poner la mesa! Y después tuve que ayudar a Jose a lavar los platos. ¡Soy el invitado, che!
?Ay, pobre mi Fer?se horrorizó Manuela?. ¡Qué bruja! Ojalá no me la cruce nunca…

Sus temores se cumplieron casi un año después, cuando Fernando los llevó a ella y a Fermín al cumpleaños de Josefina.
Ambas madres se saludaron con cierto recelo. Raquel estaba en la cocina del local donde se festejaba, y trató de no dedicarles mucho tiempo. Pero en seguida Manuela se metió allí.
?Dame que yo lo hago?dijo, sacándole el pan de las manos a Raquel, que lo estaba cortando.
?Yo puedo sola…
?Lo hago más rápido.
? ¡¿Estás diciendo que no puedo hacer las cosas bien?!
Antes de que la cosa pasara a mayor discusión, Fernando y Josefina intervinieron. Él se llevó a Manuela al parrillero para cortar carne, mientras Raque se quedaba en la cocina criticando a la mujer.
? ¡Pero, ¿quién se cree que es?! Viene a molestarme… Y vos, Jorge, no sos capaz de moverte. ¡Vení a cortar el pan!
El hombre se levantó de mala gana del asiento y fue a buscar el pan.
?Cortalo en el parrillero, así lo dejás para el chorizo. ¡Dale, movete! ?lo apremió su mujer de malhumor.
En cuanto Jorge salió arrastrando los pies, entró Fermín con una sonrisa.
? ¿Necesitás ayuda?
? ¿Te animás a picar los morrones? Gracias, sos un sol. Mi marido, en cambio, no mueve un dedo…
Fermín sonrió y comenzó a ayudar.
Jorge llegó al parrillero con la flauta de pan, pero en seguida se la sacaron de las manos.
? ¡Yo lo hago! ?dijo Manuela?. Vos andá a sentarte, te ves tan cansado.
El hombre esbozó una sonrisa y se fue a sentar lejos de la cocina. Manuela lo observó.
?Este sí me hace caso, no como mi marido…

Sombreros de copa

—Los días deberían tener más horas. Así no se puede. ¡Ya no sé qué hacer para perder esta dependencia!
—Yo tampoco conozco la solución. Pero me parece sumamente perjudicial que el tiempo te maneje a ti.
—Sí, soy su esclava.
Haberlo dicho así, de ésa manera, tan segura, tan inexorable, me perturbó. Mientras caminaba por la Ciudad Vieja hacia la oficina, -ya fatigada, aunque recién me había levantado,- me di cuenta que es cierto, que me siento de esa manera. Quizás de allí, proviniera esta inconformidad permanente, esta rabia acumulada que, inexorablemente, se refleja en la ineficacia de mis esfuerzos laborales. Y en los otros…
Entonces, me encontré sentada en la Plaza Matriz, pensando largamente en ¿quién es el tiempo para que me domine de esta manera? La mañana era espectacular, la Plaza constituía uno de mis amores, la fuente, sus árboles y el espacio recortado en edificios emblemáticos, la hacían única. Volé por encima del campanario de la Catedral y vi la bahía, su barrio portuario y el Cerro de Montevideo, vigilando desde lejos, atento y pétreo, pero despierto. Y pensé que el tiempo es esto. Es las cosas que veía, es testimonio, es pasado que yo actualizo mientras miro. Entonces todo vive y se muestra porque está mirado por alguien. El tiempo entonces es mirada que ve y se apropia de quién lo mire.
No sé cuanto rato estuve, pero cuando llegué a la oficina, todos tenían cara de: ¿vos que pensás de la vida, te aparecés a trabajar cuando se te canta y, cuando te preguntamos, ni siquiera nos das una excusa razonable… y te limitás a decir que el tiempo te retuvo. ¿Qué tiempo? Y vos contestás: Él.
Por supuesto, me tuve que quedar después de hora para terminar mi trabajo. Todos parecían haberse puesto de acuerdo para amargarme el día. Sin embargo, la soledad y el silencio de la oficina, me metieron en mis pensamientos. Mientras me servía mi tercer café, pensaba en lo magnífico que resultaba el transcurrir imparable del tiempo. Como corre y corre, viene de atrás y nos atropella, y sigue, sigue su carrera. No hay nada más vivo que el tiempo. Es puro movimiento, es agitación, es vibración, es lo que nos hace sentir que estamos metidos en algo grandioso, que nuestra dimensión humana apenas percibe porque, cuando llega a nosotros, es para irse. Esto es misterioso, me dije. ¿Será por eso que me atrae? ¿A dónde se va el tiempo? ¿Tendrá un lugar donde llegar?
Salí muy tarde y en la calle me encontré con “la movida” de los viernes de noche. Los boliches estaban llenos, la noche de luna llena era un farol más, iluminándolo todo. La música se salía por las ventanas y se mezclaba en el empedrado. Mis pasos caminaron al ritmo de mis zapatos y llegué casi bailando al Pony Pisador, donde el olor a pizza de mariscos me fuera guiando apenas desemboqué en la calle Bartolomé Mitre. La muchachada bañada en cerveza, por dentro y por fuera, literalmente cierto, jugaban a sacudir las botellas y, cuando tomaban presión, apuntaban a un amigo para empaparlo. Me senté lo más lejos posible, pero cerca de la banda. Los Quizz, en ese momento, se había aquietado y recreaba a Bob Dylan en Gone with de Wind. Entre mi pizza y mi cerveza, pensaba que era una tonta, que el tiempo no se va a ninguna parte, que se queda dentro de cada uno, que somos acumuladores de tiempo, especies de silos, verticales y ambulatorios, donde el tiempo queda atrapado y se va acumulando. Es por eso que envejecemos. Es la carga de tiempo acumulada que nos corroe intentando salirse de las paredes de nuestro cuerpo. ¡Ah, el maligno tiempo! ¡Por fin te descubro! En ese momento me sentí fuera de lugar, cansada, envejecida, muy alejada de todos los chicos que me rodeaban, cuyos almacenes estaban mucho más vacíos que el mío. Pagué y me fui, sin haber terminado mi cerveza. Ella también acumularía tiempo en mi vaso y pronto estaría tibia y sin burbujas. Habría envejecido antes de que yo llegara a tomar mi taxi.
Me acosté extenuada, dormí como si hubiera estado despierta toda la noche, y me levanté cansada. Camino a la oficina, me entretuve viendo a todos los seres humanos como depósitos cónicos de acumuladores de tiempo. Y trataba de adivinar, cuanto tiempo acumulado tendría cada uno. Entonces, supe por qué a los ancianos se les ve encogidos y encorvados. Es que están repletos hasta el tope. Entonces, el tiempo pesa. A pesar de tanto movimiento y ligereza en sus pies, pesa descomunalmente, y doblega, tuerce y rompe aún las cosas más fuertes. Pensé en cerro, dicen los expertos que está más bajo.
En la oficina, hay un muchacho que me mira mucho. No confío en su mirada, porque creo que es una simple respuesta. Soy yo quién en realidad lo mira. A mí me gusta demasiado y, cuando él insiste en vernos, yo le contesto: —No tengo tiempo, otro día. Pero es miedo, sé que es miedo. Pero ayer me habló y me citó para encontrarnos hoy en La Pasionaria a tomar un café después del horario de oficina. El nombre del lugar, me llenó de premoniciones en el cuerpo y de alertas en la cabeza. Llegué a la cita más tarde, siempre soy la última en salir. Pero caminaba liviana y el verde de la Primavera teñía mi cerebro. Apenas nos sentamos, arremetió con el tema. Mi tema. Pero lo más extraordinario fue la propuesta:
—Vos, tomálo como quieras, pero a mí me hablaron de un lugar donde el tiempo se detiene, no existe.
Lo miré con incredulidad y me subí a su tren —¿Y… dónde queda ese fantástico lugar? —Cerca, muy cerca de aquí. Sólo sé que es un lugar donde la muerte no existe, donde no se envejece, más bien se rejuvenece, donde la amenaza del tiempo se detiene y su peso se aliviana.
—Quiero ir, —dije, sin pensarlo dos veces, —¿es cierto que está cerca?
—Sí, muy… Es un lugar luminoso, dónde los que llegan se descalzan, se pacifican, y se entregan de cuerpo y alma a sus beneficios. Se permanece con los ojos cerrados, sin sentir la necesidad de abrirlos, porque se mira con los dedos, con los labios, con el calor del cuerpo, con los latidos del corazón. Hay en esa entrega una enorme paz, un eterno presente. Produce un infinito goce en el alma. Y el tiempo, ni siquiera se atreve a acercarse.
Convencida y esperanzada, recorrimos, tomados de la mano con total naturalidad, la calle Rincón y, al llegar a la esquina con Ituzaingó, doblamos hacia la Rambla Portuaria y en la Rambla a la derecha, para finalmente meternos en un antro. Al final del pasillo, bajamos una escalera que nos llevó a un espacioso lugar, hábilmente iluminado, con perfume a césped y lavandas, con sonidos de cascadas y trinos de pájaros. En el centro, una gran cama blanca con almohadones de colores.
Mi compañero y yo cerramos los ojos y caminamos hacia ella. Nos amamos sin saber cuánto, ni dónde, ni por qué, ni para qué. Permanecimos con los ojos cerrados, sintiéndonos, conociéndonos, percibiéndonos. Dándonos cuenta de que hay un espacio en el alma donde nada pesa. En que el tiempo es burlado, y el infinito nos absorbe.
Conocer ese lugar, me reconcilió con el tiempo. Dejé de pelearme con él. Porque me di cuenta de que era absurdo, era una guerra que yo perdía en batallas diarias, que le daban victorias permanentes, dónde él, salía fortalecido. Pero supe que, a pesar de su maligno trato para con nosotros, sigo creyendo en su perversidad, los humanos también poseemos espacios de vida donde le cerramos la puerta en la cara. Quiero pensar que le duele. Sería lo justo. Ahora, con mi esposo y mis hijas a mi lado, sigo pensando que lo burlé. Me gusta imaginarlo, mascullando y malhumorado detrás de mis puertas, mientras yo esgrimo las armas invencibles y mágica para alejarlo: El amor y la felicidad haciendo puente entre mi cabeza y mi corazón, balanceándose tranquilo, sobre el abismo que él provoca.

Los ladrones de medias

Recién comenzó a llover. Para variar los pronósticos anunciaban sol todo el día, pero se hizo de noche en medio de la tarde y vi desde la ventana caer las primeras gotas. Bajé lo más rápido que pude y fui al fondo a entrar algo de ropa que aun colgaba de la cuerda. La llevé al cuarto de lavar y, por un momento, me detuve en la bolsa de las medias. No son medias para guardar. Son huérfanas que esperan desde tiempos inmemoriales que aparezca su pareja.
No hablo de una bolsa pequeña cual sorpresitas de cumpleaños, sino de una enorme que desborda medias que lloran en medio de la ausencia. Lo increíble es que llevamos menos de un año en esta casa y la bolsa ya no admite más huéspedes.
Es que cada vez que se guarda la ropa limpia quedan medias sin su pareja y, a pesar que uno hace su mejor esfuerzo en juntarlas con otras al menos parecidas, es imposible aceptar la idea de no saber a dónde van a parar todas estas medias perdidas.
Cada mes, revisamos la bolsa con la expectativa de encontrar finalmente los pares y, si bien hay veces que formamos dos o tres, siempre son más las nuevas medias solitarias que llegan que las que dejan la bolsa.
Lo peor de todo es que me he descubierto de noche con medias totalmente distintas en los pies, con lo que el número de medias sueltas es aún mayor.
Durante años, pensé que esto era un problema nuestro. Que alguien robaba medias del tendedero, o que el viento se las ingeniaba para hacer volar solamente estas prendas de la cuerda. También desconfié de mi perro, pero nunca pude encontrar una prueba que confirmara mis sospechas.
Me sentí mucho más tranquilo hace unos meses cuando, conversando sobre esto en una reunión, supe que no era un problema exclusivamente nuestro sino que a casi todo el mundo le pasa lo mismo. Salvo a los Gonzales, claro, ya que ellos por un tema religioso no usan medias.
Marcia, la muchacha que trabaja en casa y que nos ayudó a criar a nuestros hijos, tiene una teoría interesante al respecto. Bueno, antes que nada, lo de muchacha es en sentido cariñoso. Marcia cumplió ayer sesenta y nueve años, aunque sigue siendo joven. Una niña.

Ella le ha contado siempre a los niños que los ratones usan las medias para guardar secretos, dientes y recuerdos. Según Marcia, los dientes de los niños que los ratones cambian por dinero debajo de las almohadas, deben ser guardados en algún sitio, para que no se mezclen con otros. Y para esto usan medias pequeñas, en lo posible de colores claros.
Los ratones también guardan recuerdos que apreciamos mucho cuando somos chicos y luego olvidamos al crecer. Para esto usan medias oscuras, para que se mantengan intactos con el paso del tiempo. Finalmente, los secretos los guardan en medias comunes, para que nadie sospeche de su presencia.
La teoría de Marcia no me convence demasiado, pero me tranquiliza pensar que puede ser cierta y que hay una razón importante detrás de la constante pérdida de las medias. Incluso la prefiero a mis estúpidas suposiciones de robos nocturnos.
Mis hijos ya están en casa. Bajo a saludarlos y veo a Marcia hablando sola como político que ensaya un discurso. Me quedo en silencio tratando de escuchar, pero no entiendo lo que dice. Está algo agachada en una esquina de la cocina. Saludo a mi hija y le pregunto qué está haciendo Marcia. Y ella me responde sin titubear: Hablando con los ratones.