Zelmira “mortadela” o la vida en una quincena

Zelmira, una joven que no aparentaba más de veinticinco años, llegó a la capital hace unos meses buscando trabajo.

No tenía demasiada preparación por eso se dirigió a una Agencia de colocaciones de personal doméstico, de allí, inmediatamente la derivaron a una Empresa de limpieza que se ocupaba de hacer la higiene y mantenimiento de los hospitales públicos.

Zelmira se entusiasmó con el nuevo y primer trabajo en la capital, venía de lejos y nunca había trabajado en una gran ciudad. Cuando llegó, se alojó en una pensión muy sencilla. Debía pagar $200 diarios. Traía muy pocos ahorros.

En la empresa la pusieron a prueba.  Zelmira se presentó su primer día de trabajo a la hora convenida –muy temprano- impecablemente vestida, con suma sencillez y con una sonrisa que se le dibujaba en la cara. Estaba contenta y se le notaba.

La mandaron a un hospital cerca del puerto. Un lugar viejo, venido a menos y con falta de calidez. Ella no se achicó, aún más, quiso esmerarse y hacer las tareas lo mejor posible y así superó la prueba.

Los días fueron pasando. Zelmira cumplía rutinariamente con el horario de trabajo de nueve horas corridas y luego volvía a su pieza de pensión.

De allí, no salía hasta el día siguiente para cumplir su jornada laboral. Cuando volvía, hacía los mandados, se compraba, en el almacén de la esquina, cien gramos de mortadela, cuatro pancitos, un litro de leche (cada dos días) y dos alfajores. Nada más.

Nunca cambiaba. Esa era su rutina. El día que cobró su primera quincena, en vez de comprar mortadela, compró jamón y queso, una cajita de vino barato y los dos alfajores.

La almacenera se preguntaba si sólo con eso, esta joven, se mantenía, pero nunca se animó a preguntarle.

En la pensión la conocían como “la chica de la mortadela”. Una vecina intuyó que era eso lo que traía del almacén, el aroma lo inundaba todo. Inquieta y curiosa, lo confirmó con la misma almacenera, y le puso ese apodo. Zelmira no hablaba con nadie.

El día que cobró, pagó la pensión a la encargada y habló solamente lo imprescindible.

No tenía amigos, en su pieza no entraba nadie, tampoco la llamaban por teléfono ni nunca la vieron con alguien en ningún lado. Zelmira simplemente cumplía con su rutina.

Los domingos, su día de descanso, no salía de la pieza. Tampoco se escuchaba música ni televisión ni nada. No compraba diarios ni revistas. Nunca nadie la vio comunicarse con nadie de ninguna forma. Si le hacían alguna pregunta, contestaba correctamente lo justo y se daba vuelta, volviendo a su pieza.

En el trabajo era igual, se ocupaba de limpiar los corredores y los baños públicos del hospital, nunca nadie la vio hablar con nadie ni acercarse a nadie, ni preguntar por nada.

Simplemente, cumplía con su trabajo.

Un día, no se le vio salir de la pieza para ir a trabajar ni tampoco ir a comprar su ración de alimentos. Pasaron tres, cuatro, cinco días y nadie la veía. Comenzaron los rumores en la pensión. Todos se preguntaban por ella. Hasta que la encargada de la pensión decidió golpear en la pieza, una vez, dos, tres pero nadie contestó. Preocupada, decidió forzar la puerta.

En la pieza, no había nadie. Todo estaba prolijamente arreglado, la cama tendida, ni rastros de la joven. Tampoco restos de mortadela o de leche o papeles de alfajor.

Los vecinos preocupados realizaron sus averiguaciones.

Zelmira había desaparecido sin dejar rastros. Nunca nadie supo cómo. Nadie la vio salir, ni caminar por la calle, ni llegar a la estación ni al hospital, ni a la agencia de colocaciones.

Zelmira desapareció como había aparecido. Nadie supo ni cómo, ni por qué. Tampoco pudieron averiguar más, porque no sabían cómo, ni dónde. De la empresa no aparecieron a preguntar por ella. Zelmira, no había dejado deudas, había pagado a la encargada la estadía de esa quincena y siempre había cumplido con su labor.

No se la volvió a ver más

La encargada de la pensión, sólo por curiosidad, se acercó a la Comisaría del barrio a preguntar por ella. Como no tenía más datos que su nombre y número de documento, no pudo averiguar mucho. Tampoco sabía de qué pueblo del interior provenía. No le supieron decir nada.

Como llegó se fue. En silencio, sin dejar rastro. Nadie nunca supo quién era Zelmira “Mortadela”

Como llegó, se evaporó… Sólo por un tiempo, persistió el olor, su olor, a mortadela.

Es verdad que siempre mentimos

Mientras que para muchos sería algo fabuloso para mi amiga es una carga enorme. Desde niña tiene esa capacidad de discernir la verdad de la mentira, ver más allá de lo que los ojos le muestran. Y ve. Ve las verdades muy claramente. Sabe la verdad todo el tiempo. Mucha gente la quiso engañar y nadie pudo. Ella mira y sabe. No hace falta que le cuenten, ella sabe.
Es duro vivir así. A veces desea escuchar una mentira y creerla. Pero su vida estaba destinada a saber siempre la verdad. Y eso mi querido lector puede llegar a ser muy difícil.
Todos queremos saber la verdad, y en teoría eso buscamos. Pero, se ha preguntado alguna vez ¿qué sucedería si realmente supiéramos todo el tiempo toda la verdad? Yo creo que enloqueceríamos. No estamos preparados culturalmente para ser tan honestos. La vida según creo es un ir y venir entre la verdad y la mentira, a veces necesitamos la verdad a veces la mentira, eso es lo que le da sabor a la existencia.
Como sea, el caso es que Josefina sufre de una cualidad única. Al principio era divertido colaborar con la policía, la justicia, y varias agencias internacionales. Pero cuando hablamos de ella misma poco a poco se fue quedando sola. Ningún amigo, yo incluido, soportábamos estar con ella, no podíamos ser tan sinceros todo el tiempo. No es humano. Su familia también la fue ladeando poco a poco. Y así quedó sola con su maldita condición. Los hombres la evitan y hasta las amigas más íntimas ya no le cuentan nada. Si va a una reunión nadie se le acerca, es como la peste.
Así aprendió a vivir sola. Paradójicamente ella que no sabe ni puede mentir es la menos deseada.
Usted coincidirá conmigo así es la vida de incomprensible. Todos deseamos saber la verdad pero no siempre ni todo el tiempo, solamente cuando nos interesa. Por eso nuestro Karma es conocer la verdad cuando ya nada o poco podemos hacer. Y buscamos amigos, amantes, parientes, compañeros, colegas que sepan disimular nuestras mentiras haciéndonos creer que nos creen.
Pero si le interesa puedo pasarle el teléfono de Josefina. Está muy sola, como está siempre la verdad.

El pueblo sin nombre

Perdido en unos parajes desérticos, se encontraba el pueblo. Un puñado de pequeñas casas achaparradas, polvorientas, desvencijadas, sedientas.
El entorno tórrido, mísero y abandonado reflejaba sobre los habitantes, convirtiéndolos en piezas talladas de igual manera.
Se conformaban con lo que les tocaba vivir, era lo único que conocían, pastoreaban, cultivaban lo que la empobrecida tierra les daba, se curaban y, cuando no, se enterraban ahí mismo. Allí nacían. Ahí morían.
Un día, de la nada, algo los puso en alerta.
Entrecerraron los ojos para ver a la distancia, agudizaron los oídos, bajo sus pies tembló el terruño, creyeron ellos que se avecinaba más que una tormenta de polvo en el horizonte.
Buscaron refugio en sus chozas a la espera que amainara.
¡Y amainó! A unos escasos metros de sus ranchos.
Cuando el asombro que había desdibujado sus ajeadas facciones se suavizó, parcos y desconfiados salieron a recibir a los forasteros.
Bajaron de distintos trasportes, pero hablaban el mismo idioma.
¡Y como hablaban! De tanto escucharlos los pobres aldeanos se sentían mareados como si hubieran fumado yerba brava.
Venían buscando votos. Sí, a ese lugar tan recóndito del país. Pero ¿qué podían ofrecerles que les interesara a cambio del voto?
Pues, ¡no mucho!
Así era su vida y así pretendían quedarse.
Cambiando la estrategia ya que lo individual por estas latitudes no generaba codicia, optaron por lo colectivo y la propuesta fue para todos los moradores del pueblo.
? ¡Amigos queridos! ¡Bauticemos con grandes honores a este lugarejo y a sus amados habitantes! ¡Que el nombre sea digno y para que así se les pueda llamar!
¡Viva el pueblo Manantiales!

Ese silencio

Gabriela, desnuda, en su cuarto, lloraba frente al espejo.

Pablo había pasado a buscarla temprano para llevarla a su casa porque esa noche iba a presentarla a sus padres.

Había estado contenta y con expectativa todo el día, no tanto por conocer a la familia de su novio, que le interesaba, sino porque era como un gesto de reafirmación entre ambos, y eso la había hecho sentir feliz.

Estaba muy bonita esa noche, su pelo rizado, negro, brillante, caía sobre sus hombros. Algo de maquillaje, lo justo para dar más fuerza a sus hermosos ojos café. Y los labios, dueños de la sonrisa que había cautivado a Pablo, tenían el mismo color que llevaban la noche en que él la había conocido.

Cuando llegaron a la casa, la primera en recibirlos fue la madre que, con una actitud amable y cariñosa, les dio la bienvenida y los invitó a pasar.

Avanzaron juntos, de la mano, hasta el living donde el padre esperaba leyendo el diario. Elegante, seguro, lo sostenía con los brazos extendidos como un telón que preservaba su imagen antes de salir a escena.

Primero asomó el pelo cano, bien peinado, luego sus ojos azules algo gastados de tanto ver en la vida y después su sonrisa.

Fue en ese instante que se produjo el silencio, cuando su sonrisa casi convertida en mueca apareció de atrás del diario.

Un silencio frío, helado de asombro.

No fueron más que uno o dos segundos pero parecieron años, siglos de miedo y consternación.

Él no estaba preparado para eso. Fue un impulso genético, involuntario, de tiempo y vidas anteriores que lo condicionaron de ese modo. No fue su razón, mucho menos su intención. Es que nadie le había dicho que la novia de su hijo tenía la piel oscura.

Luego, apenas unos instantes después, recuperado del impacto, acostumbrado a enfrentar situaciones complejas y haciendo uso de todo su oficio, se incorporó, acomodó su cuerpo y brindó a Gabriela un saludo amable, cordial.

Pero afecto y cordialidad, son cosas diferentes.

Gabriela, desnuda, en su cuarto, lloraba frente al espejo.

 

El llanto de Gabriela no era por el color de su piel, ni por su raza, ni por la de sus padres, abuelos o tatarabuelos. Lloraba por ella y lloraba por Pablo.

Le dolía no volver a verlo nunca más.

Trapitos sucios

—No señor, no soy una alcahueta… aunque estos ojos han visto mucho en esta casa y mis oídos… todo lo que han escuchado… Hace veinte años que trabajo con los patrones, ellos son mi familia. Yo me vine de jovencita para la capital, allá… entre las inundaciones y la falta de trabajo vivíamos muertos de hambre y de frío. Eramos ocho bocas para alimentar… la cosa no era fácil…
Acá, tengo casa y… comida no me hace falta gracias a Dios… Ellos me dicen: “lleve, lleve nomás Doris la comida que quedó sin tocar… total los muchachos no vuelven a comer lo mismo en la cena”. Y, sí… hay gente que no sabe lo que es pasar hambre… La comida que me llevo de acá ¿entiende? en casa, le doy una calentadita en el microondas que me compré el mes pasado y queda como recién hecha. Después, me hago un té o una taza de leche y ya me da para aguantar hasta la mañana siguiente porque, enseguida que llego, tengo que preparar el desayuno para todos y ya de paso me tomo un café con los bizcochos que la señora me manda traer de la panadería. Y no sabe usted la ropa linda que deja la señora casi sin uso… se la renueva cada vez que viaja. Cuando me llama: “Doris, suba un momento a mi dormitorio” voy volando, ya sé que me va a decir que me pruebe la ropa que yo quiera y, si me queda bien, me la lleve.
¿Para qué le estoy contando todo esto? ¡Ah! sí… para dejarle en claro a usted que yo estoy muy agradecida con todos ellos… y si he escuchado o visto cosas… que en fin… no están bien… allá ellos… pero no será por mí, justamente, señor policía que usted se va a enterar. ¿En qué casa no hay secretos? ¿Qué familia no tiene asuntos que no desea ventilar? Dígame… a ver… ¿Usted tiene hijos, oficial? Pues claro que he tenido que ordenar camas, tirar colillas de cigarrillos y hasta porros… botellas vacías de whisky… en fin… los jóvenes de la casa tienen que divertirse, son cosas de la edad…
— ¡Hágame el favor de remitirse a lo concreto y no se ande por las ramas!— dijo el policía impaciente. Usted, es una testigo importante y su declaración va a ser una pieza clave en la investigación. Fíjese que recibimos una denuncia de que aquí, precisamente en esta casa,se desarrollan actividades sexuales con chicas menores que involucran al dueño de casa y sus dos hijos varones.
—¿Cómo?… A ver si entiendo… ¿algo así como orgías, dice usted? Pero noooo… oficial ¿quién va a creer algo así? Le vuelvo a repetir, de mi boca no va a salir nada que pueda perjudicar a mis patrones. Después de todo… yo no debo meterme… mi única función es cocinar y limpiar… Soy muy buena limpiando, dejo todo reluciente, no soy como esas muchachitas que se meten de limpiadoras porque no tienen más remedio… esas… son las que barren la mugre y la dejan bajo la alfombra porque no quieren tomarse el trabajo de agacharse para agarrar la pala. No, oficial… gracias a Dios, no soy como ellas. Yo hago una limpieza profunda, por eso, muchas veces los patrones elogian mi trabajo. Ahora usted va a tener que irse retirando, no tengo más que agregar y es hora de que vaya a recoger la ropa de la cuerda. El sol del mediodía daña la tela delicada de las sábanas, la reseca. Ya deben estar prontas y con el rico perfume del suavizante quedan como nuevas.
— Usted me está echando, es un atrevimiento de su parte. Mire que la puedo acusar de estar entorpeciendo la investigación. Esto no queda acá, probablemente la citen para declarar nuevamente y esta vez en el juzgado. Usted está ocultando información y no dice todo lo que sabe.
—Váyase al diablo oficial… muchos de ustedes han de tener también el culo sucio. Se lo doy por hecho, como que me llamo Doris Peralta.

Solo con lo puesto

…”El tiempo me enseñó que desconfiara

     de lo que el tiempo mismo me ha enseñado

   por eso a veces tengo la esperanza

   que el tiempo puede estar equivocado”

                               Tabaré Cardozo

 

El guardiacivil sostenía en alto la orden de desalojo y, con voz autoritaria, pretendía poner orden al pánico de los okupas que,como ovejas espantadas, bajaban por la escalera principal del edificio.

“¡Solo con lo puesto! ¡solo con lo puesto!” repetía el gendarme ante una veintena de desposeídos  que lo observaban atónitos mientras aferrados a alguna bolsa de nylon que contenía unas pocas pertenencias traspasaban la puerta y quedaban expuestos a la húmeda frialdad de la calle.

Algunos protestaban habitados quizás por algún dejo de rebeldía que aún brotaba de sus gargantas pero la mayoría, estaban mudos , atrapados en una dimensión del tiempo que se había detenido y les había robado la posibilidad de entender por qué su cotidianeidad había sido alterada bruscamente. Estaban parados uno al lado del otro ateridos en la vereda, oyendo sin escuchar las palabras que la asistente social les dirigía. Entre ellos estaba Eloísa, asustada, aferrándose a los pequeños detalles que día a día conformaban su rutina ya que éstos constituían el único patrimonio que podría llevarse al lugar a dónde iba a ser trasladada. No podía pensar con palabras, solo apropiarse de esas imágenes que se negaban a abandonarla definitivamente. El matecito de vidrio ya pronto para tomarlo frente a la ventana, las frazadas raídas que la cubrían como capas de cebolla cada vez que se tiraba en el colchón, las plantas que cuidaba con tanto esmero cuyas hojas usaba para dar sabor al agua del termo, las visitas de su vecina quien muchas veces le dejaba un plato de comida para la cena, los gritos de su vecino de enfrente y, en las tardecitas, los murmullos de las conversaciones que otros tenían en planta baja mientras fumaban. Esas visiones transformadas en recuerdos eran trozos de su vida que, como una red, la habían mantenido unida al grupo de okupas que para ella habían constituido su única familia, la que había conocido desde el momento en que se había ido a vivir a la calle.

¿Ahora volvería a la intemperie? Ese interrogante se sentía como un puño que le apretaba el estómago, le provocaba náuseas. Eloísa se inclinaba hacia adelante tomándose con ambos brazos.

—¿Se siente bien, doña? – preguntaba su vecino del primer piso, un cuidacoches con aliento a grappa que, para paliar el frío, empinaba la botella con ese líquido que quemaba sus tripas.

—La del Ministerio dice que nos van a realojar —comentaba mientras ayudaba a Eloísa a sentarse en el cordón de la vereda y pedía una manta para cubrirla.

Ella tenía los ojos fríos, sin lágrimas, cansados de ver tantos fantasmas que, desde el futuro, venían a burlarse de ella. Al oír las palabras de su vecino, se imaginó sentada a la mesa de un albergue, repleto de desconocidos que olían como suele oler la indigencia, entre gritos y peleas, con un plato de sopa de por medio y varios perros rondando los pies de los comensales.

Su cuerpo se puso tenso, preparado para defenderse o huir. Debía salir cuanto antes del acoso de sus fantasmas. Tiró la frazada con ímpetu bajo el influjo de la energía que le impelía a salir corriendo cuanto antes. Ya había visto estacionado el camión que los trasladaría a su nuevo destino.

Apretó la bolsa que contenía el mate y unas pocas galletas contra su pecho y empezó a correr. Corría en forma desmedida y errática. Escapaba del tiempo que ya había reanudado su marcha.

Lejanas, oía las voces de sus compañeros llamándola. Para sus adentros repetía las palabras infaustas: ¡Solo con lo puesto! ¡solo con lo puesto! y se abandonaba al regazo de la calle que la recibía nuevamente.