Devastación

La ciudad estaba vacía, sólo se escuchaba el sonido reprimido de sus pasos. Un viento frío, en ráfagas, levantaba la hojarasca seca entre papeles y bolsas de plástico. El cielo se oscurecía de nubarrones. Ella se quedó parada en la esquina, en un cruce de avenidas. Los semáforos parpadeaban luces amarillas. Más allá, en una ostentosa tienda, la alarma ahogaba lentamente su grito. Se miró en una vidriera y no se reconoció. Observó sus pies, no recordaba dónde había perdido la forma de uñas alargadas. El traje se le iba amoldando a un cuerpo nuevo. El casco le cubría la cabeza con los sensores inquietos que, lejos de su voluntad, olfateaban y escuchaban. Respiró a bocanadas. Extendió las alas negras, membranosas. La vida corría por sus venas. Escuchó un silbido agudo que estalló a lo lejos. Una luz blanca cubrió el cielo justo en el momento que estaba ascendiendo dejando lejos los restos humeantes. Y luego, silencio. La Nada misma.

El baúl de los recuerdos

La directora dio la última y vigorosa campanada dando permiso a mi carrera incontrolable por el pasillo que da a la salida de la escuela. El frío me recibe con un fuerte abrazo mientras me acompaña en los saltos que doy por la vereda camino a casa. Los árboles desnudos y marrones nos observan. A lo lejos, siento los ladridos de Polo que viene a recibirme. Y, mientras me saco la túnica el aroma a cocoa calentita, me llama desde la cocina. Mi madre conspira contra mi mente de niña y me hace cerrar los ojos para que adivine qué hizo de rico. Lo puedo adivinar, huele a levadura fresca y sal. ¡Pan casero! ¡Sí! Salto de alegría.
Pasa la hoja de cartón dura ajustada con espirales en su margen izquierdo. Vacaciones en la playa, ojotas, sombrero y sol. Tiempo sin horarios, guerras de agua y castillos de arena. Sentada en la orilla, disfruto el helado palito de naranja. El sol me apura a sorberlo antes que sus rayos lo derritan. Y mi boca se refresca con el jugo azucarado de mi postre preferido.
Llevo el pañuelo celeste atado alrededor de mi cuello que contrasta notablemente con el blanco de mi túnica. Junto a mis compañeros bailamos el pericón. Al compás de los acordes, balanceo mi falda y con los pañuelos formamos nuestra bandera nacional. Nuestras ingenuas miradas se cruzan y disfrutamos diciendo las relaciones. ¡Aura!
Acostada boca abajo balancea las piernas. Diría yo que es un ritual cuando está pensando, tramando o imaginando alguna cosa. ¿Será nostalgia tal vez? Sus cejas se levantan y le brillan los ojos. Sus mejillas se sonrojan y sonríe. Y entre sus manos, el baúl de las fotografías. Ella le llama “el baúl de los recuerdos”. Lo abre y, lentamente, va apareciendo el álbum de color azul marino, cómplice de su infancia.

Otra realidad

Josefa recibe la noticia de la junta médica que su esposo padecía un cáncer terminal.
Desde ese momento, Josefa puso su empeño, para bien o para mal, en ocultar esta noticia a Roberto.
A la mañana, desayunando, Josefa le dice a Roberto:
─Ayer tu médico me dijo que necesitabas ir a lugares altos a respirar aire puro.
Con esta mentira Josefa mataba dos pájaros de un tiro. Roberto, desde que se habían casado, siempre añoraba ir a su país natal Italia Al Piamonte.
─ ¿Te parece que sea una buena idea, ir tan lejos? Mirá si nos pasa algo ─le respondió Roberto.
─Nuestros hijos ya están grandes, siempre quisiste ir a visitar a tu familia en Italia.
Qué acertada había sido esta primera mentira. Después de dos meses visitando el norte de Italia y otros países más regresan a Montevideo. Roberto se encontrara perfecto. El cáncer había desaparecido.
Mentiras chicas para cubrir mentiras grandes. La enfermedad de Roberto había pasado desapercibida.
Al año siguiente, la realidad toca a su puerta de golpe nuevamente. Roberto entra en coma. Todas las mentiras se desploman como un telón.
Josefa ya no podía inventar excusas. La mejoría de Roberto, la diversión del viaje, su vitalidad habían sido un milagro. Una realidad momentánea.
El diagnóstico médico era otra realidad.

Un sueldo mínimo

Una noche el Ministro de Economía, Juan Carlos Echegoitia conducía su Ferrari cuando, antes de llegar a su casa, encuentra un vallado. Aminora la marcha y se detiene. Uno de los funcionarios lo invita a bajar del auto.
– Por favor documento y libreta de conducir.
– ¿Sabe quién soy? ─ le dice con voz autoritaria y déspota.
– Para la autoridad no importa quién sea Ud. Documento y libreta de conducir, por favor. Bájese del auto –lo toma de un brazo y lo saca del auto.
En ese momento, aparece otro supuesto policía. Este lo encapucha y lo mete en el furgón.
Después de un rato de recorrido, se detienen en una casa, entran en el garaje, lo bajan y lo conducen al sótano. Le sacan la capucha y le expresan.
-Sr. Ministro, hace unos días, en Cadena Nacional de televisión, dirigiéndose al pueblo dijo que un jubilado podía vivir con $ 10.500 por mes. Por lo tanto, este mes, le daremos esa suma de dinero para que viva. Tiene contador de luz, de agua, nos hace el pedido de lo que quiere consumir y se lo traemos del supermercado, siempre que no supere el monto de dinero disponible. Si al finalizar el mes no le alcanza ese dinero lo dejaremos vivir aquí el resto de su vida para que sepa cómo vive un jubilado y cómo se apaga de a poco.

La palabra más bella

La palabra más bella es aquella impregnada de un nuevo amor, de pasión, de deseo presentido.
Aquella que, como rosa roja en la aurora, se abre y despide todo el perfume estrenado en la mañana.
Y se luce deslumbrante, emanando todo el color rojo apasionado de sangre viva y nueva.
La palabra más bella es aquella que nos dijimos por primera vez al mirarnos a los ojos, cuando quisimos expresar toda el fuego que nos desbordaba los sentidos, aquel oleaje de sensaciones que nos recorrían el cuerpo y se nos agolpaban en la cara y quisimos darles salida por nuestras bocas ansiosas de aquel primer beso, que imaginábamos pero no conocíamos de antes.
La palabra más bella la dijimos aquella noche, cuando flotábamos intentando bailar aquella lenta, para justificar ese primer abrazo que nos conmovía y erizaba nuestra piel al unísono.
La palabra más bella, la expresamos entonces diciéndonos a la vez: Te quiero a vos, te quiero.

Serendipia

Cansado y malhumorado subí al taxi.
Solo quería llegar, bañarme y descansar. Necesitaba silencio.
Pero un viernes de tarde, en una ciudad atestada de autos, parecía difícil encontrar algo de paz.
– Cebollín, ajo, tomate, morrón, pimienta, sal, cerveza, limón, pasta de ají, ají verde y un poco de aceite. Le va a encantar.
Esta receta me la paso Herminio, un taxista chileno muy simpático y, a decir de él, mejor cocinero, soltero y feliz.
Un viaje que pasó a contarme de las mujeres, los encantos de la soltería, el desorden maravilloso de vivir solo, la comida con los amigos que terminan con más alcohol y, no podía faltar, filosofía. Recetas, risas y complicidad.
Desde Santa Lucía a Providencia, desde la generosidad a la amistad.
Un apretón de manos y la gratitud de saber que aún queda gente maravillosa y suelta por la vida que te alegra el día con su sola presencia.
Necesitaba un viaje tranquilo y el destino me regaló una tarde de sabiduría simple y fresca.
Pero lo extraordinario pasaría un año después. Casi en las mismas fechas vuelvo a Santiago. Misma actividad, mismo lugar, mismo cansancio. Era viernes y, antes de irme, pido un taxi. Para mi sorpresa, subo al taxi de Herminio.

Conciencia

Regresaba vacío de Melo ya entrada la noche un martes. Antes de llegar a Treinta y Tres, se desata un temporal de viento y lluvia. Me movía el ómnibus con fuerza. Todos mis sentidos estaban en la carretera. La visibilidad era escasa. Al entrar en una curva, un bulto negro se me cruza en el camino, lo intento esquivar pero, con la punta del paragolpes y el frente, le pego con violencia. No paro. Sigo la marcha pero mi conciencia me decía “pará”. Nadie me vio pensé en ese momento pero, por dentro, algo me empujaba a seguir.

Transcurridos unos kilómetros, mi yo interior me hizo detener. Las piernas me temblaban. Bajo del ómnibus y encuentro un abollón y salpicaduras de sangre. Me subo otra vez. No sabía qué hacer. Después de unos minutos, arranco. Esos trecientos kilómetros hasta llegar a Montevideo fueron interminables. Cuando llego  en la madrugada, me acuesto pero mi conciencia no me dejaba dormir, mi mente martillaba, “tenías que haber parado, tenía que haber parado, por qué no miré lo que había atropellado, era sangre eso, qué hice, ¿cómo pude hacer eso?

En la mañana, prendí la radio para escuchar los informativos y ninguna noticia de accidentes. Más tarde, compré el diario, tampoco había noticia alguna.

Los días siguientes, algunas noches, sentía el golpe y me despertaba sobresaltado.

Tenía que terminar con esa pesadilla. Llamé a la caminera para saber de algún accidente en la ruta 8 el martes pasado y me dijeron que no había ningún reporte ese día.

Pasó mucho tiempo de eso pero, hoy, todavía, sigo despertándome con pesadillas de aquella noche.

Desde ese día, siempre que tomo una decisión, le doy más importancia a mi conciencia. Esa es la única manera de tener una vida tranquila. Escuchar mi interior sabiendo lo que está bien y lo que está mal.

De la fuente al escritor

El escritor ama escribir. Sin embargo a la hora de crear queda paralizado frente al blanco infinito de la hoja. La conducta es determinante. Toma el cuaderno, el lápiz. Todo está en su cabeza pronto para salir a plasmarse en la página. La hoja vacía lo intimida, lo asusta. Cierra bruscamente el cuaderno y arroja el lápiz al aire. Se enoja consigo mismo. El silencio del cuarto se hace cada vez más ruidoso. Puede escuchar su enojo interno. Las malas palabras brotan dentro de sus oídos.

El escritor sale a caminar por el jardín. Toma una gran bocanada de aire. La tarde está tibia. Las azucenas abrieron sus pétalos a la sombra del viejo ceibal. El perfume empalagoso de las flores invade sus cinco sentidos. Se mantiene erguido frente al viento que le sopla en la cara. Sonríe enojado. Sus canas se despeinan en ondas desenfadadas. Su mirada clavada en el rio que acuna la vasta serranía.

El escritor vuelve al cuarto determinado a escribir. Espera que el paseo haya refrescado sus ideas. Con sus brazos empuja el escritorio hacia la ventana. Quiere seguir disfrutando esa tarde de enero en su casa de campo. Busca el lápiz que arrojó al piso anteriormente. Lo encuentra en un rincón quietito. Vuelve a su mesa de trabajo. Su mano ávida comienza a maniobrar el lápiz que escribe velozmente  en las hojas, una aventura, paisajes extraordinarios y personajes estrafalarios. Una reina vestida de azucena seguida por el gran ejército ceibal, vestido todos de rojo. La reina se enamora de él, un guerrero confundido y enojado. Lo invita a caminar a orillas del río plateado. Le muestra los árboles, le hace oler  las flores. Ella le habla. Le adula sus ondas y sus canas. Le pide que le escriba un poema de amor. Las páginas se llenan una tras otra.

El escritor sonríe satisfecho. Ha terminado su obra. Mientras autografía la primera página de su novela y saluda a todos con extrema gratitud, la reina de su cuento vestida de azucena lo saluda desde la ventana.

Atardeceres

El mar es mi calma. En él me inspiro, hacia él va mi mirada cada día, buscando, siempre buscando. A veces me responde con calma otras con furia y aun así siempre es mi soslayo, mi paz. Lo miro y sé que estoy bien a su lado, en el lugar correcto. No le temo, no me teme.

Cuando el Sol acaricia sus aguas es una fiesta de colores que cada tarde se deja llevar en ese remanso del horizonte y allí esconden silenciosamente un romance que solo yo conozco. Los descubrí una calurosa tarde de verano cuando el aire me trajo el rumor que ahora compartimos como compinches. Un romance perfecto, porque el agua y el fuego nunca se han llevado bien y nadie sospecharía. Pero ya sabes, cuando hablamos de amor, todo es posible. Y disfruto de cada atardecer porque es el momento de entrega, de soltar mis locuras del día, las de la vida y hacerme uno con esa magia de colores, de luz, de calidez y de sensualidad. A veces me pregunto si no estoy aquí solo para esos momentos- Y es cuando siento que la tierra me reclama, que tarde o temprano se quedará con mis huesos en esa húmeda y fangosa realidad donde acabaremos y será el agua, vieja compañera, que me lleve al mar y a las nubes movidas por el aire mañanero para que el fuego de la existencia una vez más me acobije con su calor, con su magia transformadora y me nazca en la tierra eterna para que vuelva una vez más y me maraville con nuevos atardeceres.

El gran robo

Hace un año que vengo organizando el robo. Tengo los planos del lugar, todo el material que necesito y estaba esperando el día indicado.

El primero de mayo fue ese día, por ser el día de los trabajadores se encontraba cerrado el comercio.

Llegué en la madrugada, subí a la azotea lanzando una cuerda que en la punta tenía un gancho, rompí un vidrio de la banderola y me deslicé hacia el interior. Ya adentro, me fui arrastrando en el suelo esquivando los rayos laser hasta llegar a la oficina del director donde se encontraba el tesoro más grande del comercio; lo tomé y, sigilosamente, comencé la partida.

Llegué a mi casa y me acosté.

El despertar fue maravilloso. Me encontraba durmiendo con el oso de peluche que era de mi madre el cual tenía mi padre en su oficina.