Aritmética

Mi suegro, el coronel Emiliano Almanegra, era un hombre de ojos suspicaces como los de una lechuza. Su lengua era afilada como una víbora, su corazón duro como un crustáceo y su apetito sexual apremiante como el de una liebre. Tuvo diecisiete hijos varones con la misma esposa, incluidos cuatro pares de mellizos. Los diecisiete varones tomaron rumbos parecidos: ocho se inclinaron por el ejército y nueve asumieron los votos eclesiásticos.

Emiliano Almanegra no fue un buen padre. Era como un pozo vacío por la sequía, incapaz de brindar una gota de afecto. Era muy rápido al desenrollar el cinto y descargarlo sin piedad sobre los indefensos tobillos de sus hijos hasta dejarlos al rojo vivo. No soportaba la menor señal de desobediencia y su lengua ponzoñosa destilaba amenazas aquí y allá. Los cinco mayorcitos intentaban hacerle frente mirándolo en silencio enturbiados por la rabia, pero los más pequeños corrían a enroscarse como un gato al amparo de las axilas maternas.

Las penitencias que infligía Emiliano Almanegra eran terribles, podían durar varios meses, hasta años enteros. Cuando niño, mi marido pasó un lustro escribiendo diez veces en una pequeña pizarra: debo respetar a mi padre. Cada noche debía colocar dicha pizarra en la cabecera de la cama. De esa forma, según le decía su padre, el mensaje invadiría sus sueños como la oscuridad de la noche y, a la mañana siguiente, al despertarse, sería un niño más bueno y disciplinado.

La madre, durante las ausencias del marido por sus deberes militares, trataba con halagos y condescendencia a sus hijos, malcriándolos por demás.

Seis dormían con ella, arropados por canciones de cuna que entonaba en dialecto manchego, propio de su tierra natal. Siete podían comer toda la mermelada que quisieran, hasta saciarse o hasta que los retorcijones los hicieran correr hasta los excusados más próximos. Los cuatro restantes podían jugar todo el tiempo, sin obligaciones, aún a costa del sueño.  Lograban pasar varios días sin pegar un ojo, solo jugando a la pelota, a los indios o trepando árboles y cazando pájaros.

Cuando oían las botas del coronel en el pórtico, cada uno retornaba en un silencio sepulcral a aquellas tareas que los volvían invisibles.

Luego de la cena, el coronel encendía un puro Montecristo y, mientras saboreaba el aroma, lo acompañaba con una generosa taza de café con coñac.  Mientras el puro se consumía, Emiliano Almanegra le dirigía una seña a su esposa, con un imperceptible movimiento de cabeza en dirección al dormitorio.

Ella era robusta, de caderas anchas de tanto alumbrar críos. Su sexo, redondo como una nuez, estaba casi pétreo, de tanto hacer el amor bajo órdenes. Sin embargo, el embarazo lo vivía con mucha esperanza. Acariciaba con suavidad su vientre abultado mientras lo perfumaba con agua de rosas.

Él miraba con arrogancia el transcurrir de la gestación, de la misma forma con que se jactaba del éxito de una nueva estrategia bélica. Aseguraba que su simiente tenía la cualidad extraordinaria de engendrar varones. Sus vástagos eran sus trofeos, a la semana de nacidos ya posaban para la foto familiar hecha por el fotógrafo de páginas sociales del periódico de mayor circulación de la ciudad.

Cuando sus hijos salieron del hogar para recibir instrucción militar o estudiar en el seminario fueron despedidos con frialdad por su padre. Nada de buenos deseos, iban a cumplir con un deber: dejar bien parado el apellido Almanegra.

Cuatro, de los ocho que ingresaron a la escuela militar de cadetes, sufrieron las burlas y jugarretas de sus compañeros de pieza, ya que mojaban la cama en las noches y debían dormir de pañales. La otra mitad eran sancionados frecuentemente por sus superiores debidos a las continuas escapadas nocturnas al burdel más cercano. Allí, conocí a mi marido. Era apenas un joven imberbe y me enamoré perdidamente de él, a pesar de que mi oficio me había anulado los sentimientos.

Los nueve hermanos que se convirtieron en curas tampoco pudieron zafar del desdén y cotilleo de la gente. Tres de ellos utilizaron dinero de la Curia para comprarse autos nuevos, cuatro fueron descubiertos con novicios jóvenes en sus alcobas y los dos restantes tenían la fama de ser los únicos confesores de Cosme Trujillo “el Benigno”, renombrado narcotraficante que actuaba en la región.

Cuando mi suegro apareció muerto, caído a un lado de la amplia mesa del comedor, sus diecisiete hijos intercambiaron miradas interrogantes entre sí. En el silencio se oía la letanía de rezos que mi suegra rumiaba a medida que pasaba las cuentas del rosario.

El médico forense apretaba los labios y negaba con la cabeza en señal de incredulidad.

¿Quién habría sido capaz de poner veneno para ratas en la taza de café del coronel?

Ya ha pasado casi un año de su muerte, pero yo no he tenido el valor de sentarme y hacer el cálculo de probabilidades…  por lo tanto, aún no sé qué chance tengo de estar casada con un parricida.

Tic Tac, Tic Tac. Tic Tac…

Ellos no lo saben pero en 15…

Sí, en 15 minutos habrán muerto.

Sí, él, su esposa y el pequeño.

Todos muertos.

¡Bien muertos!

Sólo en 15 minutos.

¡Ah! ¡Si supieran!

¡Bah!, igual nada podrían hacer.

¡Ya están muertos! Aunque aún no lo saben. Ja, ja, ja.

Sólo en 12 minutos. Sólo faltan 12 y… morirán.

Y no podrán hacer nada.

Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, …

Les queda sólo 7 minutos.

Pobres ilusos, pensaron que se iban a despertar mañana.

No, ja ja,ja. Morirán hoy. Sí, en apenas 4 minutos.

Eso es todo lo que les queda, unos míseros 2 minutos de vida.

Un minute…

Tic Tac, Tic Tac. Tic…

Que en paz no descanses

Y para colmo de males llovía, así que el incendio no pudo ser apagado. La casa ardió con los cuerpos dentro. ¡Quién iba a imaginarse! Fue culpa de la lluvia que no pudieron llegar los bomberos a tiempo. El caso es que el tipo huyó. Él la mató, le incendió la casa y, luego, huyó. Dicen que iba a cruzar a nado el charco, pero no creo que alguien que escriba con esas faltas de ortografía pueda nadar tan lejos. Igualmente, fue un buen tipo. Nunca la cagó, nunca le negó nada, siempre trabajó como conejo negro para darle todo. Solo la mató, pero con razón. Un error lo tiene casi cualquiera.  O acaso ella no podía ser más recatada, más agradecida, menos puta. Hoy están muertos los dos. No aguantó la tristeza de perderla el pobre tipo. Zorra y todo, pero se ve que la quiso, por algo la mató. Ayer la enterraron a ella y ni la familia fue al entierro. Nadie va a extrañar a alguien que le jode la vida a un buen tipo y hace que la mate. Hoy lo entierran a él. ¡Pobre hombre! Lo que habrá tenido que soportar. En el pueblo, todos iremos a despedirlo. Cerraran los comercios para estar presentes en el último adiós ¡a un gran tipo! que pagó las consecuencias de verse obligado a matar a la mina que lo cagó.

Sin darse cuenta

Sonó el despertador y saltó de la cama. La ropa deportiva la esperaba impaciente sobre la silla. Y, mientras ataba su cabello, miraba por la ventana de la cocina a la espera de que la cafetera diera el último sonido avisando que el café estaba pronto. Bebió con prisa y apuró media manzana junto a un puñado de cereales. Ató los cordones y afirmó su mp3 en el brazo. Los ocho pisos los bajó por la escalera para ir calentando. En pocos minutos, ya estaba en la rambla rumbo al sol. Tras un tiempo de caminata apresurada, comenzó el conteo del trote. Diez minutos trotando, cinco caminando. Diez minutos trotando, cinco caminando. Diez minutos trotando, cinco caminando.
Una luz brillante e intensa la mantenía consciente. ¡Despertate! Parecía decirle. Un aroma astringente y un sonido monótono. Y la gente alrededor ¡Tiene que reaccionar! ¿Cómo fue que pasó? ¿Cuántas horas pasaron? ¿Encontraron a alguien que pueda decirnos?
Los latidos de su corazón comenzaban a acelerarse junto al ritmo del trote y la transpiración mojaba su cuerpo. El sol le calentaba la cara mientras sonaba UB 40 en sus auriculares. Esa mañana, el río estaba calmo, ofreciendo su planicie a las cautas aves. El viento se había detenido detrás de los edificios.
Estaba flotando. Se podía ver a sí misma desde arriba. Y toda esa gente a su alrededor. Sin embargo, no se reconocía. Su rostro no se parecía al de ella. ¿Qué pasó? ¿Alguien puede contestarme? Las personas parecían no escucharla.
El circuito habitual había terminado y decidió cruzar la avenida. Allí se detuvo para esperar que el semáforo le habilitara el paso. El ruido del motor a toda velocidad y UB40 en sus oídos. Un golpe seco. No escuchó nada más.
Comenzaba a recordar y quería preguntar. ¿Qué me pasó? ¿Qué me pasó? Nadie respondía. Sintió desesperación e intentó volver a su cuerpo. Su cuerpo pálido y frío. Su rostro hinchado. Tubos por todos los orificios. Sin embargo, no sentía dolor.
Ahora, estaba en las sierras. La tarde iba cayendo y con ella un sol anaranjado. El viento peinaba los yerbales. El jazmín del país perfumaba el aire y la sensación de paz colmaba los pulmones y la vida misma. Se sentó para disfrutar un rato más y esperar el ocaso.
El blanco impoluto de la sala y el brillo del foco la encandilaban. El ruido metálico de los instrumentos se sumaba al murmullo de los presentes. Ruidos inhumanos, gritos, pasos duros y atropellados, caos.
La noche había llegado a las sierras. La luna despuntaba el contorno de los árboles del monte autóctono. Se acostó y extendió sus brazos apretando el pasto que le humedecía las palmas. Así, se fue durmiendo bañándose de rocío.

El final del cuento

Aprovecho las pocas horas tercas que me quedan cerrando mis ojos y hundiéndome en los pasadizos siniestros de mi mente enferma y ruin. Así, una tarde caigo de un tobogán destruido a un estanque de estiércol, que unos gigantes usan hundiendo sus enormes pies como quienes pisan uvas para sacar el vino jugoso, pero aquí es la sangre de tantos cadáveres que yacemos en esa pileta del submundo. Otra mañana me sumerjo en un bosque lóbrego lleno de fieras voraces que esperan al acecho que algún alma innoble pase por allí para hincar sus dientes, destrozar sus carnes y saciar el hambre vulgar y gris que despide un hedor putrefacto. Otras noches asesino una y otra vez a mi madre con un hacha gigante y le destrozo su maldito cráneo para alimentar los gusanos que salen a miles de las bocacalles de donde aún espero mi muerte.
Así paso mis días, esperando mi pálida partida de este inmundo planeta infectado de vida. Así mi amada muerte me hace esperar, con tantos años de idilio que disfruto recordar. Esa perra goza sacando filo a su arma, para cortar cabezas como quien corta un pastizal en un valle quimérico rodeado de montañas de mierda.
Y, para matizar el asqueroso tiempo de la espera, mi cuerpo barroco y moribundo es el más aborrecido de esta marimba que llamamos vida.
Yo que he sido el más fiel de sus seguidores; yo que he matado a tantas almas y he satisfecho a Su merced, la muerte; yo que he sabido desterrar la sangre de cuerpos hermosos y platinados; yo que he sido un maestro en descuartizar los pequeños niños tan absurdos como felices; yo que he contado por miles las balas que he tirado apuntando siempre al corazón de los viles hombres por los que he cobrado. Yo, aquí, injustamente vivo, deseo que mi Maestra me lleve, bien lejos, donde no pueda oler más vida y únicamente haya en el aire su repugnante sabor, que todo lo impregna y de la que es dueña en este anodino planeta.
A veces parece que será hoy, a veces es tanto mi asqueroso deseo que se me confunde con la inconsistente levedad del tiempo, a veces miro absorto la puerta del infierno esperando su golpe impecable e implacable. Solo quiero que me lleven las tinieblas perimidas de lujuria. Solo una garra que se hunda en mi garganta y saque mis órganos y dé vuelta mi piel para que, al fin, mis huesos respiren el aroma del fin.
Solo deseo tanta muerte como aquel que busca ansioso tanto amor…

Y paró de escribir.
Cerró sus ojos por un instante, solo llegaba a sus párpados la tenue y azulada luz de la pantalla de su laptop.
Así se quedó… pensando su cuento. Saboreando palabras.
La luz de la pantalla agonizó lentamente.
En ese instante, le pareció que lo observaban.
Abrió sus ojos de golpe. Oscuro, muy oscuro. No parecía haber nada, ningún pequeño reflejo, nada.
Aguzó su vista pero la densa negrura no dejaba ver bien.
Sentía una presencia. Su piel se erizó. Su corazón tropezó.
Se escuchaba el silencio. Casi dejo de respirar. Sus latidos, fuertes y apurados, llegaban a sus oídos como un tropel salvaje de caballos.
Un crujir quejoso hizo que se sobresaltara y se apretó en su silla. Las gotas frías de sudor se hacían lugar en su cara patitiesa.
Buscó la llave de luz a tientas, pero no funcionó.
Una voz áspera y profunda llenó el ambiente.
– Aquí estoy. Acabó la espera.
– ¿Quién es? -preguntó entre sollozos y con su voz tomada por la angustia y temor.
– Soy yo, me has llamado y aquí estoy.
– No. No te llamé, jamás lo haría. Es… es solo un cuento. Un mal cuento.
– Me invocaste. Siempre respondo cuando me invocan. ¿Quieres irte lentamente o en el próximo suspiro?
– No, no. No quiero irme. Por favor, es tan solo un maldito cuento. Soy solo un pésimo escritor en un aburrido cuento de terror.
– Lo has pedido y así tendrá que ser.

Algo frente suyo desplazó el aire y se levantó inmenso y pesado. Algo de brillo metálico se movió hacia atrás y luego hacia adelante con la fuerza del demonio. Una guadaña fría y limpia penetró lenta e inexorable su cuello, desgarrando su carne, sus venas, sus huesos, distanciando poco a poco su cabeza del cuerpo.
Allí mismo, cayó la estúpida, dando vueltas en el piso mientras la sangre escapaba aterrada del perplejo cuerpo aplastado en la silla como un envase vacío.

Volvió el silencio.

Miró el cuento abandonado… miró la cabeza a sus pies y pensó: ¿Cuándo aprenderán que lo que escriben se hace realidad?

Loretta

Loretta deambula por el patio con su característico andar muy trabajoso.
Un sorpresivo ACV le dejó como huella un curioso movimiento de caderas que le imprime a su cadencia un porte de saltimbanqui.
— ¡Loretta! ¿Todavía en pantuflas?
Oye una voz en el aire y se mira los pies apoyados en un par de zapatillas de tela esponja.
Está vestida con un batón cuadrillé mal abrochado. Un mechón de pelo plateado se escapa por debajo de la vincha que adorna su frente.
Ya ni se acuerda de los años que lleva en ese lugar. Tiempo atrás…hacía la cuenta. Hasta que no fue necesario. Supo que a su casa ya no volvería.
Frente al ropero, con sus escasas prendas, suele recordar el abultado guardarropa que tenía cuando era joven. Ropa de fiesta, de “todo andar”, media estación, hasta pantalones y chaquetas deportivas. ¡Cuánto rato pasaba frente al espejo cuando la invitaba a salir aquel chico que bailaba como Elvis!
Cuando se despierta de malhumor, descuelga bruscamente el batón y se lo pone sin mirar siquiera cómo está abotonado.
— ¡Loretta! ¡Mira cómo estás vestida!
Detesta a esas cuidadoras, se creen con derecho a decidir cómo debe vestirse.
Pasados varios meses, aquejada por una enfermedad de cuidado que la mantendrá en su cama, recordará su diaria rebeldía a la hora de comer, como si fuera una niña.
Frente al plato de aséptico puré o al tazón donde un saludable flan nadaba en almíbar, evocaba las grandes comilonas que se hacían en su casa los domingos.
Una caterva de hijos y nietos rondaban desde la mañana. El silencio se rompía con sus voces y gritos. Sin embargo, al mediodía, compartían mudos la mesa. Seducidos por las fuentes de tallarines a la boloñesa aguardaban expectantes que la Mamma volcara un cucharón en cada plato. El pan esponjoso pasaba de mano en mano, se hundía en la salsa y luego se deshacía en la boca. Los niños se teñían las comisuras de un naranja intenso. Y abrían la boca sorprendidos cuando oían descorchar la botella de tinto. Sabían que apenas una gota de tan preciada bebida teñiría de rosado el agua de sus vasos. La hora del postre era muy esperada. El manjar del cielo, broche final del banquete, era aplaudido por todos los comensales.
El estómago se le cerraba con desazón al ver el vaso de hojalata, el plato de melamina blanca y la comida “de enfermos” que servían en aquel lugar. Aborrecía ese nauseabundo almuerzo.
— ¡Loretta! ¡Estás revolviendo el puré! ¡No te hagas la viva! Comé, ¿me hacés el favor? El flan, mejor, te lo doy yo. ¡No cierres la boca! pero… ¡qué caprichosa!
Loretta detesta a esas cuidadoras, se creen con derecho a decidir lo que debe comer.
Se revuelve en su cama, intenta desprenderse la aguja que inmoviliza su brazo. El esfuerzo desencadena un acceso de tos. La enfermera lo vuelve a acomodar y la rezonga por querer sacarse el suero con el antibiótico. Le avisa que le traerá la bandeja con el almuerzo y se retira.
Loretta se exaspera. Hace varios intentos más con la aguja hasta que lo logra. Se para con esfuerzo. Se pone las pantuflas y el batón. Atraviesa el pasillo con dificultad, con su clásico andar discontinuo. Nadie la ve. Están ocupados sirviendo el almuerzo. Inhibe otro acceso de tos para no ser descubierta. Con los ojos llorosos por el empeño, sale al amplio jardín y se sienta en un banco en el lugar más apartado bajo el frío severo del invierno. Siente arder el pecho con cada respiración. Inhala cada vez con más fuerza. El aire helado desata un torbellino de tos. Siente el ulular asmático de su pecho. Al cabo de un tiempo, la encuentran.
— ¡Loretta! ¡No vuelvas a hacer esto! ¿Te querés matar?
Ya están otra vez esas cuidadoras. Loretta las detesta. Se creen con derecho a decidir cómo debe morir.

Vendrán lluvias suaves

La alarma del reloj ensordeció toda la habitación. Mario se sentó de golpe en la cama. Restregó sus ojos para aclarar la visión mientras sus pies buscaban las pantuflas en una suerte de gallinita ciega. Por la ventana, entraba un rayo de sol atrevido que había logrado colarse entre la cortina iluminando la hermosa piel de su esposa. La observó por un instante sintiendo que la amaba igual que el primer día que la conoció. Decidió tomar un baño mientras ella aún dormía. Los niños también dormían. Después de bañarse, desde el pasillo, comenzó a cantar: “¡Todos arriba que nos vamos de paseo todo el fin de semana!” Claudia, su esposa, aún somnolienta retiró el mechón de pelo que tapaba su cara y se levantó. Sus hijos corrían contentos escalera abajo con sus mochilas a cuestas y todavía en piyamas.
La mañana estaba linda. La brisa primaveral acariciaba las hojas de los árboles mientras el andar del coche acompañaba el vuelo de los pájaros matinales. Dentro del auto era una algarabía, los niños conversaban sin parar mientras Mario y Claudia escuchaban atentos los cuentos de las maestras, las pruebas y compañeros. Sorpresivamente, un camión se cruzó de senda embistiendo el auto de Mario a toda velocidad, haciéndolo perder el dominio total de la máquina. El estruendo fue tremendo y el vuelco escalofriante. Primero, un silencio eterno y luego el llanto de los pequeños hizo reaccionar a Mario. Él perdió el conocimiento por unos instantes pero, inmediatamente, aún sentado en el volante y con el cinturón puesto, se dio cuenta de lo que había pasado. Medio atontado, tardó en poder desabrocharse y salir del auto, sintió correr su propia sangre sobre la frente. Tocó a cada uno de sus hijos, se alivió de saber que ellos estaban bien. ¿Y Claudia? No tardó en responder su propia pregunta. La vio ahí tirada en la ruta al costado del camino. ¡Claudia, Claudia! gritaba mientras trataba de escuchar los latidos del corazón de su mujer. La sirena de la ambulancia fue el último sonido que retumbó en su cabeza mientras se la llevaban al hospital.
La mañana estaba gris, no corría una gota de viento entre los cipreses del cementerio. Las nubes enchumbadas de agua anunciaban una tormenta. El olor a tierra húmeda llenaba todos los espacios. Las tumbas se veían aún más grises que de costumbre. Mario permanecía de pie junto a la tumba de su esposa. El traje oscuro de él contrastaba con el ramo de rosas blancas que aún apretaba entre sus manos. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, tibias, suaves, mojando los pétalos del ramo que ahora descansaba sobre la lápida.

El Cacho

El Cacho, así le decían, era un tipo raro. De baja estatura, ojos rectos, labios finos y piernas flacas. Vivía en la vieja casita al final de una calle sin salida. El jardín, que en algún momento había tenido flores, ahora estaba lleno de cosas viejas, herrumbradas, latas de comida vacías y cualquier otra porquería que se puedan imaginar. Tenía un par de perros calandracos y mugrientos muertos, siempre, de hambre. Sin embargo, el Cacho vestía trajes costosos y su imagen era impecable. No salía de su casa sino hasta llegada la noche. Los vecinos lo veían salir pero nunca llegar. Bajo el brazo siempre llevaba un libraco de notas y un maletín algo extraño. Todos en el barrio querían saber qué hacía pero Cacho no daba pie a preguntas ni a conversaciones de ningún tipo. Es por eso que todos le temían, no se sabía con qué insulto les iba a salir. Hasta un día sacó corriendo a unos muchachos con un arma en la mano.

Cacho llegó como siempre a la hora que nadie sabía y todos dormían. Dentro del maletín traía guardado su secreto. Frascos llenos de un líquido verdoso que depositó cuidadosamente sobre la mesa. Acto seguido, sacó de sus bolsillos manojos de dinero arrugado, desordenado que abultaban su saco sastre azul marino. Anotó varios nombres en la libreta y, al costado, la cantidad de frascos vendidos, luego, sumó y contó el dinero. El sol comenzó a asomarse por la ventana de cortinas derruidas, arrimó el viejo aparador de madera para que no se viera nada más y se acostó a dormir. El sonido del teléfono lo despertó.

-¿Hablo con el vendedor.

-Sí. ¿Quién habla?

-Soy Mónica Ferrer, mi amiga Analía Bonacasa me dio su teléfono quiero encargarle “el preparado”.

-Dígame cuántos frascos y adónde se los llevo.

-Me gustaría probar primero ¿Podría venir, ahora?

-Las entregas las hago en la noche. ¿Algún inconveniente con eso.

-¡Ninguno! Lo espero entonces hoy a la noche.

-¡Ah!, otra cosa, cuando llegue a su casa, debe recibirme con una luz tenue y mantener la distancia, no se puede acercar a mí.

-¡Claro, claro!

Como lo acordaron, Cacho llegó a la casa de Mónica a la noche. Ella lo esperó en el lujoso living de la casa. Había hecho apagar por su empleada todas las luces, manteniendo una pequeña lámpara encendida sobre una mesita alejada del sillón. Luego de saludarse desde una prudencial distancia, Cacho depositó el frasco sobre una repisa. Ella intentó observarlo en la penumbra preparó el cheque cargado con varios ceros y, estirando la mano, se lo entregó.

Mónica tomó el frasco y, abriéndolo ágilmente, lo terminó de un solo trago. Corrió hasta el espejo más cercano y se miró largamente esperando ver su cambio. Nada. Entonces se acostó a dormir. A la mañana siguiente, al despertar, saltó de la cama sintiéndose totalmente como nueva. Sentía vitalidad, alegría, no le dolía ningún hueso de su cuerpo. Miró su rostro en el espejo, no tenía ojeras, sus ojos irradiaban vida; toda ella irradiaba lozanía.

Así, las mujeres se pasaban el dato de “el vendedor” caro pero espectacular. Ninguna se cuestionaba de dónde conseguía el hombre aquel líquido, salvo Mónica. Una de esas noches de entrega, lo persiguió a Cacho hasta su casa al fondo del callejón. Su intriga la había arrastrado al lugar inhóspito y mugriento donde él vivía. Al llegar a la casa, pudo observar desde la ventana. Mónica no podía creer lo que veía, cajas de remedios revitalizantes mezclados con jugo de limón ¡Hijo de puta! Entró de golpe y le gritó con todas sus fuerzas. En un arrebato de rabia, descargó el tambor entero de su calibre veintidós. Cacho cayó indefenso sobre la mesa llena de frascos.

Las clientas necesitaban reponer los frascos. Todas llamaban al Cacho angustiadas pero él no respondía. Se llamaban entre ellas para saber si había pasado por su casa y nada. La inquietud comenzó a transformarse en desesperación. Las mujeres empezaron a estresarse nuevamente, a no poder dormir, a llenarse de ojeras, a perder vitalidad. Excepto, Mónica que seguía tan radiante como el primer frasco que tomó. ¿Y Cacho? De Cacho, mejor ni hablar.

La casa de la memoria

La casa era como un gran álbum de fotografías cuyas páginas, las habitaciones, guardaban imágenes dispuestas a abordarlo cada vez que él cerraba tras de sí una puerta.

Se fue dando cuenta que la vivienda tenía esa cualidad una vez que se despertó temprano y, mientras preparaba el café, vio a su madre sentada a la mesa de la cocina desenvainando habichuelas y hablando para sí misma, como tantas veces recordaba  haberla visto.  Ella ni levantó los ojos para mirarlo, tan ensimismada estaba en sus propios pensamientos. Prefirió dejarla ocupada en sus murmuraciones y no le dirigió la palabra.

Sintió el pitido chirriante de la caldera y la imagen se desvaneció en el aire. Calentó la taza con el agua hirviendo para transmitir un poco de calor a sus manos cuando bebiera el café y se sentó en el butacón del living a saborearlo mientras el televisor transmitía el informativo mañanero.

En el sillón de enfrente, su padre, con un vaso con whisky en una mano y el teléfono en la otra, conversaba en tono reservado, casi enigmático y ni siquiera suspendió el  diálogo para saludarlo.

A él no le importó, después de todo desde que era chico lo había visto prepararse el escocés a media mañana y sabía que, hasta bien entrado en la vejez, su padre aún conservaba la amante que ocultaba ante la vista anodina de su madre.

Tomó el control del televisor y subió el volumen alertado por la noticia de un hecho policial: una muerte dudosa en una residencia de su barrio, pero enseguida se distrajo. La visión del sillón sobre el cual estaba sentado su padre, ahora vacío y polvoriento, lo indujo a pensar que en la casa, antigua propiedad familiar que él y Cynthia habían restaurado antes de casarse, estaban sucediendo cosas extrañas.

Volvió al  dormitorio aún en bata para luego pasar al baño a afeitarse. Desde la cama, Cynthia le sonreía, sin ropa y con los largos  cabellos apenas rozando sus senos tersos y turgentes. Se la  veía igual que en los primeros tiempos de matrimonio, cuando aún la enfermedad  no había echado raíces en su cuerpo. Se le estrujó el corazón al recordarla, todavía no lograba   acostumbrarse a la soledad del día a día.  En su fuero interno, le reprendía su partida, ese abandono que lo había sumido en la costumbre doliente de sobrevivir.

El baño, ese lugar íntimo y pulcro, era el único espacio que no lo sorprendía con ninguna imagen capturada por la  memoria. Parecía vacío de voces, insípido, con aquellos  objetos cotidianos perfectamente alineados sobre la mesada: el cepillo de dientes, la loción para el rostro, la jabonera, el adorno de flores secas que tanto le gustaba a Cynthia, el vaso para hacer buches.

Levantó el asiento del wáter para orinar y sonrió para sus adentros. Uno de esos hábitos que había aprendido por los rezongos de su mujer y,  como tantas otras cosas, se convierten en prácticas por la necesidad de la convivencia. Vio el canasto de la ropa sucia entre la bañera y el lavarropas y, allí, dejó caer  su bata. Se sonrió otra vez. Otro hábito que había tenido que adoptar. Esa frase: “siempre dejás todo tirado”, la recordaba con ternura.  En calzoncillos y  ya frente al espejo, se dispuso a  afeitarse. Mientras lo hacía, miraba de reojo la imagen reflejada de la bañera… Un buen rato inmerso en el agua tibia era lo que necesitaba para acortar la monotonía de una mañana que transcurría lenta e invariablemente igual a tantas otras.

Cuando pasó por el jardín, ubicado al frente de la casa, para dirigirse al contenedor a tirar la basura, tarea que Cynthia siempre había delegado  en él, vio a su abuela agachada sobre el cantero de peonías amarillas. Estas flores eran el deleite de la anciana y ella las cuidaba con ahínco.  A un lado del cantero, estaba echado Napoleón el gato barcino con el que jugaba siendo niño cuando  venía  a visitar a sus abuelos. Ni la anciana ni el animal parecieron percatarse de su presencia, absorbidos como estaban: una por el cuidado de sus flores y el otro por tenderse al sol panza arriba.

Él, mientras abría el portón del frente, se seguía preguntando por qué el baño era el único lugar deshabitado de aquellas presencias evocadoras que parecían fluir libremente por las distintas habitaciones.

Al salir a la calle, vio un coche patrullero estacionado en la puerta. Salieron dos policías que se dirigieron hasta el portón de su casa. No notaron su presencia. Él, con la bolsa de basura aún en la mano, los interceptó y les gritó a ambos en la cara.”¿Qué pasa oficiales?” Ellos parecieron no oírle y miraban a alguien más allá de su espalda. Giró hacia atrás y vio a su propio hermano que, con total osadía,  hacía entrar a los policías a la vivienda. ¡A “su vivienda”! Gritó y gritó hasta quedar afónico. Su hermano, impávido ante sus reclamos, con su habitual traje de oficina y celular en mano, guiaba a los oficiales que iban detrás en el recorrido por la casa.

Ofendido, indignado y, a la vez, incrédulo por la actitud de su hermano de conducirse como si fuera el dueño de casa, caminaba mascullando la bronca detrás de la fila de los tres hombres. Llegaron al baño.  Allí, toda su rabia se decantó en pena. Todo su dolor en verdad. Descubrió las memorias allí encerradas. Siempre habían estado, solo que no había logrado verlas.

Su hermano corrió la cortina de la ducha y ahí estaba él. Su cuerpo tendido a todo lo largo de la bañera. La sangre de las muñecas salpicando el blanco del mármol y mezclándose con el agua tibia que aún echaba el grifo por su boca.

Escuchó decir a los oficiales que no se debía tocar el  cuerpo y los oyó dar la dirección de su casa al perito forense que concurriría a la brevedad.

Su hermano agregó: “Hace poco había enviudado… estaba bastante deprimido…”. No quiso oír más, ya era suficiente.

Volvió al frente, atravesó el jardín, recogió la bolsa de basura que había dejado junto al portón y salió a la calle a tirarla en el contendor de la esquina.

Hay rutinas que nunca nos abandonan, se dijo mientras pensaba que, a esa hora de la tarde, le vendría bien tomar otro buen café.

Se dirigió a la cocina y puso a calentar agua en la caldera.

 

Mientras hago el pan

Ingredientes

– 1 kg de harina

¡Toño! ¡Toño!   Te fuiste de golpe…. Cuando salí a recoger la ropa de la cuerda te vi tirado, ahí nomas, ….a la entrada de la casa… el balde para el ordeñe, caído a un costado… ni tiempo tuviste de llegar hasta el establo… Luna quedó esperándoterumiando entre la paja vieja.

– 1/2 litro de agua tibia

¡La pucha! ¿Qué voy a hacer ahora?

– 100 gramos de manteca

¿Y los gurises?

– 1 cucharada de sal

Pan… nunca les va a faltar… ¡Dios no permita! Pero…”no solo de pan vive el hombre”…precisan túnicas, cuadernos, lápices… para la escuela…

– 2 cucharaditas de levadura

Siempre hay gente buena que da una mano, Toño… las vecinas me ofrecieron que les lave la ropa… no es mucha la paga… pero… ¿sabés? sirve para ir remediando…

– 1/2 cucharadita de azúcar

Y bueno… mi querido… si me veo muy apretada…tendré que aceptar la propuesta del Dr. Arévalos…

Procedimiento: En una fuente echar la harina, levadura, azúcar. Revolver en seco. Luego agregar agua y manteca.

¡Toño!… ¿sabés? desde que me ofreció el trabajo… no pego un ojo de noche… no he parado de darle vueltas en mi cabeza.

Unir todo, amasar hasta que esté suave y bien integrados sus ingredientes.

El doctor precisa una mucama a tiempo completo para la casa que tiene en la capital.

¿Te das cuenta? ¡Tendría que mudarme para la ciudad! ¡Y poner de pupilos a los gurises!

Dejar descansar 10 minutos la masa tapada y luego formar bollos, aplastar y pinchar con el tenedor.

¡El doctor me ha ayudado mucho! Hasta habló con unas monjitas que podrían ubicar a los niños… pero… por separado: al Gonchi y al Rulo, los mandarían a un colegio de curas y la Jime, la Sandra y la Peti, se quedarían con ellas.

Llevar al horno pre-calentado por unos 7 minutos por lado, a temperatura media o hasta que se vean tostados.

¡Ay Toño! ¡Te extraño mucho! Lloro a escondidas para que los niños no me vean… y converso contigo como lo estoy haciendo ahora mientras hago el pan. Necesito tus consejos, ¿qué harías en mi lugar?

– ¡Niños dejen de pelearse! ¡Se van a lavar las manos ya! ¡El pan está casi pronto!

 

 

La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.   Gabriel García Márquez