Yo, la invisible

Yo, como Borges, siempre quise ser otra. Y, como Borges, también me soñé de distintas maneras, aunque yo siempre sabía, en mis sueños, digo, que en realidad yo fingía ser quién no era. En cambio, estando en vigilia pensaba que sí, que era quién no soy y no me daba cuenta de que estaba representando una parodia, o una tragedia o, para ser más optimistas, una comedia. Pero en realidad lo que yo siempre desee es ser invisible.
Mi imaginación volaba llevándome a los lugares donde quería estar. La invisibilidad tiene grandes ventajas. Es ingrávida, por lo tanto, es poderosa, puede desafiar una de las leyes universales que nos resulta tan pesada. Otra motivación es mi ancestral curiosidad. Creo que esa característica de mi personalidad fue la que tomó la decisión de desear con ahínco ser invisible. Es una forma de conocer sin ser juzgada. De espiar, sin ser notada. De esconderme de todos pasando desapercibida y yo conocer a los otros hasta en sus más mínimos detalles. Hasta en su intimidad. Ahora que lo pienso, es una manera de defenderme.
Defenderme de las mentiras. De las falsas ilusiones que los otros me produjeron, y de las caídas estrepitosas en la desesperación y posterior depresión. Entonces, ser invisible, es terapéutico. También me da la posibilidad de viajar y conocer el mundo. Así, visitar las grandes cataratas del Iguazú, el glaciar más visitado del mundo el Perito Moreno, mezclarme hasta marearme en las calles de París, para terminar en la Tour Eiffel, en el apartamento que tiene en su cúspide, teniendo la ciudad a mis pies. Las cuevas de Altamira, volviendo hacia atrás en el tiempo, la catedral de sal de Bogotá en Colombia, el desierto del Sahara y las pirámides, el Partenón griego, y tantas, tantas maravillas que mi pobre cuerpo no puede soportar. ¡Con qué facilidad lo haría, con sólo ser invisible! A veces, me parece una herejía querer algo así. A veces mi conciencia se revela, y me hace abandonar el proyecto. Por eso aún no lo he logrado. Aunque debe haber algo más, que aún no alcanzo a descifrar. Pero me encantaría apagar todas las luces que molestan a los enamorados, correr todos los cerrojos de las celdas de los injustamente apresados, repartiría bien el agua, mitigaría el hambre de los niños desnutridos, robando la mejor fruta para ellos. Infringiría todas las leyes que estorban y destacaría las mejores pintándolas en aerosol flúor en las paredes de la ciudad. En los muros pintaría las réplicas los grandes genios de la pintura y trasmitiría música de Bach, Mozart, Debussy (de Beethoven no, me pone nerviosa) desde alguna cumbre para trasmitirla a todos los habitantes de las ciudades. ¡Ay!, si yo fuera invisible. Le traería la felicidad al mundo. Esa que perdimos en algún momento en el Tiempo y que dejamos abandonada en una esquina del Universo.

La ciudad de las almas grises

Había una vez en una ciudad de un país común un barrio extraño. Los 365 días del año eran siempre grises. Las casas, las ventanas eran de color gris y hasta los vidrios tenían ese color opaco. Sus habitantes también eran de piel grisácea y vestían del mismo color. Hasta los niños eran grises. Las madres paseaban a sus grises bebés en los cochecitos color gris. Apenas le salían los pelitos de sus cabecitas y ya eran grises como las nubes en días de tormenta. Nadie conocía los colores. La televisión era en blanco y negro. Leer diarios y libros viejos de páginas color perla era algo cotidiano.

La biblioteca del pueblo estaba ubicaba en una calle céntrica. Era custodiada por Serafín. Un hombre regordete de cabello marengo y baja estatura. Tenía una mirada perdida pero a nadie le llamaba la atención porque, quien más quien menos, los habitantes del barrio extraño portaban esa mirada enrarecida y grisácea.

Sin embargo, el viejo Serafín hacía tiempo que se lo notaba muy extraño. Más extraño de lo habitual. Hacía varios días que, al cerrar la biblioteca al público, sentía ruidos extraños detrás de uno de los estantes de los libracos más antiguos y estaba decidido a investigar. Aunque, a decir verdad, sentía temor de hacerlo. Sentado detrás del pequeño escritorio gris afinaba su bigote del mismo color enrulándolo en su dedo índice. Esa noche se quedó hasta tarde en la biblioteca ordenando libros y estantes. De repente, quedó sorprendido al ver tras un gran libro gris una revista llena de…¡¿Colores?! ¡Qué rareza! Sorprendido frente a tal hallazgo caminó en círculos. Recordó cuando era niño y en su mente, solo en su mente, dejó caer todos los colores que recordaba como un arcoíris por toda la habitación. Las estanterías eran rojas, la pared violeta y los libros multicolores. Miró sus zapatos azules, sus pantalones amarillos y hasta se atrevió a mirar la camisa que llevaba puesta. ¡Era verde!  ¿Y aquella revista colorida y abultada qué tiene dentro? Volvió a caminar en círculos que ya no eran grises sin atreverse a tocarla. La curiosidad le ganó y tembloroso fue directo a ella. La tomó entre sus regordetas manos y de sus páginas cayó una caja de metal repleta de colores con puntas afiladas como navajas que flotaban en el aire y enfilaban hacia la pequeña ventana apenas abierta. Serafín corrió a cerrarla pues no podían escapar. Los colores debían ser encerrados nuevamente en aquella caja y la caja en la revista y la revista ser guardada tras aquel enorme libro gris. En ese preciso instante, recordó que esa era su misión, su compromiso. Enloquecido y jadeante, trató de llegar a la ventana. Pero en la loca carrera tropezó con un montón de libros apilados cayendo con todo el peso de su cuerpo al piso dándose la cabeza contra la punta de un pequeño cajón. La escena, ahora inmóvil, lucía enteramente gris con excepción del incesante líquido rojo que fluía de su cabeza.

Al amanecer, aquel barrio extraño en la ciudad de aquel país común despertó con gritos y exclamaciones. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡Todo había cambiado! Ninguno comprendía la imagen multicolor. El sol asomaba suavemente calentando aquellas gargantas gritonas.

El ermitaño de Serinago

Era un ermitaño de avanzada edad con una mente sagaz y con un asombroso dominio psíquico.

Lo llamaban Matusalén, por los años vividos, claro, pero su nombre verdadero se desconocía y él trataba de evitarlo, siempre que podía. Soñaba con pasar desapercibido, a pesar de su barba casi azulada que le llegaba hasta el ombligo y sus ojos miopes de un color casi transparente. Sus vestiduras eran muy antiguas y estaban tan sucias que su color era totalmente indefinido, casi traslucidas, y se le llegaba a ver los huesos a través de ellas. Era un hombre delgado, pobre y austero.

Dicen que tenía casi doscientos años. A lo largo de su vida había aprendido a dominar su mente, la lograba dejar totalmente en blanco y empezar de nuevo…

Había recomenzado una segunda vida a los ciento cincuenta años, prácticamente había nacido de nuevo. En aquel momento, era como si tuviera cincuenta.

Estaba cursando una segunda vida repleta de realizaciones nuevas, cuestiones que no había podido lograr en la primera.

Estaba incursionando en la historia pasada de unos seres mitológicos que le habían llamado la atención por lo parecidos a él: los antiguos habitantes de las cavernas Naverchoft, ubicadas en las viejas colinas de Albín, al norte de Núremberg.

Estos seres habían habitado aquel lugar en los años del Emperador Nahúm por los 335AC. Eran conocidos por los vestigios dejados impresos en las paredes de aquellas cavernas. Aparentemente habían logrado inventar un alfabeto totalmente legible y entendible para todos los seres humanos en todos los tiempos.

El ermitaño, en su segunda vida, había viajado mentalmente hasta las cavernas, ubicando a estos seres que vivían en otra dimensión y había logrado ponerse en contacto con ellos. Aún vivían en esa dimensión no perceptible por otros seres vivos. El ermitaño había logrado llegar a esa dimensión, realizando trabajos extrasensoriales, con una concentración asombrosa, casi sobrehumana, desconocida hasta ese momento.  Había pasado cincuenta días en ayuno total, hincado sobre guijarros volcánicos para lograrlo. Llegó a tener el poder equivalente a la fuerza de un mastodonte de la era cuaternaria pudiendo remover las paredes de las cavernas, sin moverse de su lugar.

Así fue que los percibió, se contactó y logró un diálogo e intercambio con estos seres, con los que pudo llegar a realizar acuerdos muy convenientes para la humanidad, como lograr controlar, por ejemplo, el cambio climático.

Sin moverse de su camastro, en su cabaña,  ubicada en los bosques de Serinago, cerca de East Gippsland en Australia, sin luz eléctrica y agua potable, a orillas del Lago Oridian (donde se bañaba desnudo, todas las madrugadas, antes de la salida del sol)  el ermitaño había logrado evolucionar cien años en el control del calentamiento global.

Ahora podría morir en paz, aunque antes debería ponerse en contacto con aquellos países que dominaban el mundo y convencerlos de que respetaran los logros alcanzados, tan beneficiosos para la humanidad.

Enhebrada

“No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz…” Epicteto

Darse cuenta del pequeño enganche que hay en el borde del vestido que una ha elegido especialmente para una cita, después de dos años de estar divorciada, no es una experiencia que desee para nadie. Especialmente, si una está maquillada, perfumada, vestida con la ropa interior cuidadosamente seleccionada para la ocasión y si solo restan apenas unos minutos para salir.
Taconeando con las sandalias Stiletto a punto de estrenar, te diriges haciendo equilibrio hacia el cajón del tocador. Buscas el pequeño costurero y extraes la aguja. Entre quejas y protestas, revisas los carretes de hilo para hallar aquel de color parecido al salmón del vestido.
“Si te desesperas porque no encuentras una salida, recuerda aquellas ocasiones en que fuiste iluminada por la solución” rememoras las palabras que te decía tu abuela cuando de pequeña te enojabas. Como por arte de magia, vislumbras en el fondo del costurero el hilo color melón intenso que usaste para coser el pareo en el verano pasado. De noche, todos los gatos son pardos, éste servirá, te consuelas.
No encuentras el enhebrador y como no quieres perder tiempo, te empeñas atentamente en pasar el hilo a través de la aguja. Tarea difícil. A pesar de que no tienes problemas visuales, entrecierras los ojos para enfocar a la escurridiza punta que se niega terminantemente a pasar por la ranura.
“Cuanto más paciencia pierdas, menos habilidad tendrás” te resuena el dicho de la maestra de primer año que se paraba a tu lado para corregirte, mientras tú llenabas planas con tu letra de principiante.
Respiras hondo y cuentas mentalmente hasta diez mientras mojas con saliva la maldita punta para tensarla; tampoco da resultado. ¡La pucha! ¡No voy a llegar!
Suena tu celular y contestas acalorada por la bronca. Es tu amiga, que llama para desearte la mejor de la suerte en tu cita.
-Holaaa, Y.. ¿ya estás pronta? ¿A qué hora quedaste en encontrarte?
– ¡No puedo atenderte! ¡Se me enganchó el vestido y hace horasque estoy intentando enhebrar una porquería de aguja!
– ¡No seas boluda! ¡Llevá otro vestido! ¿No ves que llegás tarde?
Todos quieren opinar, pero nadie se pone en los zapatos del otro murmuras con resentimiento y dejas el móvil en la cómoda para continuar con la tarea.
Vuelves a mojar la punta del hilo y lo torneas para que pase mejor por el ojo de la aguja. Nada.
Apenas asoma del otro lado. Mínimamente. Intentas tironear del diminuto pedazo de hilo como lo haces con un pelito de la ceja. ¡Catástrofe! Cae la aguja al suelo, el hilo queda adherido a la lycra de tu sostén. Lo tomas con un movimiento de pinza para no perderlo, te agachas y tanteas en el piso hasta dar con la aguja. Te pinchas. Lanzas al aire otro insulto y chupas el puntito de sangre que asoma en la yema de tu dedo. Tu mente se niega a reconocer que una simple aguja y un hilo superen su pericia, entonces divaga. Visualizasen el dormitorio de tu hijo, el enorme poster de Mike Jordan que luce la frase: “puedo aceptar el fracaso, pero no puedo aceptar no tratar”. Inspirada por el espíritu del deportista, decides hacer un último intento y prendes la lámpara que está sobre la mesa de noche. Bajo su luz, observas como el hilo se doblega ante el ojo intimidante de la aguja. No te acobardas y corres a buscar la tijera para cortar la punta. Luego intentas tensar el hilo haciendo un torniquete. Nada resulta. Pinchas con furia la aguja en la almohadilla, arrojas el hilo al suelo. Abatida te sientas sobre la cama. Lloras. Te compadeces. Te lo imaginas a él sentado a la mesa del restaurante mirando con insistencia la hora. Decides llamarlo. Mientras buscas su número en la agenda, Einstein, tu gato, al verte triste, ronronea entre tus pies. Se te antoja una frase del afamado físico: “una vez aceptemos nuestras limitaciones, iremos más allá de ellas.” “Bichito lindo” le dices al minino mientras lo mimas con una mano y con la otrasostienes el celular entre tu hombro y la oreja. “Tuve un contratiempo, después te explico. En quince minutos estoy ahí…” le prometes a él y corres al espejo a retocarte el maquillaje. Tomas el vestido salmón de la percha y te lo ciñes a tu cuerpo. El enganche no salta a la vista. Mientras conduces hasta el restaurante te sientes feliz, como una chiquilina enamorada. Evocas la época de tus primeros amores, los años de estudiante en que devorabas las novelas de Françoise Sagan para luego discutir con tus amigas feministas. Te ríes para tus adentros. Si la escritora viviera, se reiría también de tu empeño por coser el vestido y te aconsejaría como una buena amiga: “Un vestido carece totalmente de sentido, salvo el de inspirar a los hombres el deseo de quitártelo.”

Las respuestas habitan el alma

Yo sé que alguno dirá que estoy loco, loco de remate o de extravagancia porque me gusta conversar con mi alma. Pero me gusta y me hace bien.  Tanto, que cuando logro conexión, cuando soy capaz de llegar a ella y acariciarla, decirle “¡hola, aquí estoy!”, es como si desapareciera todo lo que me rodea, cielo, aire y tierra, todo. Como si se desvaneciera para dar paso a una luz que me envuelve y nada más me permite verla a ella, a mi alma que me escucha y me habla.

 

Lo aprendí de un amigo que es un tipo feliz. Y me atrevo a decir que es feliz porque toda su persona es alegre, positiva, dispuesta, buena. Cada vez que nos vemos me abraza una atmósfera de tranquilidad, como si el aura celeste que lo envuelve, también me envolviera a mí. Estar junto a él me llena de paz y serenidad. Es feliz en su presente y lo fue en su pasado. Por eso, se ha ganado mi admiración y siento que tiene la autoridad de un sabio.

 

Insistió en enseñarme porque dijo que me apreciaba y que yo tenía que aprender a vivir sin miedos. Me explicó que las respuestas a todas nuestras dudas habitan en nuestra alma. Que el alma es la reserva espiritual de cada persona. Como la fuente de energía más pura que Dios ha podido crear a semejanza del sol. Y que en realidad es el sol de cada uno de nosotros sin el que no podríamos vivir. El sitio preciso donde reside la identidad virgen, pura del individuo. Y depende de cada uno de nosotros aprender a encontrar las respuestas de nuestra existencia allí.

 

Me enseñó que el alma habla a través de los ojos. Pero, como la mayoría de los hombres, vemos sin ver. No nos damos cuenta que debemos saber escucharla no tanto con nuestros oídos, que están contaminados por el ruido, sino con el corazón. Y ser sinceros. Siempre decirle la verdad. Como en una confesión. Porque hablar con el alma es hablar con nuestro sol. Y hablar con el sol es hablar con Dios, que para eso se colocó dentro nuestro, para que cuando quisiéramos lo pudiéramos encontrar bien cerca.

 

El mejor momento para encontrarnos y poder charlar con nuestra alma es en la mañana, enseguida de levantarnos, cuando nuestra cabeza aún no ha entrado en contacto con los asuntos cotidianos que llegarán después.

 

El procedimiento consiste en pararse frente al espejo, decirse buen día y, de cerca, bien cerca, mirarse a los ojos. Mirarse en forma profunda, a fondo. Mirarse los ojos y en ellos entregarse a la verdad. Si somos capaces de reír en nuestra mirada, significa que estamos preparados. Porque encontrarse con el alma es abrazar la felicidad. Porque nada hay más hermoso que la verdad. Y en la verdad no existe el miedo, no existe la duda no existe la culpa. Porque la verdad es la verdad. Entonces, sólo resta aceptarla y entregarse a ella, a disfrutarla.

 

Si lloramos no, eso es todo lo contrario. El que llora no puede pensar, el que llora no puede hablar. El nudo que atraganta la garganta no lo deja hablar. Y tendrá que llorar mucho más todavía, porque tiene cosas que sacar, angustias de las qué deshacerse como el lastre que tira el barco al mar, cuando necesita navegar liviano hacia un puerto seguro.

 

Por eso, aquella mañana, tomé la decisión de intentarlo. Me paré frente al espejo a mirarme a los ojos. No me costó reconocerme porque el que estaba ahí enfrente era yo. Pero mi mirada se comportaba esquiva, como negándose a aceptar el propósito. Tal vez porque era muy temprano y ella hubiera preferido seguir soñando un rato más. O quizá por inquieta nomás. Apuntaba a los ojos pero se detenía en las pestañas, en mi lunar, en el párpado hinchado por la noche. Hasta en la marca de la almohada que hacía más cómica mi cara.

 

Era una tarea simple en apariencia, pero no en realidad. Mi vista saltaba de un lado al otro de mi rostro y no lograba hacer foco en mis ojos, al punto de llegar al borde del mareo que casi me empuja hacia la cama nuevamente a tranquilizarme. Pero fui perseverante, hasta que, en un momento, me di cuenta que no era posible mirar ambos al mismo tiempo y tuve que elegir a uno. Ahora, sí lo había logrado. Mi ojo derecho entonces quedó preso de mis otros dos que le apuntaban de enfrente. Yo podía verlo quietito ahí, manso como cansado de disparar, como respirando con su pequeño movimiento casi imperceptible de pequeño latido.

 

Y mientras jugaba con el iris oscuro de la pupila marrón, que se agrandaba y se achicaba según la distancia, fue allí mismo que la vi. Sonriente, alegre, hermosa. Y no pude evitarlo. Me hizo reír. No podía parar de reír. Ella estaba ahí, adentro de mi ojo. Yo la estaba viendo. Me reía y la estaba viendo. Hasta sentí como un abrazo y una caricia sobre mi cuerpo. Y escuché la manera en que me hablaba y me preguntaba con mi propia voz, como si ella me hablara hablándome yo. Y fue en ese momento que fluyó de adentro mío, de lo más profundo que jamás había podido experimentar. Suave, como el agua mansa que brota sin tapujos ni resquicios, en ese instante advertí que salía la respuesta. Le dije que la quería.

A las cinco de la tarde

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco de la tarde. (…)

El viento se llevó los algodones

a las cinco de la tarde.

Y el oxido sembró cristal y niquel

a las cinco de la tarde.

Un periodista recitaba a García Lorca  por la Radio.

La consigna corrió por todas partes, por los corredores y salones de liceos, por las facultades y los jardines, por las oficinas, por las plazas, por las fábricas, los barrios, todos lo supimos.

Avda 18 de Julio y Río Negro, a las cinco de la tarde.

Habían pasado doce días escasos del golpe de estado y la disolución de las cámaras.

El país estaba paralizado. La huelga general bullía en las fábricas, en los sindicatos, en las calles, en las familias.

A las cinco de la tarde

comenzaron los sones de bordón

a las cinco de la tarde.

Las campanas de arsénico y el humo

a las cinco de la tarde (…)

cuando la plaza se cubrió de yodo

a las cinco de la tarde.

Allí estábamos, eramos cuatro amigos, caminábamos, muy abrigados, era un nueve de julio a las cinco de la tarde. Caminábamos sin rumbo pero seguros, la gente aparecía por todas las esquinas, parecían ratas moviéndose en un basural o cucarachas que deambulan medio ciegas, cuando se enciende la luz, en un lugar húmedo y cerrado. Surgían de todas partes, de los comercios, de las galerías, de los edificios. Todos caminábamos, parecíamos, lunáticos, sin destino, pero era otra cosa, se oían murmullos, algunos miraban insistentemente su reloj pulsera.

Había mucha gente, de todas las edades, todos pensativos, preocupados, contenidos, rabiosos.

Alas cinco de a tarde

En las esquinas grupos de silencio

a las cinco de la tarde.

¡Y el toro solo corazón arriba!

A las cinco de la tarde.

Cuando el sudor de nieve fue llegando

a las cinco de la tarde.

En punto se empezó a escuchar un murmullo bajo pero persistente, de muchos, de todos, que fue subiendo por la Avenida desde la Plaza Independencia hacia la Plaza Libertad, se fue haciendo eco, se fue sumando y a las cinco en punto todos bajamos las veredas e invadimos la calle, los pocos vehículos que todavía andaban dando vueltas despistados, tuvieron que corerrse o huir.

Eran las cinco de la tarde.

Se fue escuchando el hinmo en una sola voz que eramos todos, se fue imponiendo en las voces de cada uno, una sola voz. Dimos casi al unísono,  vuelta la cara hacia la Plaza Libertad. Estábamos pegados unos a otros, sonrientes, valientes, ingenuos, descuidados, urgidos por expresarnos, seguros, arriesgados, soberbios, insolentes, irreverentes.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

El cuarto se irisaba de agonía

a las cinco de la tarde.

A lo lejos ya viene la gangrena

a las cinco de la tarde.

Y al grito de “tiranos temblad” todos fuimos uno. Sólo se veían brazos izquierdos con el puño cerrado,  levantados a la vez, a ese grito que repetimos, creyéndonos invictos, indomables, intocables, indestructibles, dispuestos a todo.

Mas no pudimos seguir adelante. El enemigo se nos vino encima, estaban asustados.

“Una terrible asonada” gritaban ellos despavoridos, sus botas golpeaban los adoquines.

Camiones, “roperos” “chanchitas”, caballos,  lanzaaguas lo invadieron todo. Salieron de debajo de las piedras y se nos vinieron encima.

Pero nosotros ya habíamos crecido y habíamos formado una masa humana compacta con la que los esperamos y enfrentamos.

Se nos vivieron encima sin piedad. Y nos aplastaron. El agua nos empapó, los gases lacrimógenos nos dejaron ciegos por un momento y también nos ahogamos, corrimos desesperadamente, llovieron los palos, las balas, los gritos.

La muerte puso huevos en la herida

a las cinco de la tarde (…)

Un ataúd con ruedas es la cama

a las cinco de la tarde

huesos y flautas suenan en su oído

a las cinco de la tarde.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

 Supieron y pudieron desarmar aquello. Supieron y pudieron ponernos la bota encima. Cada uno de nosotros se salvó o no, como pudo.

La avenida se transformó en silencio, humo y desolación. Ya nada quedaba, solo charcos de agua, pañuelos, papeles, zapatos tirados por aquí y allá, humo, dolor, mucho dolor y un silencio sepulcral de pánico y miedo.

A las pocas horas todos queríamos saber de todos. Fueron llegando las noticias como pudieron, se habló de muertos, de presos, de desaparecidos, nunca supimos en realidad el resultado concreto de todo aquello.

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Pero crecimos. No volvimos a juntarnos asi por muchos años. En principio el miedo nos paralizó y aisló pero supimos vencerlos. Supimos crecer, reunirnos, compartimentarnos, resistir, resistir hasta que logramos destruirlos, que se fueran, que pagaran todas sus deudas, que no volvieran nunca  más.

“Crece desde el pie la semana

crece desde el pie

no hay revoluciones tempranas

crecen desde el pie.

 Crece desde el pueblo el futuro

crece desde el pie,

ánima del rumbo seguro

crece desde el pie.”  (Alfredo Zitarrosa)

Hoy, después de cuarenta años, ya no nos pondrán la bota encima,  hemos crecido, nuestro pueblo ha crecido, se ha formado políticamente, nuestra  conciencia y nuestra postura no  ha de permitir jamás que entre los hombres  exista el avasallamiento, el rigor, la injusticia, la falta de expresión libre de las ideas, la desigualdad, el odio entre los hombres por diferencias ideológicas.

Es inconcebible imaginar que vuelvan a pasar estas cosas.

 

Precio

Todas las mañanas me despierto con un llanto. Es como si fuera la alarma del despertador pero, en este caso, el sonido está en mi cabeza.  Inmediatamente, me baño para apagarlo. Es como si el masaje de shampoo de arándanos en mi pelo actuara como un silenciador instantáneo.

Solo una amiga lo sabe. Yo creo que si se enteran la mayoría de los que me conocen me dejarían de hablar. Pensarían que soy la peor persona del mundo. Nadie intentaría ponerse en mis zapatos, solo me juzgarían y sacarían esa bandera de que todas las mujeres tenemos ese instinto.

Ni Andrés lo sabe. Andrés, qué linda relación tuvimos. Éramos libres, juntos. Ninguno quería un domingo de diarios y pantuflas, o quizás fui yo la que no quise. Por eso, cuando me dijo de irme con él a España le dije que no. No era por mi trabajo, ni por mi familia, ni por mis amigos, fue por mi libertad.

También fue por mi libertad que hice lo que hice.

Cuando me di cuenta, ya era tarde, no podía tomar otro camino. Pensé en decirle a Andrés, tenía derecho, pero pensé que tampoco lo aceptaría y, como ya no estaba acá, era más fácil callar.

Así que desaparecí por un tiempo. Para todos menos para mi amiga, me había ido de viaje.

Viví todo el proceso sola, desde las náuseas, los cambios en mi cuerpo, sus movimientos, todo. Hay veces que dudaba, que me imaginaba con ella.  Esa duda se iba cuando sabía que el resto de mi vida iba a quedar atada a alguien.

Esa mañana helada llegué sola al hospital. Pese a las palabras de la enfermera, estaba tan segura que lo hice sin pensarlo.

Ese momento fue de mucho dolor, de mucha fuerza, mucho de todo. Cerré los ojos, solo sentí su llanto, ese llanto que hasta hoy me despierta. Pedí no verla.

Pasaron diez años y, cuando camino por la calle y veo nenas de esa edad, me pregunto si alguna será ella. Esa duda la vivo todos los días.

El llanto de las mañanas y esas niñas que me miran son el precio que tengo que pagar por mi libertad. A veces duele, pero no estoy arrepentida.

El objeto de la discordia

En la casa que él ahora habitaba, los rumores de desconcierto iban y venían. Él hacía mucho tiempo que ya no los oía, bastó con haberlos oído de quién no lo esperaba. Esa fue la única y última vez, porque su vida tomó otro rumbo. Ya no se lamentaba, era conocedor de glorias que el tiempo se había encargado de resguardar en el ocaso. Él lo decidió así y, altivo, iba llevando sus días.
Su mano temblorosa y huesuda acariciaba con nostalgia el objeto que yacía en el largo descanso inerte del tiempo. Su mirada turbia miraba sin ver a través del ventanal, pues nada en el exterior cobraba más vida que aquella donde anidaban los recuerdos de su corazón.
Ella fue su fiel compañera y cómplice, nadie más sabía tanto de él. Bastaba con acercarse para que ambos emprendieran un objetivo en común. Ella lo secundaba en todo.
Él ensayaba su agudeza con gruesos trazos, con delicadeza y con finísima suavidad. Y gustaba, cómo gustaba, y qué gloriosos fueron esos años, qué feliz que había sido.
El tiempo inexorablemente fue andando y, en ese andar ya enclenque, el olvido del mundo que lo rodeaba vino para quedarse.
Solo ella permaneció a su lado, muda, esperando que él la guiara. Pero él no siguió más los designios de su pasión. Prefería la inmortalidad de su trabajo a trabajar indecorosamente.
Entonces, subsistió estoico a una fortuna que se fue yendo, así como sus años vitales. Hoy, el albergue que lo ampara ha abierto más de una vez las puertas para que vinieran por ella.
Pero él no se deja vencer, porque nadie puede arrebatarle la compañera que lo secundó en su larga trayectoria.
Su mano vuelve a acariciar con afecto la lapicera de pluma, que tantos coleccionistas añoran pero ella, insensible como él, permanece impávida en el seco tintero.

Víctima del periodismo reaccionario

El taxi atravesaba la ciudad de punta a punta. Noche tarde, frío del lado de afuera y los vidrios algo empañados, como tristes, resignados a ese ir y venir.

Ahora soy esto, poca cosa. Pero mi vida fue muy distinta. ¡Oh! Sí señor, muy distinta. A mí me escuchaban, mucha gente me escuchaba. Es difícil describir lo que se siente cuando cientos, miles de ojos, oídos y cabezas están allí escuchando lo que uno les va a decir. Es emocionante. Es salir de la oscuridad. Es ser alguien por un rato, lo que dure el discurso. Me cuesta controlar la emoción aún en el recuerdo. Se me pone la piel de gallina al recordarme allí, en el estrado, hablando, haciendo uso de la palabra, levantando los brazos y mi voz. Y al final la ovación, los aplausos, embriaguez, felicidad absoluta, es estar cerca del cielo y casi tocarlo. Yo había seguido todos los pasos, casi como una carrera, metódica, disciplinada. Una bandera fue lo primero. Yo me alineé tras esa bandera. Toda organización necesita sus símbolos, eso lo aprendí muy bien. Yo tomé esa bandera y la hice mía, parte de mí. Llegué a dibujar su color en mi rostro y todos lo vieron, todos me vieron. Y luego vestí la bandera. Porque teníamos una camiseta y yo me la puse. Siempre conmigo a todos lados. Dos tenía, cuando lavaba una me ponía la otra. Con orgullo la llevaba y yo veía que me miraban y yo más la mostraba. Fue un cambio importante en mi vida. Ya les dije que ahí supe lo que era existir. Gracias a la organización yo pude ser alguien. A nadie le interesaba mi vida antes. Nadie me escuchaba. Y yo tenía mucho para decir, siempre tuve mucho para decir, solamente me faltaba encontrar el sitio adecuado para expresarme, para poder ser yo. Y la organización me dio esa posibilidad. No fue fácil, tuve que aprender y pagar derecho de piso. Pero después, llegué. Al fin llegué. Y si de algo estaba seguro es de que ese lugar, ese sitio conquistado, lo iba a defender con uñas y dientes. Había hecho todo. Acompañé, siempre que me lo pidieron. Aplaudí a los otros. Apoyé. Jamás dudé y eso nadie me lo va a reprochar. Porque respeté siempre y supe ser buen soldado. Pero ahora el que había llegado era yo y no me podían cuestionar, me habían elegido. Estar arriba es otra cosa. Cambia la perspectiva, los colores se ven diferentes, con más luz. Es muy bueno y necesario. La responsabilidad pesa mucho y no es para cualquiera. Es preciso estar tranquilo y bien preparado para sostenerla. Cargo y responsabilidad, había trabajado mucho por eso y luego de haber llegado no podía fallar. Los que me habían elegido me necesitaban, a mí y a mi consejo. Y yo a ellos. Tenía que estar mentalmente muy claro. Expresarme bien y comunicarme mejor. Una palabra bien dicha vale más que cien golpes o cien caricias muchas veces. Y eso aprendí a manejarlo. Aprendí a hablar diferente. Palabras especiales como: reivindicaciones populares, compromiso con el futuro. Había una frase que no fallaba jamás: no claudicaremos en la lucha por la conquista de las reivindicaciones populares. Mire lo que le digo, la repito ahora y me erizo todo, mire. Es que por algo algunas palabras tocan la fibra más íntima de las personas y esas no fallan. También tuve que aprender a manejar mejor mis manos, mis gestos y mi voz. Es que cuando uno está al frente, es fundamental transmitir convicción y seguridad. Ellos esperaban la palabra, la orden, el aliento de esperanza. Todo uno, con su cara, su pelo, su cuerpo tenía la obligación de transmitir eso. Ellos lo necesitaban para seguir y nosotros los líderes teníamos la enorme responsabilidad de guiarlos porque nosotros los necesitábamos para persistir. Porque mientras ellos estuvieran, nosotros íbamos a estar. Ya sin importar si uno tenía o no razón. Eso era lo de menos. Lo que menos importa es la verdad o la razón. Lo fundamental es la fe. Sin fe no se va a ninguna parte. Es lo único imprescindible. Fe es creer, fe es sentir, fe es ver aún donde no se ve. Y esa era nuestra misión, mi misión de guía y conductor. Llevar luz aún a donde no la había. Así como había frases que no fallaban, también había gestos que siempre daban resultado. El dedo índice parado, apuntando hacia el cielo, era mi ademán preferido. Cargado de simbolismo y lo suficiente ambiguo como para no dejar dudas de que el otro estaba viendo lo que quería ver. Cielo, arriba, un solo camino, una esperanza, una decisión. Eso era fundamental una decisión, acertada o no, pero una. Porque atrás venía la fuerza de la masa que se impone, que arrasa, que empuja hasta a la misma razón. Es increíble cómo después de tanto tiempo aprendí a manejar esas claves y esas herramientas que me sostuvieron allí, en mi nueva vida. Y sí, lo mejor, lo más gratificante era la ovación, el aplauso cuando estaban todos juntos, el abrazo del grito aprobador, del eco envolvente, de la vibración calurosa, afectiva, de ellos que me querían. Yo no los veía, la luz no me dejaba, porque en los escenarios siempre hay luz de frente a los ojos. Y la luz encandila. Pero podía oírlos y eso me gustaba, me hacía sentir bien. Rejuvenecía mis ansias y mi fe cada vez que daba un discurso. Y la fe de ellos, la más importante, la que nos daba fuerza y sostén. Pero yo fui una víctima, ¿sabe? Una víctima del periodismo reaccionario, que me tenía miedo y envidia. Y qué lástima que no me di cuenta a tiempo. Todavía me arrepiento de haber llamado a la radio aquella mañana. Un veterano ex dirigente me lo había advertido y me pareció que exageraba. Dijo que lo más importante no era hablar sino saber escuchar. Yo no lo entendí porque si escuchaba no podía hablar y a mí los discursos me salían bien. Un día me escuché en la radio y me encantó lo que yo decía. Entonces llamé para decir que eso que había dicho yo era un eslabón más de la cadena y que “no claudicaremos en la lucha por la conquista de las reivindicaciones populares”. Eso siempre me había dado resultado. Y esa llamada fue mi peor error. Por lo visto, el periodista sabía quién era yo. No sólo quién era yo en ese momento. Sino quién había sido yo antes. Hizo un gran silencio y luego me salió con que mi comentario no era más que una frase hecha, parte de un discurso vacío. Lo hizo para provocarme y yo entré. Me enojé mucho y le contesté que él era un títere con micrófono manejado por el explotador de su patrón. Pero estábamos al aire. Y me salió preguntando cosas de mi pasado. Y la verdad que yo había tenido un pasado difícil en la otra ciudad donde me había criado. Me salió preguntando qué había sentido aquella vez que me echaron del instituto por copiar en el examen final. Y si me acordaba de cuando me habían despedido de aquel trabajo por unas cosas que me llevaba en el bolso. Y yo le contesté que eso había sido una trampa, claro ejemplo de persecución. Y luego me volvió a atacar, recordándome al aire, mientras lo escuchaba toda la audiencia, del otro trabajo en que me denunciaron por acoso sexual a dos compañeras. Y yo le dije que eso había sido una farsa orquestada por la patronal, que era un típico caso de bulling. E insistió diciéndome que si no me parecía que para andar predicando justicia y derechos era importante dar el ejemplo. Y ahí le corté el teléfono luego de contestarle que él no era más que un vil servil de las corporaciones y del capitalismo reaccionario. Y me quedé temblando. Es increíble cómo el periodismo puede manipular el pasado de uno. Y eso me afectó. Reconozco que me afectó y no pude seguir igual. A la tarde tuve que dar otro discurso en la asamblea pero yo ya no era el mismo, la voz se me quebraba, el dedo índice me temblaba y no hubo aplausos. No hubo vivas ni ovación, solo una especie de murmullo bajo pero ensordecedor. Entonces antes que fuera demasiado tarde recordé aquella propuesta. Levanté el teléfono y la acepté. Me tuve que volver a mudar y empezar de nuevo. Ahora extraño aquellos tiempos, ¿sabe? Los recuerdo y se me eriza la piel. La vida fue injusta conmigo y todo por culpa del periodismo reaccionario. ¿Lo dejo en esta esquina señor o quiere que pare a la vuelta?

Buscamos

Hoy encontré una carta. Creo que habla de mí. Estoy…no sé…una mezcla de feliz, asombrada, triste, perpleja… Es extraño, muy extraño…me siento rara…
Lucía trabaja en la Biblioteca Nacional, investigadora y profesora de Historia, su pasión es la poesía y la música.
Esa tarde buscó, como tantas otras, un libro de poesías de Idea Vilariño. Es una de sus preferidas y el poema Buscamos le produce siempre una sensación de incomodidad y deseo.

“Buscamos
cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.”

Para su sorpresa encontró dentro una carta…

“Si lees esto algún día, y pongo toda mi fe para que así sea, será porque te has salvado y yo no estaré vivo. Me llamo Juan Alfonso Mernie. Toda mi vida fui escritor, poeta y músico.Nos unimos al Movimiento desde los primeros tiempos con mi esposa Sandra Castellar. Ahora estamos “desencontrados” y sabiendo que nos están buscando para matarnos. Ya hace un tiempo que no veo tu hermosa carita y te extraño con toda mi alma. Sofía, así te llamamos en honor a tu abuela materna. Naciste en una época difícil y probablemente no llegues a saber de mi o de tu madre, pero igualmente quiero contarte mi verdad. Creo que el futuro de alguna manera nos buscará. Tu madre también es escritora y poeta, así que ya ves estabas sentenciada a leer este libro que ahora tienes en tus manos…” Y en ese momento Lucía dejó caer el libro…asombrada y conmovida por lo que leía. Reaccionó, tomo fuerzas y volvió a él…”y eso querida hija es mi esperanza y mi venganza por nuestra innecesaria muerte. De nacimiento tienes una marca en la rodilla derecha, una especie de flor pequeña que llena el hoyuelo externo…y desde chiquita sufres de los bronquios…”… “Hoy me vinieron a buscar y apenas pude escapar, me refugie en la Biblioteca que es mi segundo o tal vez mi primer hogar. Decidí escribirte, mi corazón me dice que algún día vendrás a leer este libro de poemas, que tanto gusta a tu madre y a mí. Busca…busca y encuéntrate”.

Y decidió buscar, sin que nadie supiera. Comenzó por indagar quiénes fueron o son Juan Alfonso Mernie y Sandra Castellar. Juan había sido detenido y muerto en la cárcel a causa de las torturas. Sandra era una poetisa consumada que usaba el apodo de Sofía Mernie, seguramente por su hija perdida. Lucía había leído lo poco que había publicado de ella, la consideraba de una exquisita sensibilidad y profundidad. Y la buscó…se verían en su casa, no le adelantó nada, quería ver primero…no estaba segura, ni sabía bien que hacer.
Sandra la recibió con su habitual cordialidad y dulzura, después de todo Lucía venía a hacerle una entrevista sobre su vida y su obra.
-Quería darle las gracias por recibirme y por dedicarme su tiempo.
-Me llamó la atención que se interesará por mí. No soy conocida.
-Leí un libro de poemas suyos y me pareció exquisito y me pregunté ¿de dónde sale tanta sensibilidad? Y pensé, esta mujer debe de haber tenido una vida dura.
-Si estuve presa muchos años durante la dictadura, perdí a mi esposo y a mi hija. No tengo a nadie en el mundo…la soledad ha sido mi maestra.
-¿Su esposo e hija fallecieron?
-Mi esposo murió estando preso, lo mataron en una sesión de torturas. De mi hija nunca supe. Cuando me liberaron dedique años a buscarla y un día comprendí que debía seguir con mi vida, no he perdido la esperanza de saber de ella, pero ya no tengo la confianza de antes.
-Cuénteme de su esposo, ¿qué hacía?
-Un gran escritor y músico. Era un hombre sensible y humano, nos amaba profundamente, siempre recordaré su cara el día que nos separamos para huir y proteger nuestra vida y la de nuestra hija Sofía.
-¿Recuerda su letra?
-¡Claro como no me voy acordar! ¿Por qué pregunta?
-Tengo una carta que quiero que vea. Y le mostró la que había encontrado dentro del libro de poemas.
-Es de Juan…y comenzó a llorar de emoción y mientras leía reía y seguía llorando.
Con lágrimas en los ojos Lucía tomó las manos de Sandra.

La miro con mucha ternura y dejó que su rodilla desnuda fuera encontrada.