El candidato

─Me parece que he sido muy claro.

─Sí, sí lo ha sido. Lo que no me puedo creer que esa sea su propuesta para terminar con la delincuencia.

─Nuestra propuesta es extinguir la delincuencia. ¿Qué es lo que no entiende?

─Justamente, que matar sea la propuesta política de su partido Doctor.

─De lo que se trata es de ser inflexible y eficiente. La gente está harta de la delincuencia y nosotros tenemos un plan de exterminio que será revolucionario.

─Bueno… el pueblo sabrá que hacer. Faltan dos días para las elecciones. Que quede claro que lo que usted propone es un Estado asesino. Un Estado violento.

─Queremos un Estado que se ocupe del problema y no lo rehúya por dos o tres votos más. Violencia es la que sufrimos a diario.

─Bien…  increíble… dígame Dr.  ¿cómo piensa llevar a cabo ese plan?

─La primera semana de gobierno vaciaremos las cárceles. Mataremos a todos los presos. Esos ya no reincidirán. Aún no sabemos si a los tiros, en cámara de gas o los dejaremos que se mueran de hambre. Mis técnicos están evaluando lo más económico. No queremos gastar un peso más en esos inútiles. Dejaremos de gastar en mantener vagos.

─Pero se imaginará que la OEA, la ONU y muchos países amigos protestarán e impondrán sanciones a nuestro país.

─Cuando vean los resultados tendrán que callarse. Incluso con el tiempo nos imitarán. Tenemos la razón. Y créame que lo importante son los resultados y no los procedimientos.

─ ¡Qué locura!, dígame: ¿Qué van hacer para prevenir la delincuencia?

─El segundo paso será la prevención. Muerto el perro se acabó la rabia, pero siempre hay quienes quieren ser “perros”. Así que vamos a hacer una limpieza en los cantegriles y barrios pobres, en especial entre los negros. Se da cuenta, encima que son pobres son negros. ¡Como para no robar!

─¡Eso es fascismo!

No lo sé. Tampoco nos importa. Hay que terminar con la hipocresía. La mayoría de los delincuentes son negros y pobres, así lo dicen las estadísticas. Por lo tanto, si liquidamos la raíz del problema, ya no habrá problema.

─¿Usted ha matado Dr.?

─Sí, claro, ¿quién no lo ha hecho? Soy político, pero antes soy humano. He tenido motivos de sobra para matar en mi vida. ¿Usted no ha tenido?

─Bueno… sí, motivos he tenido. Mas, nunca lo he hecho.

─Pues, yo sí. Y muy orgulloso de haberlo hecho. Se siente una libertad maravillosa y se conecta con un poder inmenso. Nunca más nadie se atrevió a desafiarme. Le aconsejo que se anime. Será otro hombre.

─Seré un asesino, querrá decir.

─Será un hombre libre. Habrá conectado con lo más profundo de usted y luego de la experiencia saldrá más digno y fuerte.

─¡Vaya locura! Me imagino que no respetará las leyes.

─Vamos a suspender todas las leyes. Las leyes se crearon para combatir la delincuencia en todo su accionar, desde robar, chantajear, estafar, etc… Pero, está claro, que ha fracasado como forma de control. Al liquidar el problema las leyes no serán necesarias.

─¿Y la oposición?… ¿Cómo piensa tratar con la oposición?

─Como no serán necesarias las leyes, para que gastar plata en una manga de diputados y senadores inútiles. Si la oposición los quiere que los mantengan ellos. Nosotros no vamos a gastar un peso. Y si no están de acuerdo que se vayan del país, o que esperen cinco años a ver si nos ganan.

─¿Usted realmente piensa que ganará la Presidencia?

─Obviamente que sí. La gente quiere paz, está harta de los negociados de los políticos, de tanta mentira e inseguridad. Nosotros somos la renovación y la esperanza, y vamos arreglar eso, rápido.

─Pero… lo que propone es antidemocrático.

─Estamos hartos del panfletarismo marrullero. En la vida, querido amigo, hay que ser práctico. Las etiquetas nunca nos trajeron paz. Es nuestra hora. Basta de absurdas posiciones que solo nos han traído dolor y más dolor.

─¿Usted, se considera el Hitler moderno?

─Si lo hubieran dejado hacer… el mundo sería otro, créame.

─Usted, es detestable y, disculpe, que se lo diga ante cámara pero no puedo callármelo.

─Usted es uno de los tantos que han frenado el progreso de la sociedad con ideas vetustas y puritanas, que solamente han favorecidos a los ladrones y a los políticos corruptos. Así que es un buen ejemplo para empezar.

 

Y ahí mismo, frente a las cámaras, saqué mi revólver y le pegué un tiro certero en la cabeza.

Me detuvieron.

Dos días después gané las elecciones con una mayoría abrumadora.

El Dr. Torterolo Presidente

Todo el país estaba conmocionado. Algunos habían perdido su capacidad de asombro; otros necesitaban seguir creyendo; todos estaban en un permanente vaivén. Alborozo, desencanto, duda, esperanza, realidad, mentira.

El Dr. Torterolo, nadie sabe doctor en qué, estaba diciendo su discurso de presentación para la presidencia ante un millar de personas.

Señores y señoras:

Hoy en este día con todo lo mejor de mí me presento para la candidatura de la presidencia de la República. Seré el mejor defensor de todos los ciudadanos de este país, desde los más pobres hasta los más ricos.
Para los que tienen camiones, ómnibus y autos haré todas las calles en bajada. Para los barrios más carenciados, construiré casas populares donde puedan vivir decentemente.
Haré instalar canillas con leche en las esquinas para que los niños crezcan sanos y, de esa manera, podamos eliminar la desnutrición. Para los mayores que se quieran jubilar y, sobre todo, las amas de casas que hacen ese trabajo que no tiene precio, promulgaremos “La Ley madre” para que reciban, a partir del primer día del año, un ingreso mensual equivalente a la de nuestros Ministros. Son tantas las medidas que tomaré que sería imposible de enumerarlas. Hay muchas otras cosas que hacen falta en este país. Y… Yo las voy a lograr con ¡su voto!

Terminado el discurso, los presentes no salían del asombro. No podían distinguir, a ciencia cierta, lo que era realidad o mentira.
Algunos comentaban: ¿Si todas las calles están en bajada, como regresarían? ¿Canillas de leche en las esquinas y… por qué no alguna esquina con una canillita de vino?

No pasó mucho tiempo en que se esparcieron los comentarios como reguero de pólvora por todo el país. Muchos le creyeron. Otros pensaban que era un lunático.

El día de las elecciones, ganó por una gran mayoría el Dr. Torterolo.
No hay duda, a veces la realidad se confunde con la ficción.

Como la vida misma

En mi familia se contaba la anécdota de que la tía abuela Etelvina había muerto dentro de un radioteatro, tal como siempre había vivido.
Todas las tardes, a las 15 horas, sintonizaba Radio La Voz Latina para escuchar el nuevo episodio de la novela: “Mentiras entre rosas”.
¡Qué hubiera sido de mi tía si no hubiera existido el invento de la radio! Ella parecía no tener vida propia. Se había criado cumpliendo con devoción las expectativas de los demás. Desde niña había aprendido a obedecer y a enfrentar las dificultades con buena cara. Buena hija, buena alumna, buena modista muy atenta con todas sus clientas, buena vecina. No había tenido amores que le movieran los cimientos más profundos de su ser, tampoco había tenido hijos.
Era como un vacío cascarón que se llenaba con las vidas prestadas de los otros.
Los personajes del radioteatro eran quienes le devolvían los sentimientos que ella conservaba empantanados en la hondura de su corazón. A través de ellos, vivía el odio por la traición, el amor apasionado, los celos irracionales, la alegría del encuentro y la pena por los adioses.
Luego de levantar la mesa del almuerzo, se preparaba un té de manzanilla y prendía la radio.
Sentada en el sofá, seguía las peripecias de la novela mezclando la dulce tisana con las lágrimas derramadas por las desventuras de Aurora, la protagonista.
Esperaba con renovado entusiasmo la hora del radioteatro, único oasis de ilusión en su rutinaria existencia.
Como era un tanto sorda, levantaba el volumen para escuchar mejor. Eso alertaba a los vecinos del edificio que “doña Etelvina se encontraba enchufada a la radio”.
Una tarde, en mitad de la emisión, los timbrazos insistentes y golpes en la puerta, la hicieron saltar de su sillón. ¿Quién es? preguntó Etelvina.
Las voces continuaban sonando en la radio entretejiendo un diálogo como telón de fondo a la escena que se desarrollaba en el apartamento.

Aurora- ¡Cabrón! ¡Cómo pudiste hacerme eso! (Llanto)
Armando- Son puras habladurías de la gente Aurora, mi amor, sabes que siempre te he querido. No haría nada que pudiera herirte.
Aurora- ¡Sal de mi vista, malparido! (Recobrando la compostura) ¡No quiero verte más en mi vida! ¡Bazofia! Pimpampum (ruido de zapatos tirados al aire)
Armando- ¡Ayyy! ¡Por poco me dejas ciego con el taco de tu zapato!
Aurora- ¡Quizás sea lo mejor! ¡Hijoeputa! Así no tienes ojos para la atorranta que atiende la florería que bien sé cómo te mira y se deshace en halagos. Varios han visto cómo te coquetea

– ¿Quién es?- preguntó Etelvina.
La voz inconfundible de su sobrino, Juan Hilario, sonó con un tono de apremio.
-¡Abrame ahora! ¡Preciso hablar con usted!
Con la presencia de Juan Hilario se sintió intimidada. Hablaba bruscamente, muy alterado y exhalaba un leve vapor alcohólico.
– ¡Preciso plata, ya ahora! ¡Apúrese! ¡No tengo todo el tiempo! ¡Muévase! ¡Ya!
– Aquí tengo muy poco, tengo trabajos pendientes… ¿Sabes? las clientas me pagan cuando el vestido está terminado.
-¡Déjese de excusas, vieja ridícula! Ya veo que voy a tener que levantar el colchón para sacarle algún billete.
– ¡Es cierto! ¿No me creés?- dijo Etelvina con un amago de voz.
Juan Hilario emprendió una recorrida frenética por la vivienda, dando vuelta la cama, abriendo cajones, poniendo patas para arriba todos los muebles que encontraba a su paso.
– ¡Llévate lo que hay en el cajón de la cocina, es lo único que tengo! ¡Por favor! ¡No te estoy mintiendo! ¡Te lo suplico!¡Dejá todo como está! ¡Puedo prestarte algo el mes entrante! ¡Te lo prometo!

Armando- Son tonteras sin importancia, mi querida Aurora. Tú eres y serás mi único amor. Ven aquí, déjame abrazarte. Pareces una fierecilla.
Aurora- ¿Por quién me tomás? ¿Por una ilusa, por una mujer tonta? Estos mismos ojos que arden de desprecio te han visto salir una noche del hotel Los Olmos con esa mina… ¡A ver, cagón! Ahora ¿me lo desmientes? Los vi subir a un taxi… ¡dime algo, idiota! no me mires con esa cara de pasmado. Tengo anotada la matrícula… precisamente en la servilleta del bar La Cafeta que queda frente al hotel. (Risa histérica)
Armando- … (silencio) Y tú ¿qué hacías allí?… a esas horas, sola en el bar

– ¡Cállese, basta, vieja tacaña! Si no me trae plata en este instante juro que le cortó la garganta.
Y con la cuchilla que encontró en la cocina apuntó al palpitante cuello de Etelvina que temblaba de pavor. Su cuerpo delgado se hacía cada vez más pequeño bajo la punta fina de metal que tocaba la piel amenazando horadarla.
-Te he he dicho que no tengo nada -Etelvina le suplicaba casi sin voz

Aurora- Ja, ja, ja. Y tú ¿qué piensas? Me enteré por… (Se dice el pecado pero no el pecador) que esa noche a las ocho, iban a estar en Los Olmos. Y me instalé en una mesa del bar hasta que los vi salir.
Armando- ¡Mi cielo! Es probable que la oscuridad de la calle haya entorpecido tu visión. Creo que me has confundido con otro. Bien sabes que en las noches, a la salida del trabajo, me paso un rato por el bar del Petiso a tomar una copita y conversar con él. ¿No me crees? ¿Por qué me miras así? ¡Me asustas!

Juan Hilario deslizó la cuchilla dos veces, zas zas, por el cuello de Etelvina.
“Usted se lo buscó vieja roñosa” dijo antes de limpiar la cuchilla y guardarla en su morral para luego hacerla desaparecer. Revisó algún cajón más en busca de alhajas y solo encontró un reloj de dama con malla de cuero, dos pulseras doradas y un anillo. Guardó el menguado botín en el morral y salió por la puerta con el mayor sigilo. Mientras se dirigía al ascensor, escuchaba las voces del radioteatro que seguían sus pasos. Se rió con satisfacción, el volumen de la radio posiblemente hubiera opacado los ruidos del asalto.

Aurora- (apuntándolo con un pequeño revolver que sacó de la mesa de luz) ¡Pum! ¡Pum! ¡Cobarde! ¡No te mereces mi amor!
Voz en off del locutor explicando a los oyentes los detalles de la escena y los interrogantes del próximo episodio.

El radioteatro continuaría emitiéndose todos los días a las tres de la tarde pero para mi tía abuela, Etelvina, exánime en el piso de la ante-cocina, ése había sido el último.

Cargos vacantes

Todas las mañanas, después de terminar el trabajo voy a desayunar a McDonald para poder leer las noticias del futbol pero, en la primera plana, veo la renuncia de un psicólogo de la I.M.M. (Intendencia Montevideo) después de 20 años por no poseer título que lo acreditara,

Aparentemente, este psicólogo trucho había entrado hace veinte años en la I.M.M. división libretas de conducir.

Hacía tres meses, en la división donde trabajaba Andrés, entra Gastón, un compañero de estudios con el cual había tenido varios altercados con él por problemas políticos. Andrés tenía un tío que era director de ese departamento y lo colocó en ese cargo.

Por eso, Andrés pensó que Gastón podía vengarse sacando a la luz el secreto de la falta de su título. Además, al enterarse de la investigación al vice presidente por llamarse licenciado sin tener el título, pensó que, si seguía, lo iban a encontrar y terminaría denunciado en forma pública ante un jurado.

A un diputado del partido opositor le llamó la atención su renuncia. No tenía edad para jubilarse. ¿Por qué dejar ese buen sueldo y un trabajo como ese?

Después de hacer las averiguaciones pertinentes, se entera que era por no tener título.

Andrés Salustro había entrado a la I.M.M. siendo un estudiante de psicología. Después de varios años, sin recibirse, comenzó a ejercer de psicólogo con la ayuda de su tío. Pasaron los años y nunca terminó la carrera pero recibió el beneficioso sueldo de psicólogo.

Este diputado hizo la denuncia pública, por lo tanto, Andrés Salustro debería presentarse ante un jurado.

En la primera instancia, le piden que presente el título entes de los treinta días. A los treinta días, Andrés se presenta con un abogado.

El juez le pregunta:

─Nombre completo.

─Andrés Salustro Vergara.

─Fecha de nacimiento.

─El 4 de mayo de 1971.

─ ¿Cuándo comenzó a trabajar?

─El 11 de setiembre de 1996

─ ¿Cuándo empezó la carrera?

─El 10 de marzo de 1991

─ ¿Cuándo se recibió?

─Sr. Juez, pido se tome como testigo al profesor de la Universidad, el Dr. Ciro Amado.

─Que pase el testigo. Jura decir la verdad y nada más que la verdad.

─Sí, Sr. Juez.

─El Sr. Andrés Salustro Vergara no recibió su título de psicólogo formalmente pero dio las tres últimas materias y, por un problema interno de la Universidad, aparecen como que no las aprobó, que están pendientes pero le faltaría finalizar un breve procedimiento y podrá recibir su título

─Dr. Amado, por favor, puede contestar esta simple pregunta. ¿Recibió o no el título el Señor Andrés Salustro Vergara?

─No, señor Juez, no recibió su título.

─Muchas gracias, puede retirarse.

─Señor Vergara, ¿por qué cobraba el sueldo de psicólogo sin poseer título?

─Nunca nadie me lo pidió.

─Pero no hubiera aceptado el cargo. Doy por terminada la sesión.

En visto de los argumentos presentados, declaro la culpabilidad de acusado. Sus castigos a continuación:

El señor Andrés Salustro Vergara estará obligándolo a cumplir la pena de devolver todo el dinero cobrado que se le asignó como psicólogo. Ese dinero se lo devolverá a las arcas públicas.

Deberá cumplir una prisión domiciliaria por 6 meses.

Y, por último, nunca podrá recibir su título de psicólogo.

Esto dejó en paz a Andrés quien se dedicó, por más de veinte años, a acusar a todas los jerarcas oficiales que estaban en un puesto sin tener el título apropiado para ejercer su cargo. Hoy, muchos de esos cargos siguen vacantes.

 

Suena en la radio

“Siendo las 7 de la mañana, empezamos nuestro programa “De cerca”.  La mañana está fría, el sol brilla un poco tímido, pero aquí estamos para contarles qué está pasando no solo en Uruguay, ¡también en el mundo!

Como todas las mañanas, la radio sonaba en mi cocina.  Nada me gustaba más que levantarme, hacerme un café negro con dos tostadas con manteca y escuchar la radio. Siempre lo había hecho, es una tradición familiar, en mi casa la radio sonaba a cada hora.

Escucho siempre el mismo programa, el de Rafael. Su voz y  su manera de ver las cosas me encantan. Creo que lo que más me gusta es su manera de interpretar el mundo y eso no es algo que me pase muy a menudo.

Esa mañana, estaba tomando mi café cuando, de pronto, el piso se empezó a mover. De repente, un viento furioso entró a la cocina y los papeles que tenía sobre la mesa se empezaron a volar. Todo así, de un segundo para otro y como por arte de magia.

De pronto, sentí como un golpe fuerte en el piso. Como si alguien saltara desde el  lugar más lejos del planeta.

Sin entender mucho, abrí y cerré los ojos, me los froté, me los lavé con agua. No lo podía creer, Rafael estaba ahí parado en mi cocina, mirándome con una linda sonrisa. Cómo llegó ahí es algo que no entiendo, lo único que sé es que, por la puerta, no fue.

Incrédula, le pregunté

— ¿Vos sos Rafael?

—Sí, y todas las mañanas veo como tomás tu café negro. Siempre quise venir a tomarlo contigo

Para mí era rarísimo, ya no sonaba en la radio, ahora estaba en mi cocina. Y claro… tomamos café negro. Era como si nos conociéramos de toda la vida. Y claro… confirmé lo que más me gustaba de él, su manera de ver las cosas. Es tan especial como único, y también peligroso.

Ese día no fui al trabajo, tomamos muchos pero muchos cafés negros.

Nos despertamos a las 7, prendimos la radio:

“…desde ayer no sabemos nada de él. Despareció de un instante para el otro cuando se levantó del estudio para ir al baño. Nadie lo vio salir. Por favor, si alguien lo vio que llame a la producción. O, vos, Rafa, si estás escuchando, queremos saber de vos…”

En ese mismo instante, nos miramos y reímos.  Apagó la radio y se puso a hacer café negro.

La imagen en el espejo

¡Me encantaría volver a ser joven!

Se miró en el espejo y este le devolvió un rostro con piel cansada. Sus rasgos están acentuados por los  años de duras batallas, algunas ganadas y otras perdidas. Presionó con sus dedos la piel de los pómulos para sentirse algunos años más joven. Y así, inmóvil, permaneció unos segundos.

¿Por qué? ¡Por qué!

¿Vendería su alma por volver el tiempo atrás? El pelo amarillento y pajoso se peleaba con el cepillo de carey tratando de desenredar los matetes. Había sido un obsequio de su abuela cuando cumplió sus 15 años. ¡Demasiado tiempo atrás!

¡Uf!

Se puso cremas. Las más caras. Puso varias capas de diferentes crema y se volvió a mirar.

¡Estas porquerías no sirven para nada!

Gritó y arrojó los potes contra la pared. La indefensa pared. Inmaculada. Ahora, víctima de su enojo. Lloró un largo rato. Apoyó sus brazos en el espejo y ahogó su rostro contra el vidrio en una especie de convulsiones y sollozos. Se volvió a mirar en el espejo. Veía nublado por las lágrimas.

Ahora si me veo joven, no veo las arrugas.

Comenzó a maquillarse. Una sombra celeste en sus párpados, pestañas postizas, color rojo en sus labios y colorete anaranjado. Del alhajero, sacó el collar de perlas de cultivo y, suavemente, lo colocó alrededor de su cuello. Ahora, sin arrugas. Con una mano desempañó el espejo y este le devolvió una cara de caricatura que, para su sorpresa, le comenzó a hablar.

— ¡Volvamos a ser jóvenes!

— ¡Es lo que más quisiera en el mundo!

— ¿Estás dispuesta a cualquier cosa?

— A cualquier cosa –respondió entre risas y llanto

— ¡Vení! Acercate, pegate a mí y ¡cerrá los ojos!

Ella pegó su rostro al espejo lo más que pudo con los ojos apretados. Así se quedó durante un buen rato. Sintió frío, un frío helado. Abrió sus ojos. Sus manos más heladas que su rostro. Podía ver su dormitorio. Escuchaba una carcajada lejana y vio una joven silueta que se alejaba entornando la puerta del cuarto.

Gritó desesperada. Nadie parecía escucharla.

Lo real es invisible a los ojos

¡Booom! El estruendo de la explosión le quema los ojos. Las llamas anaranjadas se comen los edificios y el humo espeso y negro le limita la visión.  Se levanta. Sigue hacia adelante. Corre a máxima velocidad.  Mira para los costados. Nadie.

¡Boom! Otra explosión. Otra vez en el piso. De nada le sirvió esta vez la AK47 que tanto le costó comprar ayer. ¿Para qué si no ve a nadie más? No puede gastar las balas hasta que no tenga un objetivo claro. La ansiedad lo consume. Está cansado. Esta misión parece no terminarse más. Hace rato que siente que le está quedando poca energía. Se levanta otra vez. Corre por la calle vacía. Por encima de los sonidos de alarmas y metralletas del fondo, escucha sus pasos sobre el cemento gris oscuro, como un reloj que le marca los segundos que se le consumen.

Frena. ¿Qué fue eso? Algo se movió al costado del edificio. Enfoca la vista. Ya le arden los ojos. Ahí está de nuevo, una sombra mal dibujada.  Es definitivamente alguien. Se prepara, llegó el momento.  Sabe que no le puede errar. Es el último de su equipo, están todos contando con su destreza.

¡Wow! La mujer que aparece lo despierta de repente. Morocha y con el pelo suelto bailando en el viento, ojos verdes de gato que le ocupan la mitad de la cara y labios gruesos entreabiertos que casi le suplican un beso. Los senos firmes y redondos como dos pelotas de basketball embutidos violentamente en su maya strapless de neopreno. Sus nalgas perfectas y sus piernas imposiblemente largas y musculosas, el cuchillo encanutado en sus botas de taco aguja. No puede dejar de mirarla, de imaginarse tocando ese cuerpo con sus manos, su lengua mojando esos labios. ¿Qué es eso en su mano?

¡Boom! La mujer con la cara tirada para atrás, la carcajada resonando en el cuarto vacío. El humo de la metralleta expandiéndose a los confines de la pantalla.

“¡La concha de la madre!” grita. Las teclas crujiendo bajo el golpe de su puño cerrado. Patea la pantalla que titila con el “you’re dead” rojo vergonzoso.

Hirviendo de rabia decide irse a acostar. Prende la luz del cuarto y ve a su mujer durmiendo. ¿Cuándo llegó?  No la había escuchado. Quizás ya estaba en la casa cuando él volvió y fue directo a la computadora.

Otro día más sin hablarle piensa, pero no se detiene en el análisis.  Tiene una hora antes de levantarse para irse a trabajar.

Virtualmente tuya

Lunes, 9 AM, Montevideo. El humo le empaña los lentes. Por la ventana se ve una Santa Rita en flor. Aparta el café hacia el otro costado de su computadora y toma un paño. Limpia los lentes en cámara lenta. Su mirada se posa nuevamente en lo que ve por la ventana. En ese momento, llega el primer mensaje. Ahora la atención la tiene en la pequeña ventana del chat, en la que Luisa conversa con las personas que visitan el sitio web de la empresa para la que trabaja.

Es una tal Maggie que le escribe desde España preguntando si el precio del envío está incluido.

Luisa responde y bebe su café. Está más gorda que el año pasado, cuando trabajaba en atención al cliente de Nike por WhatsApp. En realidad, su nombre es Deborah, pero en el trabajo se hace llamar Luisa porque es más fácil para la gente con la que trata. Tampoco usa su foto real. Bueno, es ella, sí, pero con quince años menos y con bastante Photoshop. Hoy, luce bastante relajada: de short, pantuflas y un salto de cama. Termina una conversación y comienza otra. Así, hasta el mediodía, que cambia su estado en el chat y se toma cuarenta minutos, donde aprovecha para ducharse, vestirse y comer algo. Trabaja para esta compañía holandesa desde hace cinco meses, atendiendo a clientes de habla hispana, tanto de España como de Estados Unidos y Latinoamérica. Como es lunes, solo tiene que cumplir horario hasta las tres de la tarde. Luego, irá a la rambla a pasear a su perro.

Nuevo mensaje. Esta vez de Richard. Quiere confirmar si puede recibir una mesa para armar en Montevideo. Deborah se lo confirma y le cuenta que ella también vive en la ciudad y que ha recibido envíos similares en un par de oportunidades. La charla se fue prolongando hasta que ella hizo un esfuerzo por terminarla porque pueden monitorear las conversaciones y no quería que la amonestaran por hacer mal su trabajo.  Richard antes de terminar le envió su teléfono, para seguirla por WhatsApp.

Deborah le tiene un poco de alergia al WhatsApp. Es que luego de trabajar por casi dos años respondiendo reclamos utilizando esa herramienta, cualquier mensaje de su familia o amigos la hace sobresaltar y sentirse irritada.

Son las cuatro de la tarde. Finalizado su horario de trabajo, Luisa camina con su perro marca perro. La playa hermosa, de fondo. Dos o tres personas corren enfundadas en sus auriculares. Una brisa suave mueve las nubes y el pelo de Luisa. Justo ahí, siente la vibración en el bolsillo. Se sienta en un banco y mira el teléfono, ve que el mensaje es de Richard.

Las letras suben rápido en la pantalla. Abajo a la izquierda dice que el capítulo cinco de la temporada dos, comenzará en diez segundos.

 

Cierro Netflix. Me quito el almohadón de la espalda. Pongo el despertador en mi teléfono y me acuesto a dormir.

Misión cumplida

Durante 1938 en Europa se vivía con inquietud los movimientos bélicos del régimen nazi. Ya en los primeros meses de ese año, Hitler había invadido Austria y la había anexado a Alemania y, a fines del mismo año, hizo lo propio con Checoslovaquia. Ambas anexiones fueron jugadas políticas pero quedaba claro que pronto empezaría la invasión a otros países y la eventual guerra.
La invasión de Polonia fue una acción iniciada en setiembre de 1939. Fue la primera de las agresiones militares que la Alemania de Hitler emprendería y el detonante de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
Tres décadas atrás, un joven austríaco con inclinaciones artísticas viajó a Viena para inscribirse en una de las escuelas de arte más prestigiosas del circuito europeo, la Academia de Bellas Artes de la ciudad donde esperaba perfeccionar eso que creía un talento suyo. El joven de 18 años sufrió el rechazo de la institución, que por dos ocasiones (en 1907 y 1908) le negó la entrada por la simple razón de que adolecía de “ineptitud para la pintura”. Ese joven era Hitler quien, desde entonces, sintió un enorme resentimiento contra las bellas artes y, a la vez, una admiración mezclada con envidia que signó la política de usurpación cultural del “Tercer Reich”.
La amenaza de la inminente guerra preocupó a las autoridades de la cultura francesa y de otros países. La Dirección de los Museos Nacionales Franceses diseñó un plan para poner a salvo los tesoros artísticos antes de que cayeran en manos del ejército alemán. Cuando se supo del saqueo de obras de arte en Viena y Cracovia se decidió la evacuación a gran escala de las colecciones existentes en los museos públicos franceses. Los lugares de almacenamiento elegidos para las obras de arte fueron castillos del centro y sur del país, lugares tranquilos en el corazón de la campiña francesa y lejos de objetivos estratégicos.
Jacques Jaujard, director de Museos Nacionales, ordenó evacuar primero a La Gioconda. El día 28 de agosto de 1939, el cuadro de Da Vinci abandonó su lugar en el Louvre en un operativo secreto. Fue cuidadosamente empaquetado para su protección, se montó encima de una camilla de ambulancia y fue colocado en la parte trasera de un camión durante la noche. La caja del camión iba sellada herméticamente con el objeto de preservar una atmósfera lo más neutra posible para evitar dañar la pintura. Esta no viajaba sola, iba acompañada por el Sr. Pascal Decaux, su fiel curador, cuya misión era la de velar porque la tela sufriera lo menos posible durante el viaje. Decaux estaba enamorado de la Gioconda desde hacía veinte años, cuando había ingresado al Louvre y por ser de absoluta confianza se le había encargado la honrosa tarea de escoltarla día y noche.
Una semana después, cuando ya se había declarado la guerra, se tomó la decisión de garantizar que todas las más preciosas obras serían sacadas de las instalaciones del Louvre incluyendo colosales esculturas como la Victoria de Samotracia y la Venus de Milo. Viajando como polizontes en varios cientos de cajas, muchas esculturas, objetos decorativos y 3690 pinturas se pusieron en camino. El viaje fue una hazaña logística de embalaje y carga de camiones sin precedentes. Las carreteras de Francia pronto se vieron atestadas con treinta y siete convoyes que se unieron a las multitudes que ya abandonaban la ciudad.
El viaje de Pascal con su amada Gioconda fue tenso pero fascinante. Durante tres días viajaron por caminos precarios, atravesaron bosques, montañas, peligrosos puentes. El curador sabía de la importancia de su tarea y disfrutaba del peligro y la aventura. Lo que no había previsto el jefe Jacques Jaujard era que la atmósfera cerrada seguramente protegería al cuadro pero podía afectar a Pascal.
Finalmente llegaron al espectacular castillo de Chambord, en la región del Loira. El arribo del vehículo fue saludado con algarabía por el numeroso personal de museos que esperaba el cuadro por el que sentía una orgullosa admiración.
En malón corrieron al camión y abrieron la puerta del blindado. Con tristeza comprobaron que el Sr. Pascal había muerto por asfixia, pero eso poco importaba. Se abalanzaron sobre la caja que contenía a la querida pintura, cuidadosamente la abrieron y se llevaron una sorpresa aterradora. La Gioconda había cambiado su enigmática sonrisa por una expresión de dolor que incluía lágrimas. Todos pensaron que había sido por la muerte de su fiel escudero. Es posible, pero a mí se me ocurre que también podría ser que, después de cuatro siglos y medio de estar secuestrada en Francia, se había hecho ilusiones de que en ese viaje al sur la estarían llevando de regreso a su querida tierra natal, la hermosa Toscana.

Curiosa libertad

De repente no hace pie. Estira las piernas buscando la arena pero parece haber desaparecido. Solo agua. Infinita agua. Una ola lo golpea en la cara. Agua en su boca. Nada hacia la orilla. Nunca fue buen nadador. Eso pasa por aprender de grande, le había dicho la tía Antonia. Nunca nadie se había preocupado para que aprendiera a nadar. Otra ola, pero esta vez más fuerte. Agua, muchas más agua.
-¡No me mates! Por favor, quiero vivir. Necesito otro tostado amanecer, sentir el sol abrazar mis espaldas y el viento frío despertar mis sueños. Quiero besar los labios de Julia de nuevo, decirle tantas cosas. Tomar su cintura de reloj y perderme en sus brazos de seda. Quiero demostrar que no los necesito, que aunque no me hayan enseñado a nadar, aprendí solo, como tantas otras cosas en la vida. Que me las he rebuscado, y que a pesar de todo soy feliz, y quiero vivir. Te ruego, déjame vivir.
Me va a matar. Porque no hacerlo sería darme libertad, dejarme elegir, y eso no lo permitirá. Es demasiado insegura, no va a bajar la guardia. Ella decide y yo obedezco. Su temor a perder el control de las situaciones, a delegar, el miedo a admitir que estoy a su nivel, que este personaje que ella creó piensa y puede superarla, me vuelven su prisionero. ¿Y si me escondo? Tal vez en el lóbulo parietal se distrae con los estímulos y se olvida de mí. No pienso hacer ni un solo ruido, no me muevo, apenas respiro. Que ganas de vivir, por favor, que se olvide de mí. Que se busque otro donde implantar su dictadura intachable.
Me llama. Oigo su encantadora voz que me ordena volver. Me encontró, y yo solo puedo obedecer. Daría todo por dejar estar esclavitud. Si yo fuera autor dejaría libre a mis personajes, y me limitaría a observarlos bailar al son de su propia música, sin ataduras, embriagados de tanta autonomía.
¿Y si la confundo? ¿Caerá en la trampa? No tengo nada que perder, de seguro me mata sino.
-¿Sabés qué? Matame. Mejor que vivir en este mundo monocromático que vos creaste para mí, es morir. Desde chico me condenaste a un padre que me odio, que nunca me buscó y lo obligó a casarse con mi madre. Sí, ella era buena y me quería, pero depresiva la tuviste que convertir. Me pusiste una tía que se pasó la vida repitiéndome todo lo que hice mal. A Julia la amo, lo sabés, pero de seguro me la vas a quitar, o vas a hacer que me engañe, y voy a sufrir como un condenado. Así que matame. Dejame tomar solo esta decisión. No quiero tus amaneceres que a cuenta gotas me das, no quiero seguir rogando por migajas de soles, solo quiero morir. Te quedo claro, ahogame.

Recordó el odio de su padre, su mirada de desprecio tatuada en su cara. Las palabras de Antonia de reproche lo ensordecían. Pero la sonrisa de luna de su madre lo impulsaba. Nadó, cada brazada era un cachetazo a su padre, y un pinchazo para su tía. Hasta las olas parecían haber tomado su bando, arrastrándolo hacia la orilla. Una orilla cada vez más cerca, más finita, más real. Y lo logró, contra todas las apuestas llegó.
Entre lágrimas, quién sabe si de tristeza o de felicidad, sonreía.