Un eclipse solar en el campo

Recuerdo cuando por primera vez presencié un eclipse solar.

Yo era niña y aún vivíamos en el campo. Nos dirigíamos a la escuela rural con mis hermanos.

Para llegar debíamos atravesar un campo enorme y un monte. Casi siempre íbamos caminando o a caballo. Como no siempre disponíamos de tres o cuatro caballos, entonces, mi madre nos mandaba de a dos.

Recuerdo ese día: en el momento que debíamos atravesar el monte se oscureció todo. Éramos, mi hermana Paulina, mis hermanos Julián y Pablo y yo. Teníamos entre diez y seis años más o menos.  Yo soy la mayor. Montábamos a Pocha, la yegua vieja y a Renán, el zaino de mis hermanos varones.  No nos asustamos. Estábamos acostumbrados a las tormentas de verano en que de golpe se pone negro y se larga a llover, pero esperamos la lluvia y nada.

Paulina, la más imaginativa, entonces, gritó:

─ ¡Es el fin del mundo! ¡Corramos, debemos llegar cuanto antes a la escuela así no nos perderemos nada!

Parece que entre las niñas más chicas ya habían comadreado que si se venía el fin del mundo le pedirían a la cocinera que les hiciera toda la carne de la heladera en milanesas y, además, ellas se habían ofrecido a pelar todas las papas de la bolsa para hacer papas fritas.

Parece que habían escuchado algo del eclipse y la cocinera les había dicho, según ellas, que ese día se podía terminar el mundo, porque la luna, el sol y la tierra se iban a acercar mucho y, si se tocaban, explotaba todo. Así lo habían entendido ellas. A la versión de la maestra no le habían hecho caso, ya que les había resultado más difícil.

Del eclipse, venían hablando hacía bastante tiempo, pero no recordábamos que nos dijeran exactamente el día que iba a suceder. Por eso, en el primer momento, no lo relacionamos con eso. Pero cuando las gotas no llegaron, mi hermana, que además de ser la más imaginativa es la más avispada, enseguida se acordó de las milanesas.

El hecho es que estábamos en el medio del monte tupido y se nos hizo la noche. Pablo, el más despierto de mis hermanos, quiso tomar las riendas del asunto y nos indicó a gritos por dónde seguir:

─Vamos, vamos por acá. Lo que importa es salir de lo más oscuro, un rayo puede caer en alguna de estas ramas y quedaremos todos petrificados como si fuéramos estatuas.

Entonces nos señaló con su dedito índice la ruta a seguir, pero como estaba muy oscuro no lográbamos ver hacia dónde. Yo iba con Paulina atrás y Pablo llevaba a Julián.

Paulina, que en ese momento se dio cuenta que no era una tormenta, no había ni relámpagos, ni truenos, ni lluvia, comenzó a temblar como una vara en un día de viento norte. Casi me tira de la yegua, entonces yo queriendo tranquilizarla paré a la fuerza a la Pocha y dándome vuelta, la enfrenté gritándole:

─ ¡Dale, nena!, no llores, no tengas miedo, estamos todos juntos y vamos a poder salir de acá, es solo el eclipse del que tanto nos hablaron.

─Pero ¿por qué no nos dijeron que nos iba a encontrar en medio del monte? ¿Y si explota todo, dónde iremos a parar? Yo no quiero morirme, al menos antes de probar las milanesas de Ramona.-

─ ¡Quédate tranquila!─ gritó Julián al que no habíamos oído hasta ese momento.

─ ¿No ves que yo soy el más chico y no lloro? Al tiempo que se hacía pis arriba del zaino.

─ ¡Bueno, bueno! ─gritó Pablo─ síganme a mí, se los dije, yo les voy a enseñar cómo salir de acá.

El hecho es que no se veía nada. Yo también quise poner orden a la expedición rescate pero, en el momento en que iba a gritarles que me hicieran caso, oímos un rumor sordo entre las ramas. Parecía que alguien se nos acercaba sin anunciarse. Todos quedamos como petrificados y convertidos en estatuas. Solo oíamos el respirar agitado de los caballos y a Paulina tiritar. Seguro era una luz mala que se nos acercaba, para iluminarnos el camino. La vimos clarito aunque no veíamos nada. Más tarde, cuando se lo contábamos a la maestra, la describimos igual los cuatro. Era, sin duda, una de las luces malas que acostumbrábamos a ver desde casa, en las noches de verano, cuando nos reuníamos con los tíos viejos a escuchar cuentos del pasado.

Nadie quiso decir nada. La dejamos pasar y luego la seguimos. Pero el monte parecía más tupido que nunca. A medida que avanzábamos, el monte se iba cerrando más y más y la oscuridad duraba.

Entonces Pablo, nos fue llevando, a la vez que entonaba una canción de cuna que le había enseñado la abuela Pancha para que se la cantara a Victoria, nuestra hermana más pequeña. Pablo siempre la que tenía que cuidar y hacer dormir cuando mamá, papá y nosotros nos íbamos al campo con en la época de la zafra de la cebolla.

Creo que en un momento nos adormecimos, sí, seguro, entre la canción de cuna y el bamboleo de los caballos, nos quedamos dormidos. Yo creo que hasta soñé y vi los monstruos del bosque, esos que aparecen en los cuentos, monstruos negros y peludos que nos acechaban de atrás de los troncos, pero entonces, de repente, ¡se hizo la luz! Todo el bosque se iluminó. Un brillo incandescente que casi nos ciega. ¡Quedamos como paralizados!

¡La vida nos volvió en un instante! Todos gritamos a la vez ¡por allá está el camino! ¡Y ya se ve el techo rojo de la escuela! Como niños locos que éramos, azuzamos los caballos y galopamos emocionados hasta llegar a la puerta de nuestro reino.

Pero aquello no era la escuela, parecía una capilla con el techo a dos aguas y la cruz arriba. ¿Qué había sucedido? ¿La habrían cambiado de lugar o nosotros habíamos avanzado hacia otra parte? Confundidos y nuevamente asustados, nos acercamos a la puerta. Pablo entró por la puerta principal que estaba entre abierta. Luego de unos minutos que nos parecieron eternos, volvió riéndose junto a un cura todo vestido de negro que no conocíamos. Este nos señaló la escuela para el lado contrario. ¿Habíamos dado vueltas en el mismo lugar?  ¡Debíamos atravesar nuevamente el monte para llegar a ella! ¡Qué decepción y bronca nos ardía entre los dientes!

Sin embargo, no nos achicamos, los más grandes alentamos a los pequeños y volvimos a cruzarlo. Llegamos, por fin, a la hora del almuerzo. ¡Y Ramona había hecho milanesas! ¡Qué alegría! Otra vez nos sentíamos a nuestras anchas en ese lugar tan querido.

La chica de la revista

Francisca vivía en un pueblo pequeño contorneado por suntuosos cerros. Todas las mañanas, mientras tomaba mate, descansaba la vista en uno de esos gigantes verdes. Le aguardaban varios quehaceres a lo largo del día. Francisca era una mujer fuerte, como el ombú que presidía el sendero hacia a su vivienda, como la nalgada que daba a uno de sus hijos por desobediente, como el aguardiente que bebía su marido al regresar del trabajo. No desperdiciaba lágrimas ante los problemas. Su almohada, en la noche, era testigo de sus quejas por lidiar con cinco hijos revoltosos y con un hombre que solo se ocupaba de traer el pan a la mesa.
No podía ser otra. No sabía hacer algo diferente. Simplemente, copiaba la vida que había observado en su madre y que, según contaba esta, llevaba también su abuela, viuda al terminar la guerra y a cargo de una abultada descendencia.
Francisca solía hacer compras en un almacén luego que sus hijos partían para la escuela. Se anudaba un pañuelo a la cabeza, tomaba una bolsa y salía a transitar los caminos de tierra rumbo al centro del pueblo. No tenía tiempo para alisarse el vestido o poner un vistoso broche en sus cabellos, apenas se miraba al espejo. Debía apurarse, al mediodía, la olla de guiso tendría que estar colocada en medio de la mesa para calmar el apetito de su familia. Siempre que podía se detenía un rato en el quiosco de la plaza a hojear alguna revista, luego de visitar la imagen de San Martín de Porres que dominaba la nave central de la iglesia. Parada se obligaba a rezar por el bienestar de su familia. Una mañana, a comienzo del mes, pudo darse el lujo de comprar una de las revistas que tanto deseaba. La enrolló cuidadosamente y la colocó en el bolso junto a los comestibles. Durante la ineludible siesta de la primera hora de la tarde, se recostó a leerla con mucho interés. A su lado, los aparatosos ronquidos que profería su marido no lograban distraerla de la fascinación que sentía al dar vuelta una a una las lustrosas páginas. Vidas tan ajenas a ella se desplegaban ante sus ojos a través de fotografías de lugares exóticos que nunca hubiera imaginado, mesas servidas con gran elegancia, automóviles fastuosos que nunca había visto rondar por el pueblo.
Una página entera mostraba la imagen de una chica vestida con un ajustado vestido rojo con tajo y sandalias al tono. Un moño bajo y elegante dejaba al descubierto unos pendientes de rubí y plata esterlina. Miraba sonriente a la cámara y en su mano derecha sostenía triunfante una estatuilla, como premio a su actuación en una película. Francisca quedó impactada por la sonrisa de la chica: amplia, radiante, transmitiendo alegría. ¿Podría alguien estar tan feliz por algo que había hecho? Instintivamente, se llevó las manos al rostro y acarició su boca. Era recta y con las comisuras un tanto decaídas, sin esos graciosos hoyuelos que se formaban en la cara de la chica. Cayó en la cuenta que ella difícilmente sonreía. ¿Alguna vez se había reído por puro placer? ¿Alguna vez había sonreído satisfecha al terminar de planchar una montaña de ropa? ¿Alguna vez había sentido felicidad cuándo sus hijos traían buenas notas? ¿Alguna vez le habían brillado los ojos las pocas veces en que su marido elogiaba sus comidas? ¡Con qué gracia llevaba su atuendo esa chica!
De repente, sintió un gran hastío ante la visión de la pollera verde de algodón, de la blusa campesina y de su pañuelo floreado doblados cuidadosamente en el ropero. Los halló viejos, deslucidos. Se miró las manos curtidas de sol y detergente, sus piernas rollizas cubiertas de fina vellosidad, sus cabellos atados en una coleta. Las uñas de sus pies, cansadas de tanto trajín, pedían a gritos una delicada mano de pintura. ¿Cuándo había sido la última vez que se había esmaltado las uñas? Quizás… ese día que estrenó las sandalias para el bautismo de su hija menor. ¿Cuándo había sido la última vez que se había perfumado? Quizás… ese día que su hijo mayor le había traído un perfumito de contrabando. Aún tenía el frasco casi lleno.
El sueño terminó por vencerla, la revista cayó a un lado de la cama. Al despertarse, sintió nostalgia por el tiempo perdido y por la mujer que podría haber sido. Se dirigió al fogón a calentar agua para el mate, buscó la grasa y la harina. Prepararía unas tortas fritas. Tenían que estar prontas para cuando su marido y sus hijos se levantaran de la siesta.

En memoria de mi bisabuela materna

Espejitos de colores

Cómo era la palabra, cómo se decía…
Papá me tomaba de la mano, caminábamos por la avenida Santa Fe. Yo llevaba un tapadito y una gorrita de piel; veníamos del teatro, de ver una compañía rusa de baile.
Cuál era esa palabra. Un tubo… con espejitos adentro, ya casi lo tengo… debo concentrarme un poco más, vamos, vamos, un tubo, espejitos, lo levantaba hacia la luz y miraba adentro, cómo se llamaba, lo tengo en la punta de la lengua…
Papá caminaba a pasos largos y seguros; yo correteaba a su lado, feliz, mientras levantaba la cara para hablarle…
Ahora no recuerdo esa palabra, como no recuerdo otras.
La bailarina tenía una trenza muy larga y gruesa, trigueña, de utilería, que le llegaba casi hasta los pies.
Ahora sí, un tubo de cartón con espejitos y vidrios de colores que al mirar al sol veías una forma y si lo movías, girando, despacio, cambiaba…
La telaraña.
En mi cabeza tengo una telaraña de palabras que une mis recuerdos, los de ayer, los de hoy, los que estoy creando para mañana. Voy y vengo por esta trama de sinapsis buscando palabras perdidas, olvidadas en la oscuridad de mi mente. Encuentro algunas, dispersas; las deshecho y sigo buscando la del nombre olvidado.
Allá, a lo lejos, algo anda rompiendo uniones, borrando recuerdos. Allá, a lo lejos, había palabras que me decían quién fui, qué hice de mis días. Pero lo que anda por ahí las borra, las ahuyenta.
¡No! No me digas nada, no me molestes… qué hacés en mi cabeza… no te conozco…
¡No! No te acerques. Cuidado con mi telaraña, es muy sensible y frágil. Podrías destruirla… Allá, a lo lejos, la telaraña suelta los hilos mientras la oscuridad avanza.
Mi nombre desapareció en ella hace mucho tiempo.
El tubo con vidrios de colores…
Papá, no me sueltes, que esta calle es muy grande y me da miedo la gente…

¡Apurate, Mauricio!

— Buen día, querido… ¡Mirá! qué hermoso sol, qué cielo azul —dice Esperanza mientras levanta la persiana del dormitorio. Abrí los ojos, te traje el desayuno —pone una bandeja en la enorme cama de matrimonio, sobre un acolchado blanco, tan impecable que parece una nube de algodón. Mirá estos margaritones que recién corté del jardín, hacen juego con el jugo de naranja… Pero, ¡abrí los ojos!, no te pierdas esta hermosa mañana, es sábado, vamos a disfrutar este maravilloso fin de semana que nos regala la vida… además este desayuno, vale la pena, te lo preparé con el inmenso amor que te tengo, mi amor.

Mauricio se mueve en la cama pero solo para darse vuelta y darle la espalda. Se acomoda la almohada y parece que sigue durmiendo.

— Buen día, Mauricio, amor, tienes que despertarte, es sábado, no podemos dejar pasar esta mañana que Dios nos regala, esta mañana de primavera y luz —se acerca por el lado de la cama que ha dejado la bandeja, se hinca muy cerca de él, le da un beso suave en la mejilla, luego lo sacude, tomándole del brazo que Mauricio ha dejado fuera del acolchado. ¡Mauricio! Por favor, ¡levantate! Tengo planeadas muchas cosas para hacer el sábado y también para el domingo, no podés hacerme ésto…

Mauricio entreabre un ojo, el que se le ve, el otro lo tiene apoyado sobre la almohada, intenta mirarla entre la nebulosa que es todavía su sueño y trata de emitir unas palabras que le salen como burbujas, con un leve sonido que Esperanza ya conoce.

— ¡Mauricio! por favor, levantate, despertate, ¡se te enfría el café! y además… te esperan tantas novedades en casa… Mauricio no me hagas esto, ya lo teníamos planeado. Al final, todos los sábados la misma cantaleta. Estoy harta, no me haces caso, yo siempre tengo que cargar con todo… los nenes ya se fueron al baby futbol, Silvana hace rato que mira los dibujitos en la sala y ¿tú…!

Mauricio hace un enorme esfuerzo y se incorpora un poco tirando para un costado las sábanas y acolchado que lo tapan. Logra murmurar con monosílabos:

— Ya voy, ya voy… dejame un poquito más, es que todos los días… — se oye un leve suspiro forzado – todos los días me levanto muy temprano…

— ¡Callate, Mauricio! Qué sabrás lo que es levantarse temprano, si siempre te dejo durmiendo, yo sí que sé lo que es madrugar. Vas a decirme  a mí… marco tarjeta en el Sanatorio a las 6 de la mañana, a las 12:30 ya estoy en la puerta de la escuela, a la 1 y cuarto estamos almorzando con los nenes, a las 2 y cuarto los dejo en el club, a las 3 entro en la médica, a las 7 y media paso a buscar a los nenes por lo de los abuelos, a las 8 y media estamos cenando y todavía me queda tiempo para ordenar la casa, controlar que los deberes de los chicos estén bien  y servirte un whisky cuando llegás… y eso, encima  cuando no venís “cachondo” y querés seguir el juego, también te tengo que atender, hacerte masajes, prepararte el baño y …, en fin, acostarme contigo y fingir que también disfruto…

Mauricio termina abriendo los ojos que se los refriega con las manos, se sienta en la cama y acerca la bandeja hacia su regazo intentando sonreír… Toma un sorbo de café, intenta agarrar una tostada y la muerde sin ganas.

—Mi amor, siempre son reclamos, es la vida que elegiste…

— Y tú también… o cuando éramos novios ¿no soñabas con una gran familia alrededor de la mesa?… y ahora, cuando estamos todos alrededor de la mesa, no parás, ni siquiera los domingos que apurás los ravioles para irte al estadio con tus amigos…

— Esperanza, no seas así…

Engulle la tostada que ni siquiera pudo untarla, amaga tomar el vaso del jugo.

—Mauricio, apurá el café que tenemos mucho que hacer, levantate, vestite, ponete el equipo deportivo viejo, así empezamos por el garaje y el jardín, tenemos que cortar el pasto, regar las plantas, acomodar los cachivaches que ya no sé cómo acomodarlos, deberíamos tirar todo, son todas porquerías tuyas que nunca usas y los juguetes rotos de los chicos, siempre decís que los vas a arreglar y ni siquiera intentas hacerlo, tenemos que ver qué tiramos, lavar el piso, sí, eso mismo, que vos también engrasás con la camioneta, esa cachila que tenés, no sé cómo no la cambiás, ya nos queda chica y, además, la mugre que hace, después te quejas que te hago lavar el piso todos los sábados, es que es una porquería, vive perdiendo aceite y qué sé yo cuántas cosas más y vos siempre diciendo que no nos alcanza la plata, que no podemos ahorrar, en fin, yo trabajo todo el día, tú podrías conseguirte otro trabajito por ahí, para la noche o los fines de semana o sino pelear para que te suban el sueldo, tan amigo que sos de tu jefe…

— Esperanza…

— Bueno, dale, levantate, ¡te estás poniendo los championes al revés! ¡Ay, diosito santo! ¡Qué hombre me tocó en la vida…!

— Esperanza, estoy cansado, no me desperté del todo aún, dejame un poco tranqui…

—Mauricio, ya deberías estar pintando las persianas del dormitorio de los chicos, se caen a pedazos, y todavía tengo que aguantar que la vecina de al lado me las critique, haciéndose la boba, ¡falluta, cretina! las mira, las señala y muy sonriente e irónica me dice “buen día vecina, no tendrá un tarrito de pintura para pasarles… no lucen muy bien… con lo linda que es su casa…”.  Y yo tengo que sonreírle, grrr… sonreírle para no pelearme, siento la envidia en su cara, o contarle que mi marido es un haragán que se pasa el sábado dando vueltas y nunca me hace caso en lo que le pido. Mauricio, por favor, andate al garaje y empezá por ahí, luego nos queda subir al techo y ver lo de la gotera, bañar a los perros, barrer el fondo, ¡ah! y los vidrios de la cocina, son muy altos, yo no puedo con ellos, tienen una mugre que ya no se ve para afuera… y el extractor, que me tenés a cuento, que cuando llegue la primavera, que cuando llegue el verano y así pasa el tiempo y la grasa ya chorrea por todos lados y, además, es por tu culpa porque decime ¿a quién le gusta comer churrasquitos y papas fritas dos veces por semana? seguro que no es a mí,  que siempre estoy haciendo dieta .

— Esperanza, por favor, dejame preparar el mate y sentarme un ratito con la nena…

— ¡Ni te pienses! No podemos perder tiempo, dentro de una hora tenés que ir a buscar a los gurises al futbol, yo ya me sacrifiqué madrugando para llevarlos… luego, prender el fuego, hacer el asado pero, antes, ir a comprar la carne, cuando vuelvas de la cancha pasas por la carnicería. Ah… no te dije, hoy vienen mis padres a almorzar, bastante  se sacrifican yendo a buscar a sus nietos todos los días al club y ayudándolos a hacer los deberes, además, ya sabés, mamá me trae toda la fruta, pasa por la feria… y después no me la quiere cobrar.

— Esperanza, no puedo con todo… tus padres, asadito, los chicos, mandados, murmura entre dientes aún sentado en la cama intentando atarse los championes.

En eso está, cuando Esperanza tironea de las sábanas para deshacer la cama y, a empujones, casi lo tira haciéndolo tambalear antes de pararse…

— Ahora, vas a hacer la cama y vas a poner las sábanas en la lavadora, ¡ah! y no te olvides de poner tus camisas sino luego no las tenés limpias para plancharlas mañana mientras mirás los deportes en la tele.

— Esperanza, estoy agotado, ya no quiero escucharte más —logra esbozar estas palabras intentando poner un tono dulce que no le sale.

— ¡Cómo que no podés! ¿No sos el hombre de la casa? ¡Por favor! No te hagas el vivo, me tenés cansada, cualquier día de estos, te tiro como un bulto a la calle con todos tus petates —y aprovecha a tirarle el bulto de sábanas que Mauricio ataja con desgano.

Mauricio sale y se dirige a la cocina donde está la lavadora. Debajo del brazo lleva las sábanas y, en la otra mano, lleva la bandeja del desayuno sin terminar que deja sobre la mesada. En sus hombros, cuelgan las camisas sucias, pone la ropa dentro de la lavadora, la prende y lava lo de su desayuno y, de paso, todo lo que hay en la pileta de la cocina. Se seca las manos con un repasador. En eso, llega Esperanza y le recrimina que ha usado el repasador limpio recién puesto. Él no le contesta nada.

Sale al jardín por la puerta de atrás, respira hondo y murmura fuerte:

¡No la aguanto más! ¡No la aguanto más! si no fuera por los chicos… Ahora mismo la ahorcaba…

Va hasta el garaje, en eso, uno de los perros, un enorme pastor alemán le salta casi al cuello en un gesto que parece cariñoso, él intenta sacárselo de encima.

Todavía esto.

— ¡Mauricio! ¡Mauricio! — grita Esperanza desde la puerta de la cocina —dejá de jugar con el Sultán y andá al garaje, empezá por ahí… ¡Dale!, no nos va a dar la mañana para hacer todo lo que tenemos que hacer, la casa es un desastre y, luego, mi madre siempre termina comparándome con mi hermana, o con mis primas que es peor, que ellas tienen todo impecable que no sabe cómo hacen. Siempre me dice “Esperanza, con ese marido que tenés, que no sirve para nada, que no está nunca y nunca te da una mano… no sé cómo elegiste eso…” y chacate y chacate.

Mauricio ya no la escucha, entra al garaje, revuelve cosas que parecen trastos viejos y, debajo de ellos, ubica una caja de zapatos. La abre. Allí, aparece un engranaje.  Él lo está preparando desde hace tiempo a escondidas, cuando puede, son pocos los ratos que le puede dedicar sin que lo vea, pera ya casi está pronto, entonces se dice así mismo:  

 Mañana, sí, mañana, tengo que sacar a los chicos, me los tengo que llevar, mañana, sí, mañana, en la tarde. Silvana tiene un cumpleaños de una compañerita, la dejo ahí. Después, me llevo a los gurises al futbol y convenzo a Esperanza para que me espere en casa, dejo todo preparado y a la hora marcada … ¡PUMBA!¡El barrio se va a enterar de nuestro dulce hogar! ¡Y con ella adentro…! ¡Qué placer! No verla más, no escucharla más…Vuelvo del futbol, levanto a Silvana del cumple y nos vamos a Minas a casa de mis padres. Veremos después como sigue esta película…

Mejor, en el infierno…

Marta y Alberto se casaron un día espléndido de primavera. Pasaron su luna de miel en un maravilloso lugar. Fueron siete días extravagantes en la Rivera Maya. Ya de regreso, volvieron, directamente, a vivir a la casa de la mamá de él porque era grande y espaciosa.

Llegaron a ese “PARAISO” un domingo. Mamá Cordelia los estaba esperando.

—Te preparé el cuarto de arriba, querido. El que a vos te gusta. Lleven las valijas. Disculpame, Marta pero el abrigo que dejaste sobre la silla mejor colgalo en el perchero de la entrada, yo soy muy ordenada. Ay, por favor, sáquense los zapatos para subir. Allí, les dejé un par de pantuflas para cada uno, los zapatos me rayan los pisos.

Al entrar en el dormitorio, Marta y Alberto se dan cuenta que Mamá Cordela los había acompañado.

—Compré otra cama chica y la junté con la tuya así están más cómodos, los espero en la cocina para preparar la cena.

Cuando cierra la puerta para irse, la cara de Marta se había transformado. ¡No podía creerlo!

—No siempre es así, eh —le dice Alberto un poco avergonzado.

—Espero que sea cierto.

Marta arreglaba la ropa en silencio y pensaba, No puedo creer lo que está pasando.

Cuando llegan a la cocina…

— ¡Cuánto demoraron! Espero que no crean que voy a ser su sirvienta, jajaja. Es mejor que sepan que tengo reglas en mi casa y para evitar problemas, ¿no? Es bueno que las sigan. Sé que es triste pero la luna de miel ya terminó.

Así comenzó la convivencia de la nueva pareja con la madre de Alberto.

Días de mucha tensión con la comida y la repetición permanente de frases.

“¡Hacela así!” “Es como yo se la hago a Albertito y a él le gusta”.

“No le pongas mucho jabón al lavarropas. Hay que aprender ahorrar”.

“La luz no puede quedar prendida por gusto está muy cara”.

“El ahorro es la base de la fortuna”.

Todas palabras o frases sabias de esta madre protectora de su hijo único.

Así, fueron pasando los días. Entre órdenes y consejos, siempre protegiendo a su hijito y corrigiendo a Marta quien se había transformado en una olla de presión a punto de explotar.

¡Y, sí, que explotó!

Una noche, estando en su cuarto, entra Cordelia sin golpear y le dice.

—Está pronta la cena y Martita no me ayudaste. Bajen ya que se enfría.

Marta, mirando a Alberto con ojos ensangrentados y rostro desencajado, le dice:

— ¡Nos vamos, ya!

— ¿A dónde vamos a ir un sábado de noche?

—Andá vos solo a comer y decile que mañana nos vamos.

Cuando llega a la cocina, la mamá le pregunta:

—Marta, ¿no baja?

Alberto no sabe cómo decirle a la madre y miente.

—No, no se siente bien.

—Sí, yo la veo muy debilucha.

Después de comer, sube a su cuarto. Sin decir palabra, evitando la mirada de su esposa empieza a ponerse el pijama. Cuando llega:

— ¿Le dijiste?

—No, no pude.

—Entonces, yo me voy sola. ¡No aguanto más!

—No, yo también me voy.

El domingo salieron temprano, compraron el diario y miraron los clasificados, para marcar los apartamentos y salir el lunes a verlos. El lunes encontraron, de casualidad, un traspaso. Una muchacha necesitaba mudarse a otra ciudad. El apartamento estaba perfecto y muy cerca del trabajo de Alberto. El martes, juntaron todas sus pertenencias y se mudaron a pesar de la insistencia de Cordelia de que se quedaran.

— ¿Se van? ¿Dónde van a estar mejor que aquí? —les dice la mamá a Alberto sollozando desde la puerta.

— ¡En el infierno! —se escuchó al unísono.

 

El mandato

Yo creía que no necesitaba más y estaba muy conforme con mi mismo. Hasta hoy, y sin habérmelo propuesto demasiado, es decir viviendo nomás, tenía la sensación de haber vivido un continuo crecer. No lo he hecho pero, si me hubiera detenido un instante para mirar hacia atrás, para mirar hacia atrás en sentido figurado claro, y hacer un repaso de los años posibles de recordar, estoy seguro que habría quedado satisfecho.

La calle está casi vacía. Y puedo sentir el aire helado trepidando mi interior. Es que hace mucho frío y una llovizna finita pero contundente completa el cuadro inhóspito en la ciudad gris y empapada. Eso del lado de afuera, claro, adentro no, adentro de las casas es otra cosa. Yo no puedo ver pero, a juzgar por las chimeneas, en casi todas hay una estufa encendida, fuego y calor.

Y fue eso lo que me hizo salir a la calle hoy. La estufa.

Yo estaba adentro también. A esa hora, cuando recién oscurece, siempre estoy en casa. Y en esta época, lo primero que hago cuando llego de trabajar es encender la estufa. Acomodo la leña a modo de casita, con dos palos gruesos a los costados que funcionan como si fueran las paredes  y otras maderas finas arriba, que vendría a ser el techo que tengo que quemar. Y abajo, en el hueco que me queda, coloco papel, abundante papel encendido, hasta que logro que las primeras leñas ardan. Ahí lo dejo y el resto se hace solo.

En eso estaba hace un rato, disfrutando de mi ritual solitario cuando, de repente, comprendí que las manos que acomodaban la leña no eran mis manos. Se movían solas con absoluta habilidad y destreza. Torneaban el papel para que quemara más lento, humedecían la ceniza vieja de la noche anterior con querosén y raspaban un fósforo en el mismo ladrillo de la estufa para que encendiera de una sola vez multiplicando su llama en la pira. No sé cuántos minutos estuve absorto observándolas y juro que no eran mis manos, eran las manos de mi viejo.

Yo tenía cinco o seis años aquel año que estuve varias noches parado a su lado, observándolo, hasta que solo, sin que nadie me ayudara, pude prender el fuego. Y, desde esa noche, fui el encargado de hacerlo por mucho tiempo. Me sentía orgulloso y, luego, me pasaba hasta una hora sentado frente a la llama, mirándola nomás.

Siempre pensé que, de todos mis hermanos, yo era el que menos tenía algo de mi padre. De mi madre en cambio no, yo era igual a ella. O, por lo menos, así siempre lo vi yo. Me identificaba con ella a cada instante, en su forma de ver las cosas, en su manera de encarar las dificultades, hasta en su risa me encontraba parecido a ella. Y a mí me gustaba, me hacía sentir muy bien. Pero de mi viejo, aunque buscaba, no me encontraba nada. Nunca me gustó el fútbol, ni pescar y, mucho menos, la política que a él le encantaba.

Por eso, le tiré un balde de agua al fuego. Lo apagué. Y salí a la calle a caminar por el frío. En mis manos había visto a mi padre y yo no quería ser como él. Además,  él siempre prefirió a mis hermanos que lo acompañaban en todo. A mí no me gustaba que fuera tan débil, tan llorón. Por fuera era muy duro, grande y rezongaba. Pero, por dentro, se quebraba con facilidad. Mi madre era la que siempre lo levantaba. Y, cada vez que se sentía confundido o irritado, salía a la calle a caminar. Si hacía frío mejor. El decía que el viento fresco enfriaba el alma y aclaraba las ideas. Luego, volvía calmado y mi vieja siempre lo esperaba para cenar. Yo también esperaba que él llegara, si no, no me podía dormir.

Eso sí, era un hombre bueno, de una sola pieza. Tenía palabra y la cumplía. Para él no existían los matices, su razonamiento era binario. Cero o uno. Blanco o negro. La que lo hacía entrar en razón era mi madre.

Pero yo nunca quise parecerme a él. Siempre pensé que la vida moderna necesitaba personas flexibles, que supieran perdonar y adaptarse a las circunstancias. Es mejor acomodar el cuerpo y permanecer dentro, que endurecerse y quedar afuera.

Hoy de mañana, me pasó lo mismo, creí ver a mi viejo, pero pensé que había sido solo casualidad. Cuando en el comedor del trabajo saqué mi vianda y Urioste me tomó el pelo porque llevaba cuatro huevos duros como único almuerzo. Yo me enojé. Y si no fuera porque Benítez nos separó, todavía le estaba pegando al idiota, que siempre se está riendo de alguien. Y cuando lo tenía ahí agarrado de las solapas, me acordé de la anécdota que siempre contaba mi padre. Esa vez que en el trabajo se peleó con el capataz del ferrocarril porque se rió de la comida que llevaba. Estuvo a punto que lo echaran, pero se sentía orgulloso de haberse hecho respetar. Nunca más nadie se metió con él.

Yo también me sentí orgulloso hoy. A ese imbécil hace tiempo que le tengo ganas. Y mis compañeros me dieron la razón.

Y la semana pasada el lío que tuve en el ómnibus, cuando aquel tipo que se creía canchero se metió con Elisa, mi compañera de trabajo. Yo lo quería hacer bajar a pelear. Pero el tipo echó para atrás y se quedó quietito en su asiento. Es increíble cómo se dan las cosas. Mi viejo siempre contaba que a él le pasó algo igual, pero se habían metido con mi madre que era su novia.

Mi padre no se culpaba, decía que cada uno es como es y responde a su mandato. Él siempre hablaba de eso, decía que es imposible escapar de la sangre. Que tarde o temprano siempre nos llega.

Hace frío y ahora me siento mejor. Estoy empapado, pero no me importa.

Me siento más relajado, tranquilo. Creo que es hora de volver a casa a encender la estufa.

Marrón

Personaje gris, quizás le vaya mejor el marrón, o un indefinido entre los dos colores.
Así era la vida de Juan, la casa de Juan, la mujer de Juan, los hijos de Juan, la madre de Juan. Nada tenía color. Tampoco lo buscaba
Entregado a la miseria y a la desidia; conseguía alguna changa de vez en cuando, con lo que iba tirando. Se dejaba llevar así… por la mediocridad y el mal trato que recibía de los que lo rodeaban.
La madre y la mujer con aquel: “No servís para nada” “Hace algo, yo no puedo con todo, friego en casa, friego afuera de casa y vos ahí tirado, fumando, tomando mate, mirando el techo, ¡hace algooo!” o “M ‘ hijo siempre estás esperando que te vengan a buscar para ir a trabajar. Es uno el que tiene que encontrar”, le decía la vieja ya harta de tanta haraganería mientras ella, a pesar de sus años, apechugaba en gran medida ayudando a la familia.
Juan siempre soñaba. Sus pensamientos se iban más lejos cuanto más lo cargaban de responsabilidades. Él quería hacer algo grande.
Ellas hablaban y él soñaba, deliraba, gozaba, imaginaba. No las escuchaba, por suerte.
El martes subió al ómnibus, volvía de una changa a las 9 de la noche desde la Ciudad Vieja. Ya no había tanta gente, diez o quince pasajeros.
Él vio clarito cuando se subió el chorro, conocía bien el elemento.
El tipo a cara descubierta, sin pudor – ¿para qué?-, levantó a una chica en vilo, la sujetó violentamente y le puso una sevillana en el cuello, todo en segundos.
Gritó nervioso, con movimientos bruscos, “se sacan todo, plata celulares, anillos, todoooooo o esta la queda”. Al conductor le avisó que ni se le ocurriera parar porque el final sería sangriento.
“Vos, vos, tarado”, le dijo a Juan, “junta todo, junta todo, rapidito”.
Otro más que ni me conoce y me trata de tarado pensó Juan, ya, como siempre, entregado.
Juan recogió todo lo que la gente le iba dando, con cuidado se dirigió al frente del ómnibus en movimiento y así fue, en una curva, aprovechó a tirarse a los pies de la chica, lo que desestabilizó al chorro, haciéndolo caer.
Juan forcejeó con el tipo hasta que el conductor frenó de golpe y la sevillana se le clavó en la espalda al delincuente y entre más de uno pudieron con él.
Se llevó las palmadas y el reconocimiento como un héroe.
Héroe en su imaginación, en su mundo onírico, en algún lado… por favor.
Estaba tan cansado que se durmió.

Secretos de familia

“La pizarra, de Losacio
de Sanabria las maderas,
la piedra de Sobradillo
y el barro de Pereruela”

Joaquin del Barco Historia
Zambra en Cantares

Desde muy joven doña Trinidad había aprendido el oficio. Desde muy joven, al igual que su madre y su abuela, el barro en sus manos era manipulado con maestría innata. Don Elías, su esposo, dedicaba las pocas horas que le quedaban del día en hornear las cazuelas y crisoles.
En la provincia de Zamora, en el pueblo de Pereruela, las mujeres eran las únicas alfareras. Los hombres eran los responsables del horneado y la venta de las piezas de barro original y sin barnizar como un amanecer sin sol. L
a vieja alfarera llegaba a una edad en que el trabajo se le hacía dificultoso y decidió poner a su única hija a aprender. La muchacha, de apenas 15 años, nada quería saber de ese oficio y se negó rotundamente. Don Elías al regresar de su jornada laboriosa en el campo la reprendió por su desobediencia. Su castigo fue encerrarla en una vieja habitación al fondo de la casa en donde no vería la luz del sol. Solamente recibiría una taza de leche y una hogaza de pan al día hasta doblegar su carácter y decidiera colaborar.
Durante varias noches, don Elías llevaba el magro alimento a su hija y regresaba con la misma respuesta negativa. Era una alma dura de quebrantar mientras la salud de su mujer se debilitaba. Las rodillas hinchadas, enfermas acusando largas jornadas apoyadas en el piso frente a la pieza y sus brazos cansinos de millones de vueltas a la rueda en forma manual.
Doña Trinidad pedía a su esposo que sacara del encierro a la muchacha alegando que ya era suficiente el castigo. Sin embargo, el castigo fue recrudeciendo y los alimentos comenzaron a ser llevados en tiempos cada vez más espaciados.
Una mañana de otoño, un desgarrador grito despertó a don Elías. El grito venía desde el fondo. Aceleró el paso mientras su cabeza trataba de hacer memoria. Trató de abrir la puerta rápidamente. Estupefacto con la imagen que la habitación le devolvía.
Trinidad despertó sintiendo un sollozo al otro lado de la puerta. Para cuando se pudo poner de pie y acercarse; don Elías secaba las lágrimas de la hija con su viejo pañuelo mientras acariciaba el vientre prominente de ella.

Casi un suicidio

-Me parece espantoso que vivas tan desacomodado. No te estoy hablando del caos del dormitorio, ni de la palangana grasienta de la cocina, ni del patio con más tierra que plantas. Te estoy hablando de que vos ya no tenés remedio para salirte de la situación en que estás. Dejá todo a un lado y empezá de nuevo. Olvidate de que fuiste rico, que vivías como un payá y desperdiciabas la guita en lo que se te antojaba. Olvidate de que las minas morían por tu voz y que cuando te conocían las matabas con tu timidez. Todas jugaban a las madres contigo cuando las llevabas a la cama. Les despertabas entre pasión y besos, el instinto de protección, y dejaban todo lo que tenían a tu disposición. A más de una la dejaste en la ruina. Se acabaron esos tiempos, viejo. Ya nadie te presta un mango, mucho menos una mina porque, para ellas, sos invisible. Da vuelta la hoja, y acomodate. Ahora vas a tener que laburar. ¿Te acordás de aquello de que “todo bicho que camina, va a parar al asador”?, vos vas a tener que caer en una oficina pública. Desde que te conozco sos un bueno para nada. Así que, despertate y empezá a buscar empleo. Si no servís para nada, mejor, mucho mejor, vas a tener más posibilidades para muchas cosas donde no se requiere a nadie que sirva para algo. Y desde ahora en adelante, ni se te ocurra timbear para probar suerte. Los pocos pesos que tenés, no los arriesgas más ni a la ruleta, la raspadita, el 5 de Oro o cualquier pozo de plata. Te lo digo en serio, no vas a poder pasar ni a tres cuadras de los lugares de riesgo. Y nada de trampas, aquí estamos parados en un todo o nada, o me hacés caso o morite. Ya llegaste al límite de mi paciencia y tocó fondo. Ya vendiste todo lo que heredaste de los viejos, hasta el marco de la fotografía lo mandaste a remate. Si hubieran dado con el precio, hasta tu alma, habrías vendido. Te pasaste de bohemio, viejo; ahora sos un linyera. Y no es por alabarte pero ni siquiera te queda un rasgo de inteligencia, aquélla que cuando éramos chicos, usabas para torturarme frente a papá y mamá, mientras yo tragaba dolor y rabia. Fijate hermano, si te acordás del tu bi or no tu bi, el que usabas cada vez que te la jugabas para embromar a otro, como cuando te salieron de garantía y nunca pagaste el alquiler, o como cuando alquilaste un coche y chocaste y lo devolviste como nuevo con remiendos ocultos. Siempre fuiste un cachafaz pero aún así, te prefirieron. Bueno, ahora sabelo, no vas a vivir más de mí. Me borro, mejor dicho borrate vos de mi vida. No me molestes más porque no existo. Esa es mi forma de ayudarte. Allá vos con tu escala de valores.

Ganate la vida, zopenco. ¡Pará! ¿Qué hacés? ¡Pará un poco! Dejá eso, che, no jugués. ¿No sabés que a las armas las carga el diablo? Dejala y escuchá. ¿Te acordás del tío Perico, que tanto embromó jugando a la ruleta rusa y que al final se pegó un tiro? El tío Perico, tu preferido. El que te llevaba de viaje a Europa todos lo años, el que te malcrió y te dio todos los vicios, el que te hizo creer ganador de cuanta mujer se te cruzara. El que te metía contrabando en la maleta y después repartían las ganancias. ¿Te creés que no lo sabía? ¿Y que no sabía que era marica y vos lo ayudabas? Pará, loco, ¿qué hacés? Dejá el arma te digo, no apuntés ni en broma, no es un juguete. Ni siquiera sabés si está cargada. No, loco, no saqués el seguro, no, no, no ¿qué haces? pará, pará, pará, pa…

El celular

A punto de la desesperación, arrastrando un desasosiego evidente, Sergio se dejó caer pesadamente en el sillón.
-¿Qué te pasa? Tenés una cara de velorio total ?le dijo Alejandra su esposa.
-Perdí el celular.
-¡Oh! ¿Dónde?
-¡Pregunta boluda! ¡Qué sé yo dónde! Si supiera ya lo tendría, ¿no te parece?
-¡Qué mala onda! Pensá bien dónde estuviste.
-Ya llamé a todos los lugares donde estuve, que no fueron más de tres y ¡nada!
-¿Llamaste a tu número? Capaz que alguien lo encontró y podés arreglar que te lo devuelva.
-¡Otra idea boluda! ¡Claro que llamé! Fue lo primero que hice ¿te pensás que soy idiota?
-Bueno afloja que yo no tengo la culpa. ¡Sos insoportable!
-¡Qué mierda! ¡Tengo mi vida en ese celular! Me tiene mal que desapareció y lo único que hacés es joderme.
En medio de la discusión suena el teléfono de la casa.
-Hola encontré un celular ¿puede que sea de alguien que vive en esa casa? ?dijo una voz femenina y joven.
-Sí, es mío -dijo Sergio, saltando de euforia. Un Samsung Galaxy Alpha, color gris aluminio.
-Sí, es ese que bien ¿cómo podemos arreglar?
-Dígame dónde está y lo voy a buscar ya.
-No me ha entendido señor. Le pregunto ¿cómo vamos a arreglar para que se haga de su celular?
-¡Ah! Entiendo. Querés cobrar. ¿Cuánto querés piba?
-Bueno dígame usted ¿cuánto está dispuesto a pagar para recuperarlo?
-Antes que nada te digo que me parece de una bajeza total lo tuyo. Aprovecharse de otro es denigrante. Abusás de tu posición. Ese celular no vale más de 5 mil pesos, ya tiene unos dos años de uso. Te puedo dar 2 mil pesos y eso haciéndote un favor enorme.
-Señor no piense en el aparato, piense en lo que contiene. Sus datos, sus contactos, sus fotos y sus videos… en especial algunos.
Sergio quedó mudo, no se esperaba eso.
-Y le recuerdo que también hay fotos que… me imagino su esposa no debe saber.
-¿Cuánto querés?
-Pensaba en cincuenta mil pero… ahora dudo sino pedirle más.
-Ni soñar, no tengo ese dinero. Me querés chantajear y eso es inmoral.
-Su moral es dudosa Señor, basta ver los videos. También es inmoral mentir… a su esposa…a mí… pues sus cuentas bancarias dicen otra cosa.
-¿Cómo sabés eso? Nadie puede acceder a mis cuentas.
-Señor la gente es muy tonta y usa la misma clave de seguridad para todo, y usted no es la excepción. Fue fácil descubrir su clave. Usted dirá. Probemos su inteligencia.
-Necesito tiempo.
-Mañana al mediodía, es lo más que le doy.
Sergio se dio cuenta que no tenía alternativas, pagaba o su esposa se enteraría de todo. Pero, si pagaba seguramente lo seguirían extorsionando.
Esa noche le contó todo a Alejandra, con lujo de detalles.
Fue el fin.
Al mediodía siguiente sonó el teléfono, Sergio ya sabía qué hacer.
-Bien señor, ¿qué decidió?
-No quiero el celular, ya no lo necesito.
-Muy bien. Alejandra ya tiene la grabación de su confesión. Lo único que la impulsó fue saber la verdad. Puede encontrar su celular en una caja de zapatos en el placar de su dormitorio, siempre estuvo allí.
Le deseo buena vida. Y colgó.