Silencio revelador

¡Hace tanto que te lo pido! Lo de anoche fue terrible, insoportable. No quiero que se repita nunca, nunca más. Tenés que prometerme que es la última vez que pasamos por esto. Y…, ¿sabés?,  no sólo lo digo por vos y por mí, sino también por ella. Estoy con pena, una profunda pena por los tres. Estuve pensando que, si yo estuviera en su lugar, actuaría tal cuál lo hace. Pelearía por tu amor, por vos, a cualquier hora, en cualquier lugar, borracha, como estaba ella, o lúcida y hasta dormida.

Una noche soñé que te perdía, ¿te acordás? Fue aquella noche en que me morí de celos porque miraste a la mujer de tu jefe con mucha admiración. En el sueño me transformaba en un ave de rapiñaba, te seguía desde el aire y observaba todos tus movimientos para poder atacarte,  sacarte los ojos, vengarme por lo que habían mirado, borrarles la pasión que los había iluminado.

Yo la entiendo. Pero esto se tiene que acabar y ya. El escándalo fue demasiado grande. Nuestros amigos, los vecinos, los chicos, todos involucrados en una escena de terror mayúscula. ¿Por qué llegar a esto? ¿Es que no podés, a esta altura de nuestra relación, manejar a tu ex mujer de tal manera de que se tranquilice y termine aceptando que es a mí a quién querés? ¿Qué pasa contigo? Hablá, decíme algo, por favor… No podés seguir ignorándola.  Tenés que pararla.  ¿Qué es lo que te detiene? ¡¿Qué…?!

¿Seguís queriéndola…?

¡Qué tonta soy! ¡Qué tonta fui! Tengo que aceptar que tu silencio es un sí.

El sí más rotundo y sordo que jamás escuché.

Entonces, es evidente que quién se retira soy yo.

La mecha estaba encendida y la bomba acaba de explotar en mi cara.  Adiós. Mañana pasaré a buscar mis cuadros.

Pasión de arena

La noche sombría arropa truenos que estremecen y un olor a rancio se adueña de todo. El calor pegajoso no deja respirar.
La calle padece de soledad.
Nadie mira hacia afuera, ya aburren tres días de lluvia, y nada hay para ver.
Solo pasa el viento.
De tanto en tanto, se escucha el ladrido de algún perro allá a lo lejos, y el ir y venir de las olas que rompen en la playa Arachania.
Los tres escalones que separan la casa de la arena se quejan por la intromisión. La mohosa puerta de madera también. Entra sin apuro. Está agotado por fuera y por dentro, carga su tormenta hace veinte años.
La madrugada va tragando la noche y el aire se hace silencio.

Sentada en una roca mojada mira de reojo al escuchar pasos.
-¿Ya terminaste?
-Sí.
-Debe de haber sido difícil.
-Sí, lo fue, ¡mierda!
-Me imagino que sí. ¡Me da tristeza!
-¡Qué noche, por Dios!
-Paradójico que te acuerdes de Dios.
-Él tiene algo de responsabilidad también.
-¿Qué harás ahora?
-No sé. Necesito pensar.
-¿Qué crees que sigue?
-¿Por qué me preguntás? ¿Vos qué crees?
-Te veo flaquear.
-Es que tengo miedo.
-Sí, eso lo sé. Me imagino que necesitaremos algo de tiempo antes de vivir juntos.
-Yo creo que lo mejor es no vernos por un tiempo.
-No me parece inteligente.
-Se va hacer inaguantable.
-Primero llamá.
-Dame un rato… no sé qué decir.
-“Su hermana y su esposo la encontramos muerta”, eso estará bien.

Nada para perder

Las llaves del archivador se cayeron como en cámara lenta, parecían hacer piruetas en el aire y se estrellaron en el piso de baldosas con un estruendo que a Matías lo dejó paralizado. Dejó de respirar por unos instantes mientras se recomponía y, aterrorizado, esperó para ver si ese ruido tenía alguna consecuencia.
Nada interfirió con la tranquilidad de la oficina. Estaba oscuro pero, como un pirata, Matías ya se había acostumbrado. En los pasillos vacíos de lo que alguna vez había sido su oficina, lo único que sonaba era el pasar del tiempo marcado por un reloj de pared. Matías se bajó del banco que había utilizado para llegar a las llaves y, con manos temblorosas, intentó abrir el primer cajón. Su respiración se entrecortaba de los nervios y su frente sudaba. Mentalmente intentaba tararear su canción favorita para no perder la calma, pero no podía concentrarse lo suficiente como para cantar una estrofa entera.
Estaba tan arrepentido de haber ido hasta ahí. Desde el episodio del viernes, su vida, nublada por la rabia y el desespero, se había convertido en un cúmulo de malas decisiones, cada una peor que la otra. Primero, el mail rabioso a su cliente; después, la pelea de bar con el dueño de la empresa; luego, todo el fin de semana fingiendo no haber perdido su empleo y su cordura frente a su esposa e hijos y, ahora, esto. La más descabellada decisión de todas: Ir a la oficina, borracho, de noche y con intención de romperles una ventana o encontrar una ventana semi-abierta y decidir entrar para robarle información a la empresa.
Giró la llave en el cerrojo y se destrancó. Esbozó una sonrisa. No habían cambiado la cerradura. Nadie se había imaginado este escenario. Abrió el cajón y crujió el metal del riel mientras lo cinchaba par afuera. Metió las manos buscando la caja que contenía el disco duro. Sus dedos tantearon a ciegas hasta que se toparon con el plástico. Suspiró de alivio. Al menos este plan estaba yendo mejor de lo que pensaba.
Mientras cerraba el cajón le pareció oír pasos. Se quedó quieto durante un instante. Nada. Debió haber sido el metal del cajón. Cerró con llaves y se trepó al banquito para devolver las llaves donde las había encontrado. Sentía una extraña picazón en el cuello, una sensación de que alguien lo estaba observando. Su corazón se aceleró. ¿Qué hacía si alguien lo encontraba ahora, con información de la empresa en sus manos, claramente infringiendo la ley en más de una manera? No tenía un plan.
Se dio vuelta y se encontró con el peor escenario posible. Un guardia de seguridad con la mano extendida portando un revolver y una cara de susto tremendo.
—Trabajo acá —le dijo Matías, intentando parece natural.
— ¿Qué hace en la oscuridad? —su voz temblaba más que su mano.
—Está quemada la bombita —Matías se estaba sintiendo más cómodo, el muchacho no parecía ser una amenaza.
— ¿Me está tomando el pelo? —le preguntó el guardia con cara de ofendido.
Dio unos pasos hacia adelante, sintiéndose más poderoso con cada paso, agarrando con más fuerza el arma. Estaba parado frente a Matías.
— ¡Qué olor a alcohol! —exclamó.
Con la adrenalina del momento, Matías se había olvidado de lo borracho que había estado. De repente, con el comentario del guardia sintió el peso de todos los besos que le había dado a la petaca que tenía en el bolsillo. No había manera de que pudiera luchar contra el guardia como había pensado, ni tampoco le iba a sacar el arma de una patada ninja como había imaginado.
Envuelto en la frustración del momento, se largó a llorar como un niño. Sacó la petaca del bolsillo y la empinó entre sollozos y luego se la extendió al guarda.
—Me echaron de acá el viernes. Me agarré a piñas con Martin Iglesias —se lamentó. Ya no le importaba nada. Con lo mal que le estaba saliendo todo… de última la seguía embarrando con su honestidad. Que se lo llevaran preso así se terminaba este sufrimiento. —Y… como me dejaron en la calle me vine a robar información así me vengaba de estos conchudos.
El guardia dio un paso más hacia adelante y le puso la mano en el hombro. Matías notó que era un hombre joven y que su mirada era compasiva. Se dio cuenta que era el mismo muchacho que a veces le abría la puerta cuando trabajaba hasta tarde y que incluso alguna vez habían compartido alguna conversación intrascendente sobre el clima.
El guarda lo miró durante un instante y le hizo señas con la cabeza de que se fuera rápido.
—No se preocupe. Yo también lo odio a ese hijo de puta.

La boina gris

Pascual tenía un negocio de compra-venta de ropa usada en la calle principal del pueblo.
Las noticias de fallecimientos, separaciones o mudanzas se propagaban como la peste y a los pocos días del hecho un montón de curiosos se agolpaban en el comercio del viejo tendero para conocer la nueva mercadería que había ingresado a raíz del hecho de conocimiento público. Estaban aquellos también que, necesitados de algún ingreso extra, le dejaban vestimenta que ya no usaban para que éste las vendiera exponiéndolas en las perchas que estratégicamente colocaba a la entrada del negocio para atraer la atención de la gente.
Era llamativa la vereda del comercio de Pascual, con una variedad de prendas multicolores prolijamente colocadas en percheros y alineadas de acuerdo a la temporada en una suerte de show-room que incitaba al comprador a continuar mirando en el interior del negocio.
Él conocía muchas de las prendas, se daba cuenta, sin nunca equivocarse, cuáles tenían poco uso y que con un lavado o un zurcido quedaban como nuevas para poder venderlas. Reconocía inmediatamente las ya que ingresaban por segunda vez. Este era el caso de la boina gris.
Parecía abrigada, de paño y de modelo unisex, tanto se la probaban hombres como mujeres que luego de mirarse complacidos en el espejo del mostrador se la llevaban.
Lo que Pascual no entendía era la razón por la cual la boina era revendida tantas veces: nadie se había encariñado lo suficiente con ella o posiblemente su paño no era de buena calidad y no protegía del frío o del viento imperante en la campaña.
La explicación le llegó una vez de boca de un hombre de acento extranjero que había sido contratado por la empresa encargada de la explotación forestal. El hombre hablaba correctamente el español pero arrastraba las palabras fruto de una borrachera que intentaba disimular a costa de grandes esfuerzos.
Pascual creyó entender que el sujeto devolvía la boina porque ésta estaba embrujada, ya que tenía el poder de hacer ver a quien la usara aquellas situaciones en las que se requería poner un punto final o decir ¡basta! Entre hipos y lamentos contó que de tanto usar la boina había llegado a la conclusión que debía evitar mezclarse en juegos de cartas para no endeudarse más, pero que dicha abstinencia lo estaba llevando al límite de sus fuerzas y por ello había caído en las garras de la bebida. La mujer con la que compartía su cama todas las noches, había usado también la boina para ir de compras y al volver él a la casa, sobre la mesa de luz, había encontrado un nota de ella: No me busques. No quiero verte más.
El tendero, intrigado por la confesión del extraño, decidió comprobar la veracidad de sus afirmaciones y se dispuso a usar la boina unos días antes de ponerla de nuevo a la venta.
Se armó un mate, se cubrió con ella la cabeza y salió a la vereda a sentarse en el banco frente a la vitrina del negocio. Ni bien se recostó sobre el vidrio y se vio absorbido por un aluvión de imágenes que se proyectaban ante su vista como película retrospectiva. Un dolor muy antiguo le removió el corazón ya curtido por los años. Se vio joven recién llegado al pueblo danzando al compás de acordeones y guitarras con una muchacha morena cuyos ojos claros lo habían elegido como partenaire de baile.
A partir de ese baile en el club en el que se conocieron, se amaron por muchos años más hasta que ella y el hijo de ambos murieron en el momento del parto
Ya aquel primer día en que compartieron la pista y el ritmo de las rancheras, él se enteró que ella era la prometida de Blas un joven como él, hijo del jefe de policía.
Blas aún vivía en el pueblo. Luego de aquella noche funesta en la que hizo el ridículo ante todos sus vecinos mirando impotente cómo su novia bailaba en brazos de un forastero, había pasado un buen tiempo alejado de las ruedas sociales, evitando cruzarse con los conocidos y con una expresión de resentimiento en el rostro de la cual nunca había podido librarse. Un buen día conoció a una maestra que había llegado a trabajar en la escuela pública donde él se desempeñaba temporalmente como albañil y al poco tiempo estaban casados. Tuvieron varios hijos pero Blas nunca pudo superar el desengaño que había experimentado en su juventud, su carácter se fue agriando cada vez más y su personalidad se fue trastornando progresivamente convirtiéndolo en un anciano solitario y hermético.
Pascual no supo muy bien por qué, pero abrumado por la nostalgia y los recuerdos que esa boina había traído del pasado, decidió pedirle perdón a Blas. Iría hasta su casa e intentaría llevar a cabo una conversación que nunca había tenido lugar.
Entró para dejar el mate y el termo sobre el mostrador y, al darse vuelta para salir, vio a Blas frente a él. Debió entrar sigiloso como un jaguar aguardando su presa ya que él no lo escuchó.
Solo alcanzó a oír las tres detonaciones y sentir que su cuerpo se desmadejaba sobre el piso mientras creía escuchar a Blas que decía: Yo también usé la boina.

Mala hierba

Érase un hombre absorto frente al ventanal y ante la lluvia de infinitos cristales que lavaban el vidrio.
La cortina de agua, velo transparente que lograba aquietar los remordimientos que lo enloquecían como punzadas dolorosas, le permitía olvidar por un rato su responsabilidad en lo sucedido recientemente.
Su vecino, propietario de la cabaña de al lado, yacía muerto sentado en la silla frente a él y con la cabeza colgando cual macabra reverencia.
¿Qué vericuetos tiene la mente humana que puede llevar a alguien a situaciones tan drásticas?
Qué ironía…que un buen vecino, persona de tu confianza, pueda convertirse de un día para el otro en tu peor enemigo. Era lo que pensaba este hombre que días atrás había descubierto la infidelidad de su esposa.
Había sucedido de forma casual al atizar las brasas de la estufa cuando llamó su atención una pelota de papel arrugada a punto de ser quemada por el fuego.
La desenvolvió con cuidado evitando que el papel quemara las yemas de sus dedos, pero el contenido de la carta era un combustible tan potente que encendió en su interior una forma de ira desconocida para él.
En la carta, su bondadoso vecino, quien tantas veces le había prestado herramientas y hasta el auto para ir a hacer las compras al pueblo, derrochaba ardientes palabras al recordar los deliciosos encuentros con su mujer y le expresaba a ella su deseo de estar juntos para siempre.
Confundido y preso de una inusual necesidad de venganza decidió urdir un plan que dejara a su rival fuera de combate por un tiempo.
Recordó cierta vez que vio a otro vecino desmalezar el terreno desechando todas las plantas de marcela que se encontraban allí.
—Hey, compadre— le interrogó— ¿qué está haciendo con tanto yuyo?— al ver la profusión de flores amarillas sobre el pasto.
—Lo que pasa que a esta planta maldita no la quiero ver más— contestó el otro. —Mi mujer, los otros días, me sirvió un té y casi me deja “preparado para el cajón”
Fue así como al marido traicionado se le ocurrió invitar al “bondadoso” a ver juntos un partido por la tv el sábado a la tarde. Mientras lo esperaba, puso a hervir el agua para el mate y cuando la volcó en el termo tuvo la precaución de echar una pizca de flores de marcela.
A la hora convenida, llegó su vecino y se sentaron a tomar mate y ver el fútbol.
Con las primeras cebaduras, la víctima parecía no darse cuenta del extraño gusto del agua posiblemente porque la infusión era aún muy suave, pero luego al hacerse más evidente el sabor, su rostro comenzó a traslucir las primeras señales del espanto.
No tuvo tiempo de preguntar ni defenderse, su lengua comenzó hincharse lo mismo que su cuello, la sensación de ahogo comenzó a invadirlo y, contrariamente, le fue emergiendo su instinto de conservación.
Con los ojos desorbitados y las manos en la garganta le gritaba a su amigo pero su voz salía en un murmullo apenas audible.
— ¡Por favor…llama al Dr. Repetto… ahora… andá, por favor — se lamentaba
Él, impávido desde su silla, veía la agonía en su rostro cada vez más ceniciento.
Finalmente, cansado de luchar, su cuerpo cayó inerte hacia adelante como rindiéndose ante el triunfo de su rival.
La voz del relator del partido y el sonido de los truenos anunciando las primeras gotas fueron los últimos sonidos que el infortunado escuchó antes de entregar su alma.
Y, al atardecer, cuando el campo recibía la bendición del agua y la paz traída por el murmullo de la lluvia, se escuchaba desde el interior del rancho un reclamo repetido varias veces como el rezo de un rosario
Tenías que llamarte Marcela
planta desgraciada,
traicionera como mi mujer
Me engañaste… perdida…
yo sólo quería darle un susto.

De vinos, amores y muerte

Cuando Luigi subió al barco en Génova nadie lo acompañaba. Su madre y sus hermanos menores se habían despedido de él en el pequeño pueblo donde había pasado toda su vida. Unas pocas casas de piedra, unidas por calles cortadas a pico y pala de la ladera de una montaña. Hacia cualquier lugar que se mirara desde el centro del pueblo se veían las largas filas de las viñas. Salir de la pobre vida de ese rincón perdido de la vieja Italia sería la mayor aventura de su vida.
Había muchos llegando como él. No tenían muy claro a qué país pertenecía esa ciudad a la que habían llegado. Él no entendía la lengua que hablaban. Todo era nuevo para él. Todo lo angustiaba. Cuando otro italiano perdido en la ciudad le contó de una zona donde había plantaciones de viña a Luigi se le abrió una esperanza. Tras mucha búsqueda encontró esa zona de Canelones donde descendientes de italianos y españoles trataban de vivir de la tierra como lo hacían sus antepasados en Europa.
Ya hablaba un cocoliche entreverado que costaba entender cuando lo contrataron en un viñedo que ocupaba varias hectáreas y tenía una gran bodega. Los dueños del predio necesitaban quien se hiciera cargo de las viñas y Luigi los impresionó muy bien. En poco tiempo, les mostró a sus patrones que, esa plantas de troncos arrugados y retorcidos que la mano del hombre mutila y ata como crucificadas a las líneas de alambre, no tenían misterios para él. Allí, carpiendo los surcos, podando, injertando y curando esas plantas Luigi se volvió a sentir seguro. Eso era lo suyo. Allí, se libro de esa angustiosa sensación de esa soledad que lo envolvía desde que le dio el último beso a su madre.
Le adjudicaron una pequeña vivienda para que se instalara a vivir en el predio. Cuando el trabajo era mucho se contrataban peones de otras zonas y, al llegar la vendimia, venían hombres y mujeres para ayudar a recoger las uvas a tiempo.
Así fue que Luigi conoció a María una muchacha de piernas fuertes, blancos brazos y risa alegre. No fue un romance de novelas ni un noviazgo convencional. Tras pocos encuentros, Luigi invitó a María a quedarse con él en su casa. Pasado un tiempo se casaron y se convirtieron en los caseros del establecimiento. Ahora, Luigi había completado su vida, tenía su compañera y dejó para siempre atrás la tan temida soledad.
Con el correr de los años, las risas de María se atenuaron un poco, los arranques de pasión fueron menos frecuentes y la sensación de seguridad que da la convivencia moldeó la vida de la pareja. María era para Luigi el ancla a la realidad de vivir en América. El viejo pueblo de Italia era ahora un recuerdo cariñoso y lejano.
El establecimiento tenía otra actividad muy diferente que era producir el vino. Un capataz general que vivía en otra pequeña casa y varios peones conformaban el personal de la bodega.
Cuando Emilio llegó, contó que había estado casado antes pero ahora vivía solo. Hombre de pocas palabras, hecho al oficio de mandar y muy conocedor de los misterios de la producción de vino de uva. Su relación con el matrimonio de Luigi era amable pero fría. Con sus propios peones casi que no tenía relación personal pero consiguió rápidamente el respeto de todos. Una vez a la semana, salía del establecimiento para ir al pueblo y volver siempre tarde de madrugada. Nunca contó donde iba.
Después de una semana de mucho trabajo, Emilio quiso bajar apurado de la pileta de vino más alta, perdió el equilibrio y terminó en el suelo. Fue casi un milagro que no se matara pero se quebró una pierna en dos lugares. Como lo tuvieron que enyesar, los patrones organizaron todo para que no se atrasara el trabajo. Los peones debían presentarse en su cuarto a recibir las órdenes y María, la señora de Luigi, se encargaría de traerle comida mientras él estuviera imposibilitado de levantarse.
Rápidamente, se estableció la nueva rutina. Todo funcionó bien a pesar del accidente.
Una tarde, Luigi tuvo que ir al pueblo por unas pistolas de sulfatar que había llevado a reparar y le advirtió a María que llegaría tarde a comer.
María preparó la comida y le llevó su plato a Emilio y, mientras esperaba que éste terminara de comer, se sentó frente al hombre a charlar. Conversaron más de lo habitual, se miraron de forma diferente y, cuando los picaros dioses que se divierten complicándoles la vida a los hombres intervinieron, se produjo lo que era más o menos inevitable que sucediera.
Luigi había terminado en el pueblo más rápido de lo que pensaba, llegó a su casa y no encontró a María. Pensó que ella habría ido a llevarle la comida a Emilio y decidió ir a ver como seguía el hombre.
La puerta estaba entreabierta. Sintió murmullo de voces y entró a la pieza. La escena que vio lo paralizó. Los tres enmudecieron e intercambiaros mirada. Luigi se retiró en silencio. Hizo el camino a su casa a los tumbos. Las emociones se atropellaban en su cabeza y sintió volver la angustia del pasado. Lo atrapó esa terrible sensación de estar nuevamente solo en este mundo. Se detuvo frente al galpón. Ahí estaban las piedras de sulfato de cobre con que curaba las viñas.
Cuando uno de los dueños del establecimiento llegó, se sorprendió de ver un auto de policía frente a la entrada de la bodega. Un agente conversaba con una señora que portaba varios papeles de notas y se le acercó.
—Buen día señor, me alegro que haya llegado. Ya hemos terminado nuestra tarea. La ambulancia de la morgue ya se llevó el cuerpo, tomamos declaraciones a la esposa del difunto, al capataz que está imposibilitado en su casa y a dos peones. Yo prepararé el informe para el Juez. Por supuesto que el magistrado tiene que tomar decisión pero le adelanto que mi informe es concluyente. Recomiendo se archive como muerte auto inducida mediante envenenamiento con alta dosis de sulfato de cobre. Causa probable, depresión aguda originada por un conflicto familiar.

El anónimo

Cuando lo terminé de leer quedé paralizada por el miedo. Mi cuerpo se heló y mi cabeza bullía. Costó recuperar algo de mi habitual control pero, con ese poquito, empecé a pensar. Lentamente la sangre volvió a su cauce y pude enfrentar una realidad jamás imaginada. Lo insólito era que no entendía por qué a una persona de perfil tan bajo y económicamente mediana le ocurría algo que no correspondía a su nivel. Para broma era muy grotesca ¿qué querría de nosotros esa gente? Como no era solo a mí sino a toda la familia que agredían, decidí que el primer paso era contárselo a mi marido. Lo esperé toda la tarde deseando que no se demorara. Las horas se me hacían eternas. Ni bien entró, me miró y espetó
— ¿Qué te pasa?
—Vamos a sentarnos y te cuento— le dije seria.
Entendió enseguida que algo malo pasaba y me siguió sin chistar a la sala de estar lugar que, hasta ese momento, sólo tenía para nosotros recuerdos gratos. Esta vez no sería igual. Me senté y le estiré la carta que él tomó con temor. Tenso la leyó frunciendo el entrecejo. Al terminar, se tiró para atrás y sacudiéndola me dijo.
— ¿Qué pensás? ¿A quién se le puede ocurrir esta locura?
—No tengo la menor idea. Me he pasado la tarde entre temblores y escalofríos. Por momentos el pánico me domina. Veo fantasmas. Imagino horrores.
—Por ahora, solo tira el celular, total eso es lo de menos.
—Decile a los chicos y vas al banco a retirar los títulos. Todo eso hacelo fijándote bien qué pasa a tu alrededor. Yo me voy a poner en contacto con alguien que nos pueda ayudar.
—No vayas a la policía, por favor, porque pueden tener contactos.
—No, trata de quedarte tranquila. Sobre todo en estos momentos necesitamos a alguien que nos ayude a pensar fríamente. Hemos perdido la paz, no debemos perder la cabeza. Al día siguiente, recurrió a un siquiatra amigo que había colaborado en investigaciones policiales. Él opinó que, por el tono de la carta, se trataba de algo personal y que buscaban destrozarnos la familia. No lo encontró raro. Esas cosas pasaban.
—Mi marido demoró dos días en confesar que una aventura amorosa lo estaba torturando y se le había ido de las manos.

Ahora estamos tratando de recuperar nuestra paz. El fin justificó los medios.

La venganza

Iba a un colegio de niñas. El grupo se mantuvo igual, salvo algunas excepciones, desde primero de escuela hasta cuarto de liceo. Después se dispersaron.
Durante esos años cada una fue buscando, de acuerdo a sus afinidades, admiración o rechazo sus preferencias y se formaron cuatro o cinco núcleos. Algunos totalmente independientes no se mentían con nadie. Otros eran antagónicos y así lo demostraban en todas las oportunidades posibles. A tan temprana edad no se es consciente de las heridas que producen actos gratuitos pero el persistente enfrentamiento entre la dulce niña linda aristocrática y graciosa y la brillante inteligencia de una fealdad desabrida, crea una herida que se vuelve incurable y lo infecta todo.
Terminó el liceo y la vida esparció la juventud entre la sociedad y de la infección nació el inconsciente encono dirigido hacia todo lo que ambas representaban. Aunque la niña fea se convirtió en una mujer interesante siempre se sintió menos que los demás y su compañera quedó en ama de casa sin brillo pero con una vida conforme con su persona.
Así crecieron y formaron sus familias. Llegó el día en que la Dra. Profesora Adjunta de la Cátedra de Derecho vio en la lista de alumnos ese apellido nunca olvidado y averiguó quien era para confirmar el origen que iba a ser su fin.
La oportunidad de una venganza había llegado y decidió ejecutarla despacio y con saña. Lo estudió detenidamente y encontró sus lados flacos. Los hizo notar a los catedráticos e inició el proceso de aniquilamiento. Siempre se puede. Jugó con él como el gato con el ratón. Le fue minando la seguridad y la autoestima, haciéndolo objeto de burlas, dejándolo en blanco hasta que ese joven risueño se volvió taciturno, de erguido en encorvado y con manos temblorosas. Le aplastó la vida. Era el hijo mayor y el único varón, orgullo de la familia y sin siquiera saber la causa lloraron su destrucción, solo quedó una sombra que amargó a su madre el resto de su vida.

La carta

Jorge saludó a la secretaria de Manuel y entró directamente a su oficina que estaba vacía.
—El señor Fernández demorará un rato, está en una videoconferencia con Nueva York.
—Está bien no hay problema, me dijo que quería hablar conmigo urgente así que lo espero… por acá debe estar el diario…
—El café en la máquina está recién hecho, este es el diario de hoy, cualquier cosa que necesite, llámeme.
Jorge se tiró en el sillón del escritorio y miró con atención las bien torneadas piernas de la secretaria y pensó “tiene buen gusto este viejo de mierda, cuando él pase a retiro la conservaré a esta como secretaria”.
Pasaron algunos minutos, leyó el diario, se tomó el café y, ya aburrido, comenzó a caminar por la amplia oficina imaginándose cómo la decoraría cuando fuera su propia oficina.
Jorge era el esposo de la única hija de Manuel Fernández quien había hecho una fortuna como representante de varios grupos empresariales de Nueva York. Don Manuel pasaba los 75 años y ya mostraba algunos síntomas de su edad pero que él disimulaba con su tono enérgico y su incansable dinamismo.
El matrimonio de su hija era la espina que Manuel llevaba clavada desde hacía años. Su yerno no solo era incapaz en los negocios sino que además era un libertino que engañaba a su hija con cuanta mujer se le cruzara. El servicio de inteligencia de la empresa había seguido varias veces las aventuras de Jorge y Manuel se las había recriminado enfurecido pero, por amor a su hija, las mantenía en reserva. Jorge estaba seguro de que su suegro no podría vivir muchos años más. Él sería el sucesor indiscutido, su mujer no tenía vocación para los negocios. Por el momento, él tenía un sueldo como director de la firma pero no participaba de las operaciones. En realidad, lo único que hacía era conseguirles mujeres, para el fin de semana, a los gerentes de las empresas representadas que venían de visita. En eso, era magnífico.
Fastidioso y cansado de dar vueltas alrededor de la oficina, se puso a hojear los papeles en el escritorio. Para su sorpresa, encontró un sobre abierto con una carta dirigida a él. Tomó la carta y la leyó lentamente.

Estimado Sr. Jorge Fisher,
El motivo de la presente es informarle que en la próxima junta de directorio que se llevará a cabo el 15 del corriente se determinará su remoción del cargo de Director. Tomando efectividad es misma fecha. De dicha resolución, se informará a los bancos y empresas vinculadas notificándoles que Ud. no representará más a Fernández Asociados. No es necesario mencionarle las razones de dicha resolución dadas las conversaciones que hemos tenido reiteradas veces sobre su dedicación y compromiso para con la empresa. La resolución incluirá la otorgación de una compensación equivalente al 80% su sueldo actual que se mantendrá en forma vitalicia a cargo de los dividendos que retiren los socios en el futuro.
Esta nota de aviso, emitida diez días antes de la mencionada reunión de la junta por recomendación de nuestro Departamento Jurídico, deja constancia de que es válida como preaviso a cualquier efecto legal.

Manuel Fernández
Presidente de Fernández Asociados

Jorge leyó la carta dos veces, la dejó en su lugar y salió alterado de la oficina.
En un pequeño apartamento, Jorge le cuenta a Martha, la mujer con quien ha mantenido una relación por más tiempo.
—Si este viejo llega a hacer esa reunión me liquida. Si quedo afuera del Directorio ahora, cuando él se muera, no quedo yo a cargo de la empresa.
—Pero… el no va a hacer eso, como se lo explica a tu mujer, vos sabés que él no la quiere hacer sufrir.
— ¡No entendés! El viejo tiene todo un fichero de mis andadas, sabe de este apartamento, de vos, del autito que te compré, nos ha investigado por años. Es un hijo de puta, no se le escapa nada. Lo vengo llevando por el temor que tiene de amargar a Susana, pero se ve que se decidió a librarse de mí, además no te olvides que todo esto se paga con lo que yo saco por afuera.
—¿Vos crees que él sepa?
—No estoy seguro pero… algo le dio coraje… tal vez alguien le dijo de esas cuentas que yo paso.
—Mira, no hay que enloquecerse, de alguna forma lo vamos a arreglar
—No seas boba, como lo arreglamos, en 10 días es la reunión, que tiene que pasar en estos 10 días, que un tsunami se lo lleve.
—Vos siempre decís que el viejo debe tener el corazón un poco jodido ¿no?
—Qué sé yo… es fuerte como una mula el muy maldito
—Mirá “a grandes males, grandes remedios” decía mi viejo. En la clínica, yo tengo acceso a drogas muy peligrosas… como vos sabés…
— No… ¿de qué estás hablando?
— Hay drogas que, usadas aun en pequeñas cantidades, un corazón viejo no las aguanta.
— ¿Qué estás insinuando? ¿Qué mate al viejo?
—Y… ¿se te ocurre otra cosa mejor…?
— ¡Querés que encima vaya en cana!
— No es necesario ir preso, nadie lo descubrirá, lucirá como un infarto. El problema es cómo hacer que lo tome.
—El viejo es muy desconfiado y no le da chance a nadie, hasta se hace traer el whisky directamente de Escocia, una malta, no sé cómo carajo se llama, añejada en robles y no sé qué más.
—La droga que yo te digo no tiene ni olor, ni gusto y, mezclada con whisky, es perfecta. Tenés que conseguir que el viejo la tome, pone tu mejor cara, hacele tomar un whisky y metele la droga en el vaso. Yo te la consigo.

Dos días después Jorge está sentado en un sillón en la oficina de Don Manuel; su suegro está en el escritorio.
—Jorge debo informarte de una decisión que he tomado y que sé que no me perdonarás pero es por el bien de la empresa, de tu familia y, quizás también, para tu propia tranquilidad.
—Don Manuel nos sé que será pero… suena importante. Me tomaría un trago, ¿me acompaña? ¿tiene todavía por acá esa malta escocesa tan buena?
—Sí, servime a mí una medida también.
Mientras Jorge busca el whisky, Don Manuel encuentra la carta que quiere darle a Jorge. Se sorprende al ver que no está puesta de la forma que él siempre guarda las cartas en los sobres. Estaba doblada con el texto a la vista. Él nunca hubiera puesto una carta así. Alguien la había leído. Mira a su yerno que estaba sacando los vasos del mueble. Se queda unos segundos pensativo. Su viejo cerebro se mueve rápido, la vida es dura, la competencia es feroz y él aprendió que hay que considerar siempre todas las posibilidades.
—Jorge, pedile a Teresa que no nos moleste nadie, por favor.
Jorge sale de la oficina y, cuando vuelve a entrar, Don Manuel ya tiene su whisky en la mano. Jorge toma el otro y ambos van a sentarse a los sillones.
—¡Salud, Jorge! que Dios nos ahorre charlas como éstas en el futuro.
Ambos toman un trago
—Jorge, por el bien de tu familia — un segundo trago los dos.
Manuel se queda callado con la mirada fija en Jorge.
El efecto demora unos segundos en notarse. Abre la boca intentando decir algo pero no sale sonido. Su cara comienza a trasformarse en una mueca extraña, queda pálido, sus ojos muy grandes parecen mirar al vacío. Intenta levantarse pero solo consigue elevarse unos milímetros y luego cae encorvado en el sillón, hace una seña pidiendo ayuda pero el brazo se le cae en el intento.
Manuel saborea la malta escocesa de 12 años y sigue mirando a su yerno.
Lentamente termina su whisky, se acerca a su yerno y siente el fuerte olor a almendras que sale de su aliento.
—¡Muchacho! cuando vos venías, yo ya había ido y vuelto varias veces. Nunca se debe menospreciar a un viejo comerciante.
Jorge murió con los ojos bien abiertos y una pequeña línea de espuma saliendo de su boca. Manuel esperó unos minutos, fue a su escritorio y abrió el intercomunicador con su secretaria.
—Teresa, mi yerno está muy mal, llamá urgente a mi médico
Don Manuel irradia autoridad; su voz no deja muchas dudas de quién es el que da las órdenes en ese lugar.
—Quiero evitar que haya a una investigación y esas cosas. Susana ya tendrá suficiente martirio con saber que perdió a su marido. Déjele a mi secretaria el certificado de defunción y acompáñeme a la casa de mi hija. Quiero que Ud. esté cerca cuando le dé la noticia
—Teresa, mi yerno acaba de fallecer. El doctor está haciendo el certificado, por favor, llame al gerente de la funeraria, quiero el mejor servicio para él. Yo voy a lo de mi hija con el médico. Después que se lleven el cuerpo, mande a todo el personal para la casa y ponga un cartel de “Cerrado por Duelo”. Antes de irse, deje en mi escritorio el bibliorato con la copia de todas las minutas de Directorio que firmé este mes.

Insensatez

Querido diario:
Temo decirte que mis días aquí en éste Paris lejano distan mucho de ser aquello que fue al principio, fueron sueños que el desvelo se llevó.
De aquella buhardilla romántica y acogedora solo quedan vestigios de un simple habitáculo.
Aquella celosía, nuestro único contacto con el exterior que un día supo regar de sol nuestros cuerpos desnudos tendidos en el lecho ahora permanece en tinieblas, ya no nos ilumina más.
También sus ojos, aquellos ojos, los de él, los que me alumbraban con su fulgor y deseo, han permanecido distantes, ya no me quieren ver.
Aquel afán con que interpretaba la vida tan ardientemente, se arrinconó en algún lugar de su ser.
Lo que en un principio le urgía, lo que nos había traído a ese país con expectantes promesas artísticas, ya no le satisfacía.
El lienzo en su caballete, permanecía en un rincón languideciendo, esperándolo a él para que esbozara siquiera unos trazos.
Y él, no alzó más el pincel.
Y yo, había perdido el encanto de retratar, de ver el mundo a través de los ojos de los demás.
Mi mundo se había convertido en un intercambio continuo de miradas lejanas a través de la celosía.
Hace un tiempo lo he notado disperso, esquivo, incluso desdeñoso.
Le he preguntado más de una vez si ha dejado de amarme, si hay otra en su vida pero él no me responde; puedo ver que su expresión, al contrario de lo que debería ser, es de dolor.
Quizá… no se anima a decirme la verdad por lástima.
Cuando se ausenta, me duele no saber dónde anda pero no pregunto, no quiero verlo más alejado de mí.
Anoche tuve un sueño que el amanecer lo hizo fugar, como si las sombras le temieran a la claridad.
El sueño me inquietó y, aunque le di vuelta al tema, no logré hacer conexión con nada.
Lo curioso del hecho es que en el trascurso de unos días, volvió el sueño recurrente.
Alarmada por tal suceso, esperé el momento oportuno para contárselo a él.
Le dije: “Hay una chica leyendo un libro en el parque. Nunca pasa las páginas. No puedo divisar quién es pues el ocaso del sol viene y se la lleva”.
En un principio, creí haberle notado cierto asombro y hasta preocupación.
Luego, su reacción tomó otros matices impensables para mí, dando él por terminado bruscamente el irrisorio hecho.
El tema no volvió a salir a luz, así como si ese sueño hubiese quedado guardado en algún cajón viejo del alma.
A partir de esa situación, empecé a replantearme mi vida dentro de esas cuatro paredes, siempre rodeada de incertidumbre, esperando a que llegara él de un momento a otro, dejando que mis días se fueran marchitando sin agua que pudiera aplacar mi sed.
Decidida, tomé mi cámara y empecé a recorrer París por la celosía para captar todo a través de los lentes de mis ojos.
El día menos pensado, llegó él y, al llegar, lo enfrenté.
Él negó lo innegable. La chica del parque estaba retratada entre los rollos que revelé.
Recordé en ese momento su reacción y su asombro cuando le había contado el sueño y, luego, esa ira incontrolable deslindando cualquier enlace.
Por más que me esforcé en mostrársela, paseando por el parque insinuándosele a él debajo de nuestra celosía, solo yo logro verla a la hora del ocaso, esperando a que regrese mi amado.
Con el paso del tiempo, ese mundo vital plasmado al cerrar el lente del disparador perdió vida y se cerró sobre mí como el crepúsculo.
Ella, según dicen, es una de las tantas retratadas sin nombre que pasaron por debajo de mi celosía y que, ese señor que me visita, niega conocerlas.