Que en paz no descanses

Y para colmo de males llovía, así que el incendio no pudo ser apagado. La casa ardió con los cuerpos dentro. ¡Quién iba a imaginarse! Fue culpa de la lluvia que no pudieron llegar los bomberos a tiempo. El caso es que el tipo huyó. Él la mató, le incendió la casa y, luego, huyó. Dicen que iba a cruzar a nado el charco, pero no creo que alguien que escriba con esas faltas de ortografía pueda nadar tan lejos. Igualmente, fue un buen tipo. Nunca la cagó, nunca le negó nada, siempre trabajó como conejo negro para darle todo. Solo la mató, pero con razón. Un error lo tiene casi cualquiera.  O acaso ella no podía ser más recatada, más agradecida, menos puta. Hoy están muertos los dos. No aguantó la tristeza de perderla el pobre tipo. Zorra y todo, pero se ve que la quiso, por algo la mató. Ayer la enterraron a ella y ni la familia fue al entierro. Nadie va a extrañar a alguien que le jode la vida a un buen tipo y hace que la mate. Hoy lo entierran a él. ¡Pobre hombre! Lo que habrá tenido que soportar. En el pueblo, todos iremos a despedirlo. Cerraran los comercios para estar presentes en el último adiós ¡a un gran tipo! que pagó las consecuencias de verse obligado a matar a la mina que lo cagó.

El candidato

─Me parece que he sido muy claro.

─Sí, sí lo ha sido. Lo que no me puedo creer que esa sea su propuesta para terminar con la delincuencia.

─Nuestra propuesta es extinguir la delincuencia. ¿Qué es lo que no entiende?

─Justamente, que matar sea la propuesta política de su partido Doctor.

─De lo que se trata es de ser inflexible y eficiente. La gente está harta de la delincuencia y nosotros tenemos un plan de exterminio que será revolucionario.

─Bueno… el pueblo sabrá que hacer. Faltan dos días para las elecciones. Que quede claro que lo que usted propone es un Estado asesino. Un Estado violento.

─Queremos un Estado que se ocupe del problema y no lo rehúya por dos o tres votos más. Violencia es la que sufrimos a diario.

─Bien…  increíble… dígame Dr.  ¿cómo piensa llevar a cabo ese plan?

─La primera semana de gobierno vaciaremos las cárceles. Mataremos a todos los presos. Esos ya no reincidirán. Aún no sabemos si a los tiros, en cámara de gas o los dejaremos que se mueran de hambre. Mis técnicos están evaluando lo más económico. No queremos gastar un peso más en esos inútiles. Dejaremos de gastar en mantener vagos.

─Pero se imaginará que la OEA, la ONU y muchos países amigos protestarán e impondrán sanciones a nuestro país.

─Cuando vean los resultados tendrán que callarse. Incluso con el tiempo nos imitarán. Tenemos la razón. Y créame que lo importante son los resultados y no los procedimientos.

─ ¡Qué locura!, dígame: ¿Qué van hacer para prevenir la delincuencia?

─El segundo paso será la prevención. Muerto el perro se acabó la rabia, pero siempre hay quienes quieren ser “perros”. Así que vamos a hacer una limpieza en los cantegriles y barrios pobres, en especial entre los negros. Se da cuenta, encima que son pobres son negros. ¡Como para no robar!

─¡Eso es fascismo!

No lo sé. Tampoco nos importa. Hay que terminar con la hipocresía. La mayoría de los delincuentes son negros y pobres, así lo dicen las estadísticas. Por lo tanto, si liquidamos la raíz del problema, ya no habrá problema.

─¿Usted ha matado Dr.?

─Sí, claro, ¿quién no lo ha hecho? Soy político, pero antes soy humano. He tenido motivos de sobra para matar en mi vida. ¿Usted no ha tenido?

─Bueno… sí, motivos he tenido. Mas, nunca lo he hecho.

─Pues, yo sí. Y muy orgulloso de haberlo hecho. Se siente una libertad maravillosa y se conecta con un poder inmenso. Nunca más nadie se atrevió a desafiarme. Le aconsejo que se anime. Será otro hombre.

─Seré un asesino, querrá decir.

─Será un hombre libre. Habrá conectado con lo más profundo de usted y luego de la experiencia saldrá más digno y fuerte.

─¡Vaya locura! Me imagino que no respetará las leyes.

─Vamos a suspender todas las leyes. Las leyes se crearon para combatir la delincuencia en todo su accionar, desde robar, chantajear, estafar, etc… Pero, está claro, que ha fracasado como forma de control. Al liquidar el problema las leyes no serán necesarias.

─¿Y la oposición?… ¿Cómo piensa tratar con la oposición?

─Como no serán necesarias las leyes, para que gastar plata en una manga de diputados y senadores inútiles. Si la oposición los quiere que los mantengan ellos. Nosotros no vamos a gastar un peso. Y si no están de acuerdo que se vayan del país, o que esperen cinco años a ver si nos ganan.

─¿Usted realmente piensa que ganará la Presidencia?

─Obviamente que sí. La gente quiere paz, está harta de los negociados de los políticos, de tanta mentira e inseguridad. Nosotros somos la renovación y la esperanza, y vamos arreglar eso, rápido.

─Pero… lo que propone es antidemocrático.

─Estamos hartos del panfletarismo marrullero. En la vida, querido amigo, hay que ser práctico. Las etiquetas nunca nos trajeron paz. Es nuestra hora. Basta de absurdas posiciones que solo nos han traído dolor y más dolor.

─¿Usted, se considera el Hitler moderno?

─Si lo hubieran dejado hacer… el mundo sería otro, créame.

─Usted, es detestable y, disculpe, que se lo diga ante cámara pero no puedo callármelo.

─Usted es uno de los tantos que han frenado el progreso de la sociedad con ideas vetustas y puritanas, que solamente han favorecidos a los ladrones y a los políticos corruptos. Así que es un buen ejemplo para empezar.

 

Y ahí mismo, frente a las cámaras, saqué mi revólver y le pegué un tiro certero en la cabeza.

Me detuvieron.

Dos días después gané las elecciones con una mayoría abrumadora.

En la soledad del campo

El hombre se sentó en una piedra. Miraba las ovejas pastar. Hacía frío. El viento helado golpeaba y se colaba entre la ropa clavándose en la piel sin piedad.
A pesar de esas inclemencias, él pensaba que no era una mala vida. Allí, en soledad, recordaba cuando de niño iba con su padre. Eran épocas de mejores pastos. Ahora no había tanto. La gente culpaba al patrón de usar mal la tierra.
Hace un tiempo, lo habían visitado los del Lof para que se uniera a la lucha. ¿Para qué? Él no iba a ir en contra del patrón. ¿De qué iba a vivir si no? Ellos no lo entendieron cuando les dijo que iba a seguir trabajando en el puesto. Le decían que traicionaba a su pueblo. ¿Con qué iba a darle de comer a la Alicia y los pibes?
Pensó en la Alicia. Había echado una buena mujer. Aunque a veces la tenía que castigar. Es que… a veces no entendía cómo él quería las cosas. Se mataba por conseguir el peso. Por supuesto que también necesitaba los vicios. Era el hombre.
Los muchachos hablaban sobre esas mujeres que decían que no había que pegarles. Seguramente, no habían encontrado un hombre de verdad.
Se acordó de la fiesta en la escuela de los pibes. Había tomado vino para acompañar al cordero. No sabía qué le había picado a la Alicia que le fue a decir que no tomara más. Y, encima, ¡adelante del maestro!.. Tuvo que darle con el cinto cuando volvieron al rancho.
¿De qué se quejaba? Lo único que tenía que hacer era atender el rancho y alguna cosita más. Y bien que la atendía él cuando estaba. Se la montaba bien montada.
Le vino la imagen de la Alicia de joven. Había dejado la escuela para escaparse con él. Estaba linda en ese tiempo. Además, lo atendía bien. Pero, después, empezó a joder que quería vivir en la ciudad. Más adelante, con que no la trataba como antes. Como si uno pudiera andar como cuando eran novios. Él llegaba cansado. No quería ni oír a los pibes cuando lloraban.
¡Hasta llegó a decirle que lo iba a dejar!. ¡Pa! ¡Cómo ligó ayer! ¿A él? Justo a él lo iba a dejar. ¿Dónde iba a conseguir un macho como él? Sobre todo ahora que estaba fea.
La noche había llegado. Sentado en una piedra miró las estrellas. En ninguna parte se veía ese cielo. En su cabeza, caricias. Los besos dulces de la Alicia. Le gustaba acariciarla, pasar la mano por ese pelo negro, liso, brillante… ¿Qué había pasado? La Alicia estaba pálida, fría… Ya no estaba…
Y se dio cuenta de que estaba llorando, pero no entendía por qué.

¿Ah, sí? No me digas

“¿Ah, sí? No me digas”, te había dicho tu vieja esa mañana cuando la contrariaste. Luego, te colgó. No era la primera vez que lo hacía.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo tu viejo cuando le contaste cómo te rebotó tu madre porque le pediste unos pesos.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo tu mujer la noche anterior cuando le avisaste que el sábado vendría tu jefe con su señora a cenar.
Y yo me quedé en silencio. Esperando. Y siguieron los “¿Ah, sí? No me digas”: con el taxista cuando le explicabas que el billete de 50 pesos que te había dado de vuelto era falso; con tu secretaria cuando le comentaste que ese fin de semana no podrían pasarlo juntos; con el gerente cuando te disculpaste por no haber podido cerrar el trato con “Petrolic S.A.” entonces llamó al de Recursos Humanos y al entrar a la oficina con una amplia sonrisa te recordó lo inestable de tu estabilidad laboral con esa misma frase.
Y de tal manera siguió tu día.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo el mecánico cuando le prometiste levantar el cheque sin fondos que le dieras por el arreglo del auto. Lo mismo te dijo tu hijo esa tarde cuando le aclaraste que el viernes no tendría el coche para salir y tus amigos a coro cuando les advertiste que probablemente no tendrías el auto para ir al fútbol 5.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo el chorro esa noche cuando te apretó a la entrada del edificio mientras intentabas decirle que no tenías más plata para darle.
Y entonces, algo pasó. Me pudrí de esperar. Al principio, solo sentiste un pequeño hormigueo de calor. ¿Qué más querés? ¿Querés el reloj? Empezaste a respirar hondo jadeando mientras un fuego te crecía en las entrañas. ¿Querés el celular? ¿Querés los pantalones? Te quitabas cada una de las cosas y se las tirabas a la cara.
“Shhhhhh, ¡calláte loco de mierda, no bardiés!”, te decía el tipo apuntándote con el revólver y mirando a todos lados.
“¿Ah, sí? ¡No me digas!”, comenzaste a gritar hacia las casas, medio desnudo y con los brazos en alto para que todos los vecinos te escucharan.
De ventanas y balcones brotaron las luces. La gente se asomaba para averiguar qué pasaba.
“¡Parála loco, mirá el quilombo que armaste!”, te decía el delincuente intentando deshacerse del arma en un tacho de basura.
En medio de esa noche fría, vos sudabas. Te llenó la boca una espuma blanca que escupías entre bufidos. Con el brazo izquierdo, agarraste del cuello al ladrón y lo inmovilizaste…
“¿Ah, sí? ¡No me digas! ¡Vos y vos y todos ustedes!”, señalando a los mirones les gritaste con una voz chillona que no te conocías. Claro, porque era yo quien gritaba de tu adentro. “¡Y la reputa madre que los parió…!” te despachaste. Apretaste los dientes y lo miraste directamente a los ojos al infeliz que se sacudía como marioneta intentando liberarse.
En un esfuerzo sobrehumano, el maleante logró zafarse y recomponiéndose se preparó a atacarte con toda su furia y humillación. Y fue en ese momento, que todos los “¿Ah, sí? No me digas”, acumulados en tu vida, se concentraron en tu brazo derecho y en un puño a lo Hulk se cerró toda tu bronca, y la mía, y salió disparado en un uppercut directo a la mandíbula del tipo. Y ahí no más, vos y yo, juntos en uno, lo sentamos de culo.

Secuestro

Trabajé como maestra muchos años, pero me jubilé en forma anticipada, por enfermedad Actualmente, me desempeño como niñera.

Me gustaron siempre los niños.  Su frescura, su inocencia, esa capacidad que tienen para confiar en los demás incondicionalmente me emociona.

Trabajé en diferentes casas de varias familias y todas dieron de mí las mejores referencias. Hasta que llegué a la casa de los Pérez.  Juliana Pérez, con sus risueños cinco años, despreocupada y traviesa, me hechizó desde el primer momento en que la vi.

Cuando estuve de novia a los veinte años, quedé embarazada pero sufrí un aborto a las pocas semanas.  Me deprimí mucho, estaba convencida que iba a tener una niña; debido a algunas complicaciones, quedé imposibilitada de procrear nuevamente. Había soñado toda mi vida con tener una hija, pero el destino me lo había truncado. Cuando conocí a Juliana en aquella casa, creí que la vida me estaba dando una nueva oportunidad.

Desde el comienzo, noté una complicidad especial entre nosotras. Llegué a pensar que el espíritu de aquella niña no nacida había vuelto a encarnar en ella.

Compartíamos muchos momentos de juego, interrumpidos solo por los berridos de su hermano menor cada vez que precisaba un cambio de pañales o cuando tenía sueño o hambre.

Juliana elogiaba mi sopa de verduras, mi forma de narrarle cuentos, de trenzarle el pelo, de vestirla y hasta la manera en que entibiaba el agua de la ducha.  Luego, comenzó a hacer comparaciones en temas más trascendentes:

“Telma nunca me grita, siempre tiene ganas de jugar, mamá no me deja hacer nada, papá no me escucha, mamá no quiere que yo elija mi ropa, papá no me compra lo que yo quiero, mi hermano siempre molesta cada vez que Tema está conmigo…” y muchos reproches más.

Yo comencé a ver a mis empleadores con otros ojos, como una pareja de ineptos que descuidaban a una niña tan encantadora.  Y así, sin ninguna mala intención, se me dio por expresarlo diariamente frente a ella:

“Tu mami ¡pobre! no entiende nada de modas de niñas, no sabe combinar tu ropa, a tu papi no le interesa llevarte al parque. Está tan cansado que solo se sienta a ver el futbol, tus padres no tienen paciencia contigo ¿viste cómo gritan? , no dejes que te griten, pediles  que te expliquen, a tu hermano no le prestes tus cosas te las va a romper, dale cualquier chiche de porquería que si se rompe no pasa nada, dejémoslo entretenido en el dormitorio, así no nos interrumpe la lectura. Era mi forma de demostrarle que ella era una niña especial, condición de la cual nadie se había percatado.

Juliana, cada día, se iba apegando más a mí y oponiéndose a sus padres. Frente a ellos se comportaba como una niña irreverente y contestataria.

La madre comenzó a advertirme que debía modificar mi actitud y respetar las pautas que ella y su marido establecían con sus hijos. No me sentía capaz de hacerlo, algo “más fuerte que yo” me impedía romper con la fascinación que sentía por la niña. Me había “apropiado” de ella y pensaba que yo era la más adecuada para educarla como se merecía.

Con el correr de los días, la paciencia de la pareja se iba agotando. Abundaban las penitencias hacia la niña, las recriminaciones y salidas de tono cuando se dirigían a mí. Hasta sacaron a relucir mi condición de empleada bajo un contrato.  Dijeron que si yo no cumplía correctamente con mi trabajo, iban a verse obligados a despedirme.

¡Qué patéticos!  Parados frente a mí, Ja, ja, ja   ¡amenazándome con mi destitución! pero… ¿qué se han creído que son? Un par de inútiles.  Ella solo tiene tiempo para pasarse la planchita en el pelo y él ¡qué desagradable! despatarrado en el sillón viendo las Eliminatorias…y levantándose la musculosa para rascarse la panza ¡Dios le da pan a quién no tiene dientes!  Por qué diablos una niña, que es como un sol, viene a caer en una familia de incompetentes.

Una mañana en que llegué a la casa, el padre me hizo pasar directamente a su escritorio. Me extendió un sobre con el dinero de la liquidación. Y a continuación me pidió que le firmara un recibo. Firmé el recibo e, inmediatamente, en silencio, recogí mis cosas de mi habitación. Escuché a Juliana que jugaba en el cuarto de al lado. Nadie podrá separarme de ella pensé.

Le dije: “Trae tu campera y tu juguete preferido, nos vamos a dar un paseo”. Tomé toda la documentación de la niña y la guardé en mi bolso. Salimos por la puerta de la cocina. Nadie nos vio.

Ya han pasado quince años.  Mi enfermedad crónica se ha agravado. Temo dejar sola a Juliana. Ella me llama mamá.  No recuerda nada de lo sucedido.  Yo escribo este relato sentada en mi cama, en el dormitorio de la casa que alquilo desde el momento en que llegamos a este país extraño que nunca pude adoptar como propio.  Cuando pase mis últimos días en el hospital, entre mis pertenencias, encontrarán un sobre con esta confesión.

 

No soy esa clase de persona

La cocina supura un olor a café quemado que inunda el salón, mezclándose con los vapores de la comida recalentada de ayer, y el olor a segundo tiempo de los parroquianos del lugar. Los mozos no llevan libretas para anotar pedidos, van gritando a la cocina, alzando sus voces por encima de los cubiertos que golpeaban los platos y los cristales de los vasos que se posan bruscamente arriba de las mesas. Por encima de las personas, en cada esquina del bar, dos televisiones viejas con el volumen silenciado transmiten un partido de futbol de segunda división donde un cuadro gana al otro 6 a 0.
Al lado de la cocina, la ventana que da a la calle recibe los azotes de la lluvia y el viento que la van limpiando de afuera. Una esquina de la ventana está rota y, arreglada con cinta y un nylon, se mueve con el viento haciendo un ruido que se asemeja a ir en la parte de atrás de una moto.
Debajo de esa ventana ruidosa se sientan dos hombres en silencio.
-Bien. Espero que me aclares para que me citaste – dice Ernesto, rompiendo el silencio.
-Estuve pensando en tu propuesta- contesta Joel. Su voz es apenas audible con el ruido del nylon de la ventana.
-¿La que rechazaste?
-Sí. Estuve pensando mejor…
-Bueno, dale, – interrumpe Ernesto con impaciencia. ¡Siempre igual! No andés con tantos rodeos. Al final, me hacés perder el tiempo. Las cosas tienen que ser más directas. Te interesa ¿o no? Sos capaz de hacerlo ¿o no? La vida es blanco o negro pibe.
-Discrepo – la voz de Joel va ganando volumen, pero la agudeza de su tono deja visible un dejo de miedo. La vida está plagada de matices de grises, a veces no es tan simple como lo planteas. A veces, incluso, la propia identidad de uno tiene grises. Los límites que uno mismo debe trazarse a veces son confusos, las líneas entre lo que uno quisiera ser y lo se ve obligado a ser.
-No lo intelectualices – fue en tono de orden. Esto no es un ensayo de tu facultad, es la vida real. Te llamé porque necesitamos alguien que hable francés y se haga pasar por Monsieur Buchaud. Si no te dan los huevos no lo hacés y listo. No me des explicaciones de “nene bien”.
-Quiero que me pagues más. El doble. Sino… no lo hago.
-Bueno.
Ernesto saca un sobre amarillo del bolsillo interno de su campera de cuero. Sin ningún disimulo saca un fajo de dólares y empieza a contarlos con rapidez. Se los da a Joel, uno de los billetes cae dentro de su café.
– Quiero que te quede claro que lo hago solo por el dinero – reclama Joel, levantando el billete y secándolo con su servilleta. No estoy de acuerdo con lo que van a hacer. No soy este tipo de persona.
La carcajada de Ernesto llena las paredes del bar – Discrepo – dijo con tono irónico y levantando una ceja – El hecho que repruebes de lo que estás haciendo no te hace menos hijo de puta. Solo te hace más cínico. Mañana te llaman con las instrucciones.
Ernesto se levanta y toma el resto de su café de un sorbo. Se retira saludando al mozo, dejando a Joel sentado solo debajo de la ventana con el nylon zumbando con la cuenta para pagar.

Casquivana o Victoriana

Matilde De la Borda conservaba aún en los vericuetos de su ser femenino los rígidos preceptos morales que la habían signado desde niña. A pesar de que el siglo XXI la encontró festejando su cuarta década, su mentalidad no se había “aggiornado”, al decir de su joven hija, y aún mantenía arraigadas sus ideas plagadas de conceptos resucitados de la época victoriana.
Controlaba exageradamente a María Victoria ante el temor de que “le saliera casquivana” según palabras expresas de Matilde cuando se refería a la hija de su vecina quien se vestía y maquillaba en forma llamativa para atraer a los hombres.
María Victoria escapaba de la rigurosa cárcel de prohibiciones y exigencias utilizando la mentira para justificar sus llegadas tarde a la casa o las salidas con amigos los fines de semana.
El marido de Matilde, un cincuentón dueño de una gran compañía referente en la industria alimenticia, repartía su tiempo entre frecuentes viajes y variadas amantes. Dejaba en manos de su esposa (madre y mujer ejemplar, según su lógica patriarcal) la educación de la hija de ambos.
Matilde, no pudiendo hacer frente a las dificultades de su matrimonio, solo profesaba un amor castrador y opresivo hacia su hija quien cada día se mostraba más rebelde y evasiva. Estas haciendo honor a la profecía autocumplida portaba el sesgo de “casquivana” adoptando conductas sexuales que ponían en riesgo tanto su cuerpo como su alma.
El primer día del mes de agosto, María Victoria no volvió a su casa al salir del colegio secundario. Han transcurrido ya seis meses de su ausencia. Matilde guarda celosamente el recorte del diario con la noticia de su desaparición. En la foto, una sonriente muchacha parece mirarla fijamente a sus ojos ya secos de lágrimas. Noche a noche la besa y guarda bajo su almohada. Se duerme con la esperanza que al día siguiente pueda recuperarla sana y salva.

RECORTE DE PRENSA
Joven desaparecida.
El primero de agosto del presente año, María Victoria Orihuela De la Borda de 17 años se dirigió como todas las mañanas a su centro de estudio en el cual asistió a clases normalmente. A la salida del mismo no retornó a su hogar según información proporcionada por su familia. Esta realizó la denuncia a la seccional correspondiente quien pasadas las 48 hs. declaró que no hay noticias del paradero de la joven.
Vestía pantalón vaquero y buzo azul. Portaba también una campera de abrigo negra.
La joven es hija de un conocido empresario del rubro alimenticio y nieta del recordado actor Rodrigo De La Borda quien fue asesinado hace treinta años en circunstancias extrañas.
Fuentes allegadas a su círculo de amistades han informado desconocer si alguien podría tener motivos en su contra. Los investigadores están indagando sus movimientos dentro de las redes sociales para descubrir posibles vínculos que pudieran dar motivo a su huída.
Se agradece toda información a los teléfonos…
UN SUEÑO
Niña estás sentada con una pose erguida, como muñeca de porcelana. Blanco el vestido, inmaculado, como la flor que adorna tus cabellos rubios. La fláccida muñeca de trapo que yace en tu regazo contrasta con la tensión de tu rostro, mirando hacia la cámara. ¿Qué cánones estéticos que ensalzan lo fingido, las máscaras, las apariencias, moldearon tu comportamiento?
Niña buena, niña obediente. Fiel a las buenas costumbres. Síguelas y serás buena esposa, abnegada madre, frígida a la hora de amar y te ordenarás sacerdotisa solo para absolverlo a él de sus infidelidades. Adéntrate aún más en la telaraña de los engaños hasta que cubran tu cuerpo y lo ahoguen y, entonces sí, tus partes femeninas buscando oxígeno estallarán anhelando el goce que por tanto tiempo te negaron y te negaste.

La loca del gato ensangrentado

Ese domingo amaneció igual que muchos otros en primavera. Los rayos del sol se asomaban tímidamente a través de los árboles demacrados de la cuidad que vigilaban los escasos transeúntes. En algún lugar lejano, un perro aullaba y su quejido desolado hacía eco por cada rincón de la ciudad. Las primeras golondrinas planeaban como balas negras perdidas. La ciudad despertaba para algunos, mientras que para otros la mañana estaba teñida de olor a final.
Una brisa fresca le sopló el pelo a Soledad, un mechón se le interpuso entre sus ojos y la puerta que intentaba abrir, pegándose contra su frente sudada. Frenó su actividad y se recogió el pelo con impaciencia. Tenía la respiración entrecortada y la cara incinerada de la frustración.
—¡Abrime, mierda!— gritó. A nadie. Al baldío que rodeaba la casa. Al aire fétido contaminado por el alcohol acumulado que supuraban sus poros. Pateó la puerta con furia. La puerta vibró y volvió estoica a su lugar.
Cerca de la puerta encontró una piedra con forma de búfalo. Con sus brazos flacos y machucados, la levantó con dificultad y, con su mayor esfuerzo, la tiró por la ventana de adelante. El vidrio estalló, abriendo un portal para el interior de la casa. Soledad se trepó por el agujero, cortándose la cara y los hombros sin sentirlo. Parada en el living oscuro, miró alrededor. Un hilo fino de humo salía de un incienso casi inexistente cuyo olor se entremezclaba con el aire tóxico de la casa.
— ¿Joel?—
El silencio la abrazaba.
—Perdón. Joel. ¡Quiero volver! —balbuceó. Su voz se desvanecía con el peso de la angustia.
—Lucho está loco —agregó, casi no se animó a decirlo y al pronunciar esas palabras, cobraron realidad. De repente, el pánico la invadió. Arrastró sus pies hasta la cocina y quedó petrificada en el marco de la puerta.
El cuerpo despatarrado de Joel yacía semi desnudo, lleno de agujeros que supuraban muerte. Sus ojos abiertos sin vida seguían pidiendo ayuda. Su sangre corría por el piso en la ranura entre las baldosas blancas, y terminaba acumulándose en un lago al lado de la puerta de la cocina donde el gato dormía la siesta.
Con un grito atrapado en la garganta, Soledad se desplomó. Su mente nublada no lograba entender la totalidad de la tétrica escena que estaba presenciando. Al costado de su pierna, vio el cuchillo de cocina que había tomado la vida de Joel. Su cuchillo. Con el que tantas veces había cortado vegetales en lo que parecía otra vida, antes de la huida, antes de las drogas, antes de que Lucho le arrebatara la vida.
—Perdón mi vida —susurró. —Nunca me tendría que haber ido.
Lloró con angustia tendida sobre el cuerpo de su esposo muerto.
Cuando el cabo de la seccional 5 la encontró, estaba durmiendo arriba del muerto, abrazada al gato. Se la llevaron esposada y a los tirones, estaba rabiosa, cubierta en sangre seca, su cara desfigurada y sus ojos con la mirada de los que tienen el alma muerta. Sus gritos desesperados clamando su inocencia fueron tragados por la nube de rumores y las conjeturas que luego se convertirían en leyendas urbanas.
A 7 cuadras y media del loquero al cual Soledad está condenada de por vida, Lucho se mira las manos. Están coloradas y descascaradas de tanto lavarlas y cepillarlas, sin embargo, tiene la certeza de que nunca más volverán a estar limpias.

Tristeza y dignidad

Jacinto es un peón de estancia que vive con su familia en un remoto paraje del Uruguay profundo, cercano al río Negro. Muy trabajador, buen domador y esquilador y excelente en todos los oficios relacionados a la producción ganadera. Eso sí, de agricultura ni le hablen, “eso es trabajo de mujeres” responde despectivamente cada vez que el patrón le propone sembrar algunas hectáreas de cultivos para alimento del ganado. A pesar de estas frecuentes negativas el patrón lo tiene como su mejor peón, el de más confianza, sabe que él nunca le va a fallar conduciendo una tropa, a Jacinto nunca le va a faltar un animal aunque vengan esas tormentas terribles que visitan el campo de vez en cuando.
Así como Jacinto es un excelente peón es un desastre como persona fuera de la estancia, especialmente como marido y padre. Por suerte para su familia pasa desde lunes temprano hasta sábado a mediodía en la estancia, y los sábados por la tarde se va en su caballo para el boliche del poblado y allí pasa el resto del fin de semana. Son pocas las noches de sábado que llega hasta su casa a ver cómo está su familia, generalmente duerme su borrachera encima de una mesa del bar o en un jergón que Martín el bolichero le extiende sabiendo que si vuelve a su casa en ese estado puede ocurrirle un desastre a él o a su familia. Sólo regresa a casa los domingos de tardecita para llevarle a Rosaura los pesitos que le quedaron de la paga semanal después de cumplir rigurosamente con la deuda generada con Martín, exigir en forma vehemente su cena y dormir profundamente unas horas para arrancar para la estancia a la salida del sol. Esa fue su vida y la vida familiar durante años.
Su carácter hosco, violento e individualista le granjeó la antipatía de todo el poblado y de sus compañeros de trabajo, sobre todo de los jóvenes peones de los cuales se burlaba por su falta de pericia en las labores campestres. Y además la forma servicial y sumisa con que trataba al patrón y su familia lo hacía más odiado aún.
Su único amigo, su fiel compañero es Tubiano, un buen caballo, muy experto en todas las tareas de campo en las que Jacinto se destaca. Son inseparables y prácticamente no pueden estar ni trabajar uno sin el otro. Jamás castigó a Tubiano y siempre lo trató con cariño y respeto, eso que no sentía por los seres humanos que lo rodean.
Un sábado de invierno bajo una tremenda tormenta de viento, granizo y mucha lluvia Jacinto dejó la estancia para ir a su casa previa visita al boliche del pueblo. Al llegar a este se sintió muy a gusto cuando se arrimó al fuego de la chimenea, puso a secar el poncho sobre una silla y pidió una botella de caña con pitanga con la intención de tomarla solo, sin ninguna interacción con los otros parroquianos que también se refugiaban en el local. Afuera había quedado Tubiano, atado a un palenque bajo un alero que lo protegía del viento pero no de la lluvia de costado que lo castigaba como latigazos. El caballo, acostumbrado, esperó horas pacientemente a que su dueño se dignara a montarlo nuevamente.
Tarde en la noche Jacinto pagó su consumición – la botella de caña, dos galletas de campaña y una longaniza – se colocó el poncho como pudo y salió al temporal bamboleándose sin siquiera dar las buenas noches. Apenas pudo subir a Tubiano, no le podía embocar al estribo, menos aún conducir las riendas. El pobre caballo seguramente pensó que lo cosa venía brava, que él tenía que conducir a Jacinto a su casa, total, conocía el camino de memoria.
A pocas cuadras del boliche cruzaba el camino una cañada con un badén por el que normalmente pasaban. Pero a esa altura de la tormenta ya el agua sobrepasaba casi un metro por encima del badén. Al llegar a la cañada crecida Tubiano se frenó y retrocedió. La noche estaba oscura y Jacinto, borracho, ni siquiera se dio cuenta de lo que pasaba. Lo aturdía el ruido del agua, no llegaba a razonar nada pero lo enfureció la negativa de su caballo de cruzar la cañada como lo habían hecho juntos tantísimas veces. Y sobre todo, desobedecerlo. Le clavó las espuelas, lo castigó con el rebenque, pero Tubiano retrocedía y cuanto más relinchaba, más castigo recibía.
Finalmente el caballo obedeció y se metió en el agua enfurecida. Rápidamente la correntada llegó a la barriga de Tubiano, este intentó una vez más regresar pero otra vez fue castigado y sucedió lo inevitable. El caballo avanzó, perdió pie, la corriente arrastró a ambos y animal y jinete desaparecieron en las turbulentas aguas y en la oscuridad de la noche.
El domingo amaneció despejado, por milagro escampó y aunque fría, la mañana amaneció hermosa. Cuando Martín abría el local se encontró con una gran sorpresa: Tubiano se le acercaba, con varias heridas, con la montura caída, casi desprendida, como buscando refugio junto a alguna persona conocida. La alegría de ambos fue notoria, era la primera vez que Tubiano interactuaba con un humano que no fuera Jacinto.
El bolichero conmovido cerró el local, acomodó el recado y montó sobre Tubiano. Ambos se dirigieron a la casa de Rosaura. Cuando esta los vio llegar se imaginó el final de la historia. Antes que Martín le relatara lo que conocía ella ya se había dado había que era viuda, que tendría que seguir criando sola a sus hijos pero sin los escasos pesos que su ausente marido le arrimaba semanalmente. También tomó conciencia de que era libre, que se habían terminado las borracheras, las golpizas, la vergüenza de ser la esposa de Jacinto. El relato de Martín apenas la conmovió, digna y sin perder la calma no dejó escapar ni una sola lágrima. Tomó el caballo por las riendas y lo abrazó con ternura.

El traspié de Greta

¡Un despreciable sujeto el director! Todo el tiempo  acosándome  con sus insultos…no lo vi entrar en el camerino.  Sólo oí a mis espaldas  su tono tiránico criticándome por lo mal que había resultado mi actuación.

Me estaba quitando el chal para colgarlo del perchero, me di vuelta y le recriminé su actitud. Él continuó insultándome. “Si hay algo que no me gusta son las mujerzuelas respondonas” me dijo haciendo oídos sordos a mis palabras.  Atiné a  darle un empujón y  vi su viejo trasero dar con las tablas del suelo.   Huí precipitadamente de la habitación  y, cuando  llegué a la calle, caí en la cuenta que llevaba puesta la ropa que usaba en la obra.

Mientras caminaba hacia la parada iba masticando mi rabia, decidida a denunciarlo ante la Sociedad Uruguaya de Actores y  buscar un abogado que pudiera entablarle una demanda.

¿Dejar la obra? ¡Nunca! Yo era la actriz principal y estaba muy satisfecha con mipersonaje.

Me sentía unida a la pasión de Blanche Dubois , la transgresora y atractiva protagonista de “Un tranvía llamado deseo”.

Al llegar a la Av. 18 de Julio, me detuve a esperar el ómnibus y sentí  el frío de la noche resbalar sobre  mis brazos cubiertos por las mangas de la blusa.

Calculé que ya sería la hora en que mis  compañeros de elenco estarían reunidos tomando unas copas en el Café Montevideo.  Posiblemente, preguntándose qué me había sucedido.

Subí al ómnibus con el persistente gusto del rencor aún en mi garganta. Quizás por ese motivo o fruto del cansancio que ya se apoderaba de mi cuerpo, el hecho es que tropecé  y caí  sobre el desprevenido guarda.

El taco de uno de mis zapatos quedó enganchado dentro de uno de sus mocasines.  Y ambos rodamos por el suelo.

Las carcajadas de los pasajeros retumbaron dentro del vehículo rompiendo el silencio con el que viajaban hasta el momento.

Yo no me alteré,  estaba acostumbrada a la respuesta del público,  ya fueran vítores, risas o aplausos.  El tiempo transcurrido en el escenario  me había ayudado a vencer el temor al ridículo.

Logré zafar mi pie y luego retiré mi zapato bajo la mirada  del infortunado hombre.

A continuación, pasé mis manos por la pollera para alisarla y le di mis disculpas al guarda que ya había vuelto a ocupar su asiento.

¾No es nada señorita-me respondió¾ fue simplemente un traspié.

Gracias a este hecho fortuito ahora estoy de novia con él y he podido librarme del acoso del director.

El amigo de un amigo de mi novio  que frecuenta las casas de mala reputación de los suburbios lo amenazó con pegarle un tiro si no dejaba de molestarme.